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Portada del relato Vigilia en la Salida de Emergencia
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Fragmento:


Fue en ese silencio donde apareció la carta. Una carta sin remitente, con su nombre en una caligrafía reconocida y temida. Clara la encontró en el buzón, al recoger la publicidad que cada semana ignoraba, y sintió el temblor antiguo en la boca del estómago. La guardó en el bolsillo del delantal, esperando un momento de coraje, de soledad. Pero Genaro la vio, claro que lo hizo. Los ojos se le agolparon en el borde del marco de la puerta, observando a Clara como si fuera una extraña infiltrada en su rutina. Nada dijo, aunque bajo el silencio palpitaban palabras violentas, inarticuladas.

Duración: 05:26

Vigilia en la Salida de Emergencia
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Al principio, nadie le dio importancia al ruido sordo del ascensor trabado. Clara se balanceaba en la silla de la cocina, una pierna cruzada sobre la otra, escuchando la radio encendida con más atención de la que pretendía. Los locutores llenaban el aire de promesas y chistes vacíos, pero incluso las risas grabadas parecían ajenas, huecas, una broma a costa de su soledad.

Genaro, en la sala contigua, movía lentamente las piezas de ajedrez sobre un tablero sin rival. En cada movimiento se deshacía una duda, en cada jaque lanzado al aire se reforzaba esa angustia honda y amorfa que le apretaba el estómago desde que Clara dejó de llamarle cariño. En el pasillo, una mancha de luz rectangular bailaba sobre la alfombra; con el paso de los minutos, el sol la empujaba hacia el cuarto de baño, acariciando la puerta cerrada con ese optimismo inútil propio de las cosas inanimadas.

Ellos no hablaban desde hacía cinco días. Cinco días de compartir un espacio irrespirable con los mismos relojes, los mismos cuadros torcidos, los mismos ruidos que narraban la resistencia obstinada de las paredes. Clara esperaba cada noche que Genaro dijera algo, cualquier cosa, incluso una pregunta absurda sobre el supermercado o el vecino que salía a fumar a escondidas. Pero Genaro devolvía solo una presencia, una sombra de sí mismo. Con los años, ambos habían aprendido a no chocar, a no interrumpirse, a deslizarse uno junto al otro como trenes en vías paralelas y divergentes.

Fue en ese silencio donde apareció la carta. Una carta sin remitente, con su nombre en una caligrafía reconocida y temida. Clara la encontró en el buzón, al recoger la publicidad que cada semana ignoraba, y sintió el temblor antiguo en la boca del estómago. La guardó en el bolsillo del delantal, esperando un momento de coraje, de soledad. Pero Genaro la vio, claro que lo hizo. Los ojos se le agolparon en el borde del marco de la puerta, observando a Clara como si fuera una extraña infiltrada en su rutina. Nada dijo, aunque bajo el silencio palpitaban palabras violentas, inarticuladas.

Durante el almuerzo, la carta fue posada suavemente junto al salero. Clara evitó apoyarla en el borde del plato, para no mancharla de las huellas aceitosas de la vida doméstica. Sentía que era una reliquia, un fósil delicado que podía romperse ante cualquier contacto brusco. Comieron en silencio. Genaro desvió la vista, agotado de sí mismo. Clara empujó la carta hacia él, como si el sobre fuera la última palabra pronunciable en aquella casa.

“¿Sabes que dicen que los gatos nunca cruzan puertas cerradas?”, murmuró ella. Era cierto, lo había escuchado en alguna parte, quizás en la infancia. Genaro tardó en contestar, pero al final rozó el borde de la carta con la yema del dedo, un gesto tenso, contenido. “Y las personas… ¿cuándo dejamos de cruzarlas?”

La pregunta quedó flotando. Clara sabía que no esperaba respuesta, pero aun así la buscó en la textura áspera del mantel, en el leve zumbido del refrigerador, en el recuerdo de una discusión antigua que ninguno de los dos había olvidado. Afuera comenzó a llover. El sonido del agua arrastrando hojas secas devolvía a la casa una cierta intimidad dolorosa, como si todo lo que aún no se habían dicho flotara en el aire en forma de humedad.

Clara rompió el sello del sobre. El papel crujió como un pergamino. No había muchas palabras. “Hay un cuarto detrás del pasillo”, decía la carta, “una puerta que nunca han abierto.” Ningún nombre, ninguna firma. Solo el eco de una sugerencia inabarcable, una tentación monstruosa. Genaro se inclinó hacia adelante. Los dos sabían a qué cuarto se refería. Una puerta pequeña, apenas perceptible, que desde la mudanza habían decidido ignorar, convencidos de que era solo un armario mal ubicado o trampa de arquitecto.

La ansiedad se instaló, viscosa, en el centro del pecho. Clara dudó; Genaro se frotó las manos, sintiendo el sudor antiguo de las grandes decisiones. Decidieron juntos, casi sin palabras, buscar la llave oxidada que yacía en la caja azul de herramientas.

A cada paso por el pasillo, los recuerdos brotaban. Una frase nunca dicha, una caricia esquivada, el frío compartido de las madrugadas sin respuestas. Frente a la puerta, Genaro tanteó la cerradura. La llave giró con dificultad: lo prohibido rechina antes de caer.

El cuarto no era más grande que un armario. Una lámpara diminuta pendía del techo, lanzando una luz temblorosa sobre paredes descascaradas. Allí estaban –dispersas en el polvo– las viejas cartas de amor de Clara, las facturas impagas de Genaro, las fotos de una hija que se alejó en la adolescencia, los pesares de ambos convertidos en objetos. Todo era tangible, acumulado, respirando el aire rancio de lo encerrado. El pasado hecho materia, hecho cuerpo.

El drama no fue el hallazgo. Fue el reconocimiento. El mirar de frente, finalmente, la geografía íntima del vacío, la suma de todas las palabras jamás pronunciadas. El cuarto reflejaba, como un espejo indiferente, el miedo compartido de vivir sin cruzar puertas.

Clara y Genaro se miraron, por primera vez en mucho tiempo, sin evasivas. Supieron, entonces, que no hay salida de emergencia para el dolor arraigado, que solo queda habitarlo, reconocerlo, dejar que la herida respire. Afuera, la lluvia se hizo más fina. Por el espacio abierto de la puerta, un gato cruzó sin mirar atrás.

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