El aliento de los Dioses: Una novela del Cosmere (Ficción)
Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
Saga completa en castellano. Edición limitada.: 1-6 (Saga Blackwater)
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
Tras la puerta
Hay algo malo en casa
Portada del relato El eco de los días
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Fragmento:


Se hizo tarde antes de que él pudiera darse cuenta. La luz de la lámpara colgaba lánguidamente, proyectando su sombra sobre las paredes decoradas con fotografías de un pasado que sentía, ahora, absolutamente ajeno. Samuel se levantó del sillón, el cuero crujió bajo su cuerpo. Caminó hacia la ventana, como si desde allí pudiera guarecerse de los pensamientos que amenazaban, regularmente, con inundar su conciencia cada vez que el mundo exterior se adormecía.

Duración: 04:45

El eco de los días
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Se hizo tarde antes de que él pudiera darse cuenta. La luz de la lámpara colgaba lánguidamente, proyectando su sombra sobre las paredes decoradas con fotografías de un pasado que sentía, ahora, absolutamente ajeno. Samuel se levantó del sillón, el cuero crujió bajo su cuerpo. Caminó hacia la ventana, como si desde allí pudiera guarecerse de los pensamientos que amenazaban, regularmente, con inundar su conciencia cada vez que el mundo exterior se adormecía.

Afuera llovía, pero aquello no era más que un telón de fondo. Una partitura fría para la orquesta sutil que se agitaba en su interior. Había aprendido, dolorosamente, que la memoria a veces se comporta como un animal: se agazapa y aguarda. Samuel estaba convencido de que sólo escuchando el silencio podía observar el avance de esa fiera subterránea. De pequeño no había temido a nada, pero a partir de cierta edad —¿cuándo exactamente?— fue presa de la sospecha de que las cosas, las personas, no poseían significado real, solo apariencias, sombras evanescentes sobre su existencia.

Se observó en el reflejo del cristal: no era exactamente su rostro, sino el de alguien que había sabido amar con la misma intensidad con la que después aprendió a desconfiar sin remedio. Recordó, vagamente, los días luminosos con Helena, la mujer cuyo eco seguía rebotando en las estancias de su mente. Un nombre bastaba: Helena. Cuando la había perdido, o tal vez simplemente se había alejado de sí misma, comenzó una deriva que lo condujo a aquel modesto apartamento, a aquellas noches de insomnio, a esos lapsos de lucidez amarga.

Samuel retrocedió unos pasos, como si huir pudiera protegerlo del golpe fulminante de los recuerdos. Sabía que aquello era un autoengaño: los eventos lejanos volvían una y otra vez. A veces, la mirada de Helena, su mano apoyada en su hombro, esas palabras susurradas en el crepúsculo: “¿Alguna vez has dudado de ti mismo?”. Él había reído entonces, pero el tiempo se encarga de torcer todas las certezas.

Helena había partido una mañana de otoño, entre hojas secas y promesas incumplidas. Él había creído, en su obstinada confianza, que el duelo sería un estado transitorio, una estación antes de otra primavera. Pero la mente, astuta, se aferra a los jirones de dolor y va labrando un abismo desde donde es difícil alzar la vista. Samuel sentía que no sufría por Helena en sí, sino por la fractura insondable que su ausencia había dejado, como si hubiera descubierto que bajo la carne hay sólo vacío y miedo.

No estaba solo. Por las noches, cuando el murmullo del ascensor del edificio se perdía y sólo quedaba el rumor lejano del refrigerador, una voz —su voz, y no del todo suya— le susurraba los motivos de su inquietud. “Mira lo que eres sin ella”, decía el murmullo. A veces, esa voz se disfrazaba de consejo útil, otras de cruel acusación. Samuel la escuchaba, pero nunca respondía. Temía el momento en que no supiera distinguirla de su propio pensamiento.

Avanzó hacia el cuarto donde guardaba los objetos que Helena había dejado, testigos mudos de lo que alguna vez creyó sólido. Abrió la cajita de madera: una carta nunca entregada, una bufanda aún impregnada con el perfume de un invierno compartido. Tomó la carta. No la abrió. Su temor era que, al hacerlo, la verdad contenida en aquellas líneas lo arrastrara hacia un lugar del que no pudiera regresar.

Decidió sentarse en la cama. El colchón aún tenía una ligera hendidura en el lugar de Helena. El reloj marcaba las tres de la madrugada. Samuel cerró los ojos y en la oscuridad vinieron las preguntas, como insectos zumbando en su mente: ¿Era posible que la soledad fuera el único espacio donde es posible encontrar algo de uno mismo? ¿O era, más bien, un gran espejo roto en el que sólo se ven facetas inconexas, heridas abiertas que nunca cierran del todo?

La luz del amanecer dibujaba líneas doradas sobre el suelo cuando Samuel abrió los ojos. Todo seguía igual, aunque le parecía que la habitación se había encogido un poco más, empujando hacia adentro los límites de su mundo. Tomó la carta otra vez y, esta vez, la rompió sin leerla. En el suave crujido del papel encontró el único acto de rebeldía posible.

La voz interna, por fin, se calló. Samuel supo que no había salida, pero sonrió levemente: la batalla, a veces, no es para derrotar a los fantasmas, sino para aprender a escucharlos y dejarlos ir, aun cuando eso signifique perder partes de sí en el proceso.

La tormenta afuera amainó. Una franja de sol, indecisa, cayó sobre el alféizar. Con paso inseguro, Samuel se levantó del borde de la cama hacia el día que, otra vez, se abría, incierto y nuevo, ante él.

El aliento de los Dioses: Una novela del Cosmere (Ficción)
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