Fragmento:
—¿En qué piensas?—aventura él, pero deja la pregunta coja, como para no obtener jamás respuesta. Se incorpora, el torso aún desnudo, la camisa colgando de una silla, y el gesto resignado de quien ha olvidado cómo se empieza a vestir y por qué se acaba.
Duración: 03:45
La luz apenas osa entrar por las rendijas del ventanal, grotescamente envuelta en la melancolía de un mediodía imposible. Judith, aún descalza y con el cabello fugazmente deshecho, observa la silueta adormecida de Lucien fumar junto al estuco agrietado. El humo asciende como un remordimiento. Afuera, la ciudad no cesa de traquetear sempiterna. A veces, Judith se aferra a la idea de que solo existe este cuarto, tan desvencijado y sin memoria, y todo lo demás es un eco mal dibujado en la bruma.
—No digas nada—susurra él, derramando cenizas sobre un plato de loza cuarteada. Lo mira de reojo, atrapado entre la inercia y una ternura terriblemente estéril—.No soportaría que dijeras nada ahora.
Judith encoje las piernas, las rodea con ambos brazos; la sábana aún guarda la forma de los cuerpos y bajo el lino destilado se esconde el candor de la noche que apenas fue. ¿Cuántos días llevan repitiendo esta liturgia taciturna? La habitación es un país ajeno donde ni el tiempo ni los relojes se dignan a cruzar el umbral. Teme el momento en que Lucien habrá de vestirse, los botones resbalando torpemente como versos indescifrables. Afuera el mundo se disfraza de lunes, de obligaciones minúsculas y cirios apagados, pero aquí, ahora, solo puede resistir un minuto más el peso cómplice de ese silencio voraz.
—¿En qué piensas?—aventura él, pero deja la pregunta coja, como para no obtener jamás respuesta. Se incorpora, el torso aún desnudo, la camisa colgando de una silla, y el gesto resignado de quien ha olvidado cómo se empieza a vestir y por qué se acaba.
Judith mira la ventana: la lluvia repica, consigue hacer de la distancia algo tangible. Ella sigue pensando—aunque nunca se lo confiese—en la manera en que Lucien mira de soslayo todo lo que teme o no puede nombrar. Hay una ternura derrotada en esos gestos torpes. Ella podría haber amado a ese hombre de muchas maneras: la urgencia clandestina de los portales, la fractura sutil de los años prometidos a otros, la renuncia auroral de los amaneceres tramposos. Pero solo le quedan migajas del presente, las confesiones que nunca serán pronunciadas.
La ciudad, como una bestia apática, sigue su retahíla de bocinas y pasos. Judith siente el pulso de Lucien en el aire, detrás de la rendija donde la luz despliega la indiferencia de los astros. Nunca han hablado del después. Ni siquiera del ahora. Los cuerpos ensamblados solo por el hábito del temblor, las manos que no se atreven a detenerse una vez han hallado refugio bajo la piel del otro.
Lucien se abrocha la camisa, cada botón es un pacto roto. Va a decir algo y se arrepiente. El umbral parece una frontera irreparable, donde el susurro sería una declaración y el grito, una condena.
—¿Vendrás mañana?—pregunta Judith, pero lo dice arrastrando la frase, como si el futuro fuera una broma idiota que ninguno está dispuesto a entender.
Él no responde, se conforma con mirarla de soslayo, doliente y casi tierno, como si despidiese a un fantasma. Deja el cigarrillo a medio apagar y camina hacia la puerta, incierto, vulnerable hasta la irritación. Judith desearía detenerlo, inventar una excusa cualquiera para retener ese cuerpo, esa promesa moribunda, unos instantes más.
Pero no dice nada. Solo escucha el clic metálico de la cerradura, el eco diminuto de unos pasos que se disuelven en la humedad.
La habitación se encoge, los relojes permanecen callados, y Judith contempla cómo se asienta, pesada, la ausencia sobre las cosas. La lluvia no cesa. Solo queda ella, envuelta en la sábana y en un silencio que sabe a urgencia y a ceniza, esperando —sin esperanza— que el tiempo, alguna vez, vuelva a ser otra cosa.
Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.