Fragmento:
Era una tarde sin viento, del tipo que sólo se conoce en ciudades heridas por demasiados inviernos y escasos secretos. Clara miraba, desde la ventana de su salón, la figura persistentemente borrosa de su propia sombra proyectada sobre el papel tapiz. La casa estaba en silencio, excepto por el goteo esporádico de una canilla que insistía en recordarle el paso del tiempo, en una morada donde los relojes se habían agotado hacía meses. Contaba a veces las gotas, pero nunca lograba llegar al final. El motivo era simple: apenas emprendía la conteo sentía unas ráfagas súbitas de pensamientos, densos, enmarañados: palabras, miedos, frases sueltas que parecían provenir de voces familiares y, al mismo tiempo, lejanas.
Duración: 04:54
Era una tarde sin viento, del tipo que sólo se conoce en ciudades heridas por demasiados inviernos y escasos secretos. Clara miraba, desde la ventana de su salón, la figura persistentemente borrosa de su propia sombra proyectada sobre el papel tapiz. La casa estaba en silencio, excepto por el goteo esporádico de una canilla que insistía en recordarle el paso del tiempo, en una morada donde los relojes se habían agotado hacía meses. Contaba a veces las gotas, pero nunca lograba llegar al final. El motivo era simple: apenas emprendía la conteo sentía unas ráfagas súbitas de pensamientos, densos, enmarañados: palabras, miedos, frases sueltas que parecían provenir de voces familiares y, al mismo tiempo, lejanas.
Desde la muerte de su esposo, Víctor, el interior de la casa había comenzado a reorganizarse sigilosamente, como si los muebles, las paredes, y hasta el aire buscaran ocultarse de una mirada demasiado atenta. Clara posaba sus manos sobre la mesa de caoba, la sentía fría, pero en su cabeza recordaba el calor de aquella tarde en que Víctor había dibujado su inicial ―una C imperfecta― en la madera recién vitrificada. Todo desde entonces parecía borrarse lentamente, salvo el goteo, salvo el reflejo informe de su figura sobre el tapiz.
A diario, Clara conversaba con los retratos, al principio para no ahogarse en el silencio, después casi como una rutina frente a la que sentía resistencia y, finalmente, por una necesidad feroz, corporal. El retrato de la madre de Víctor, vestida de terciopelo azul, la miraba con un juicio severo desde lo alto de la escalera. “Esa mujer nunca me aceptó”, pensaba Clara, y a veces, con la naturalidad de quien pregunta por la hora, susurraba “¿Por qué nunca me dijiste lo suficiente?” Pero la figura permanecía muda y, en ese mutismo, la mente de Clara llenaba el vacío con hipótesis, acusaciones, enredos de emociones pasadas.
Cada noche, Clara soñaba recorridos imposibles dentro de la casa: habitaciones que nunca visitaba de día aparecían ante ella con puertas entreabiertas, susurros que la guiaban por pasillos angostos y escaleras que terminaban, de pronto, en espejos empañados. Al despertar, tenía la certeza de que había olvidado algo crucial: un nombre, una promesa hecha en voz baja, tal vez una despedida que nunca se pronunció.
Fue una tarde de finales de abril cuando Clara notó que alguien había dejado sobre su escritorio una nota manuscrita. “¿Recuerdas dónde guardaste la llave?” decía. La letra, sin duda era la de Víctor: firme, inclinada hacia la derecha, inconfundible incluso después de tantas lágrimas sobre su caligrafía en los papeles viejos. Un escalofrío recorrió su espalda. No había nadie más en la casa. Nadie entraba. Nadie salía. El olor a cera y a madera humedad se hacía cada vez más denso.
Clara miró hacia la esquina donde, hace años, había guardado una pequeña caja de hierro oxidado perteneciente a Víctor. Nunca la había abierto, aunque poseía la llave. Ahora la nota parecía demandar una respuesta. ¿Qué encontraría dentro? Un cuaderno de memorias, tal vez, o alguna simple carta que aclare lo indecible. Sin embargo, el miedo era mayor: el temor de descubrir verdades nuevas, o lo que era peor aún, descubrir que lo verdaderamente importante había estado siempre al alcance de su mano y ella, por miedo o distracción, lo había ignorado.
Al tocar la caja, Clara fue invadida por una serie de recuerdos que parecían no pertenecerle: imágenes de una infancia distinta, de voces masculinas que discutían sobre secretos familiares, de una mujer desesperada huyendo bajo la lluvia. El contenido de la caja comenzó a adquirir matices abrumadores: no era solo un objeto, era una caja de Pandora personal, donde todo lo callado latía con fuerza.
Pasaron las horas. La nota seguía allí, muda, incitando con su simple pregunta. La llave en la mano derecha de Clara temblaba ligeramente. Al fin, en un gesto que parecía ajeno, la introdujo en la cerradura. Dentro encontró varias cartas, todas firmadas por Víctor, dirigidas no a ella, sino a una mujer llamada Elisa. Las cartas hablaban de ternura, de cuidados, de promesas incumplidas y de una hija a la que nunca conoció. Clara sintió cómo las paredes de la casa se hacían más pesadas, cómo el aire mismo comenzaba a girar vertiginosamente a su alrededor.
Fue entonces cuando entendió. Los sueños, los susurros en los pasillos, la sensación de estar siempre al borde de recordar algo esencial: no eran solo productos del duelo, sino el eco de realidades entrecruzadas, de una vida compartida con ausencias y sombras. ¿Quién era realmente Víctor? ¿Quién era ella, en ese mundo de medias verdades? Nadie la observaba, salvo el retrato impasible en lo alto de la escalera y la sombra de su propia figura, más borrosa que nunca, en el papel tapiz.
El goteo de la canilla dejó de sonar. Clara, en silencio, comprendió que hay casas donde el tiempo no marca su paso en relojes, sino en los silencios entre secretos, en las palabras nunca dichas, en las notas que esperan sobre un escritorio para ser leídas, mucho después de que la historia ha terminado. Y, por primera vez en mucho tiempo, se permitió llorar.
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