Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
La chica del lago
Nacida de la llama: (La senda de los dragones, Libro1)
Saga completa en castellano. Edición limitada.: 1-6 (Saga Blackwater)
La grieta del silencio
Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
Portada del relato Ecos de un Amanecer Silencioso
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Evelyn pidió un café, más por costumbre que por gusto. Luego, envolviendo la taza entre sus dedos, miró por la ventana empañada, sintiendo que el pasado era una ráfaga acechando tras el vidrio. Afuera llovía, y la lluvia arrastraba consigo los murmullos antiguos de una época de sueños. Pensó en Samuel. Pensó en el rumor de su voz, en la primera vez que él se atrevió a besarla cuando el local apagó las luces, como si el destino hubiera tenido la decencia de darle permiso. Se sintieron jóvenes, invencibles, y durante un rato lo fueron, aunque nadie les avisara que aquella promesa traía consigo un precio.

Duración: 05:25

Ecos de un Amanecer Silencioso
-a / +A

La noche caía como un sudario sobre el barrio Hill District, cubriendo de sombra los recuerdos que tanto costaba enterrar. Bajo el débil resplandor de una farola vencida, Evelyn se detuvo frente al que fuera el café de su juventud, con los ojos llenos de pasado y las manos vacías de futuro. El timbre oxidado resonó en la soledad, y fue como si cada eco desde las paredes desconchadas le recordara la letanía inacabada de un amor nunca resuelto.

Evelyn cruzó el umbral con paso cansado, mientras el aroma a madera vieja y café rancio llenaba el aire, impregnando su gavardina azul marino. Apenas unas mesas ocupadas, la mayoría con fantasmas fieles sentados a esperar lo irrepetible. Tras el mostrador, Tyrus, el dueño, la reconoció de inmediato, aunque no cambió su expresión agria de costumbre. “Pensé que no volverías nunca”, dijo, sin que sonara a reproche. Ella le sonrió, una sonrisa cansada de batallas, y eligió sentarse en la mesa de la esquina. Aquella en la que siempre esperaba a Samuel.

Habían pasado quince inviernos desde la última vez que sus dedos se rozaron furtivos bajo ese mismo mantel raído, hablando del futuro como si pudiera domarse. Samuel era un hombre que no sabía callar su pasión. Se lo veías en los ojos, en la risa, en la forma en que se jugaba todo por sus ideas; ideas que alguna vez hicieron arder el mundo de Evelyn, y luego también lo hicieron ceniza. Pero esa noche, la memoria de él era demasiado cercana. Toda la ciudad parecía un teatro en penumbra, aún esperando que alguien diera la señal para empezar la función.

Evelyn pidió un café, más por costumbre que por gusto. Luego, envolviendo la taza entre sus dedos, miró por la ventana empañada, sintiendo que el pasado era una ráfaga acechando tras el vidrio. Afuera llovía, y la lluvia arrastraba consigo los murmullos antiguos de una época de sueños. Pensó en Samuel. Pensó en el rumor de su voz, en la primera vez que él se atrevió a besarla cuando el local apagó las luces, como si el destino hubiera tenido la decencia de darle permiso. Se sintieron jóvenes, invencibles, y durante un rato lo fueron, aunque nadie les avisara que aquella promesa traía consigo un precio.

La ciudad que los vio crecer era también la ciudad que los rompió. Un debate candente sobre el futuro del teatro local, las huelgas del sindicato, los choques con las autoridades: Samuel quiso cambiar el barrio, pero el barrio no quiso ser cambiado. Evelyn lo siguió hasta donde sus pies pudieron, hasta que el amor fue quedando bajo el asfalto frío del desencanto. A veces la piel es terca, y las palabras que se dicen jamás bastan para explicar el eco de los silencios.

Esta noche, sin embargo, Samuel volvía. Eso decía Tyrus, eso decía la carta arrugada que Evelyn llevaba en el bolsillo de su abrigo, esas cuatro líneas temblorosas —hechas con la letra ya inestable de él— prometiendo verse “cuando la lluvia vuelva a Hill District”.

Mientras la aguja del reloj coqueteaba con la medianoche, Evelyn meneó su café, preguntándose si encontraría en Samuel al hombre que dejó ir, o tan solo a su sombra. Sintió una punzada de miedo: ¿qué queda después de tanto tiempo, cuando la pasión se ha decantado y el rencor se ha dormido junto al cansancio?

Unos pasos resonaron en el umbral. Evelyn levantó la vista y, por un instante, el mundo se detuvo en suspenso. Samuel entró. El tiempo se le veía en la curva de su espalda, en esas manos que ya titubeaban al buscar el sombrero en la mesa vecina. Sonrió, y en sus ojos persistía el mismo fuego antiguo. No hubo palabras, no al principio. Bastaron las miradas, la presencia, el gesto torpe de compartir un silencio demasiado lleno de lo que no se dijo.

Se sentaron juntos, rodeados de todas las versiones de sí mismos. La conversación fue lenta, desgranada de recuerdos y minucias. Hablaron de los viejos amigos, de las derrotas y pequeñas victorias, pero sobre todo de la soledad que les había crecido dentro. Había ternura envuelta en las grietas de sus frases, y un perfume a reconciliación flotando entre las tazas vacías.

“¿Por qué volviste ahora?”, preguntó Evelyn, con la voz desbordada.

Samuel se tomó su tiempo antes de responder. “Porque no sabía que tanto me hacía falta volver. Porque todo lo que intenté olvidar, siempre llevaba tu nombre.”

Sus dedos se buscaron, como dos raíces que al fin, después de muchos inviernos, hallan la humedad del reencuentro. La ciudad allá afuera seguía mojada, resumiendo en cada gota un deseo incumplido. Dentro del café, sin embargo, dos cuerpos se reencontraban igual que dos notas conocidas en una vieja canción. El mundo, por un instante, cedía su batalla.

Cuando el primer rayo de sol rompió el horizonte, se supieron distintos. No eran los de la pasión desenfrenada ni los de la amargura de la separación, sino los que aprenden que el amor, cuando vuelve, ya no arde, pero tampoco se apaga: calienta como el último sorbo de café en una madrugada. Salieron juntos del local, refugiados en la promesa tranquila de los que se han encontrado tantas veces como han estado perdidos.

En las calles húmedas, bajo la luz camuflada del día, Samuel tomó la mano de Evelyn y se marcharon despacio, llevándose consigo el rumor de lo imposible, la esperanza sigilosa que brota después de todo lo vivido. Y si alguien los vio alejarse, tal vez pensó que eran sólo dos viejos cruzando la ciudad, y no adivinó nunca que llevaban en el pecho el milagro silencioso de sobrevivir al propio amor.

Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
La chica del lago
Nacida de la llama: (La senda de los dragones, Libro1)
Saga completa en castellano. Edición limitada.: 1-6 (Saga Blackwater)
La grieta del silencio
Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.

Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.