Eran las dos y media de la madrugada cuando Paula abrió la puerta. El vestíbulo exhalaba un aire tibio, perfumado apenas con la memoria del whisky. Él la esperaba sentado en el pequeño sofá azul gastado, piernas cruzadas, ojos ausentes entre el humo del cigarrillo. El rugoso silencio se interpuso de nuevo, como lo hacía cada noche: entre la luz dorada de la lámpara de pie y los restos de una conversación inconclusa.
Ella colgó el abrigo con una parsimonia que era nueva, quizá sólo fingida, y repasó con la vista el suelo, las baldosas resquebrajadas, el vaso que él sostenía, vacío. No se saludaron. El saludo, como las promesas, era ya irrelevante. Paula acarició el borde del mueble, despacio. Pensaba en la ducha caliente, en el primer cigarrillo del día siguiente, en todo lo que no diría esa noche.
Ricardo sostuvo la mirada cuando ella se sentó, casi desafiante. No habló, ni hizo gesto alguno. La luz caía sobre su rostro y revelaba la fatiga en sus párpados; sus labios agrietados parecían suplicar algo que no se atrevía a llamar perdón. Paula tomó el vaso, olió el fondo, y lo dejó sobre la mesa con un golpe sordo.
—¿Vas a irte ya? —preguntó él, con voz apenas audible.
Paula alzó los hombros. Era una pregunta inútil. Su bolso aún estaba sobre la silla, la chaqueta sin desabrochar, la llave girada a medio camino en la puerta. Ninguno de los dos se movía. La noche era un cuarto cerrado, sin ventanas. Un animal herido e insomne, expectante.
—No tengo dónde ir —contestó ella después de un instante—. Ya lo sabes.
Él asintió, aspiró con fuerza el cigarrillo y apagó la colilla en el cenicero. Luego las palabras brotaron, ásperas.
—No me mires así. No es justo.
Paula apretó las manos sobre el regazo, conteniendo el temblor. Lo sabía. No era justo: ni los reproches ni el perdón. Habían cruzado demasiadas fronteras, explorado todos los rincones hostiles del deseo, erigido un hogar lleno de cámaras secretas en las que el dolor tenía el mismo derecho a existir que la ternura, donde ambos se turnaban para pronunciar la última palabra.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó ella finalmente.
Ricardo dejó caer la cabeza hacia atrás, respiró hondo. Un dolor viejo afloró en el gesto, como un hilo de sangre oculta. No había respuesta; o, mejor dicho, la única respuesta era ella, intacta, sentada en ese sofá en la madrugada, con las ganas intactas de quedarse y de marcharse a la vez.
Hablaron poco después, casi como dos socios que repasan una contabilidad fallida. Compartieron otra copa, discutieron frases repetidas. Paula lloró en silencio en el baño, apoyada firme contra la puerta. Ricardo peinó sus cabellos con los dedos, reconociendo esa manera de doler, tan precisa y letal, innata en ella.
Al amanecer, Paula se acercó a la ventana. El alba era una fina línea azul sobre los tejados silenciosos. Oyó a Ricardo mover platos en la cocina, preparar café. Todo, incluso la rutina, era ternura bajo amenaza. Se abrazaron en la penumbra, buscando calor en los huecos del otro.
Nadie habló de amor esa mañana. Ninguno de los dos pronunció promesas. Todo lo que podía salvarse estaba en el tacto, en el sabor leve del café, en el modo en que Ricardo le besó la frente antes de irse. Paula cerró los ojos, memorizando el roce, sabiendo que no habría despedida verdadera, porque el amor —como el dolor, como el deseo— siempre encuentra excusas para volver, para quedarse atrapado en un hogar pequeño, tibio y quebrado, donde lo inexplicable es la única razón para resistir.
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