Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
Serie completa que reune los cuatro libros de Los vampiros de Emberbury
El Archivo de las Tormentas (estuche con los tres volúmenes)
Powerless (edición especial limitada)
Nacida de la llama: (La senda de los dragones, Libro1)
El aliento de los Dioses: Una novela del Cosmere (Ficción)
Portada del relato Esquirlas bajo la almohada
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


El viento azotaba la costa con una furia que solo conocen los que han esperado demasiado tiempo. Desde la ventana del hospital, Ernest contemplaba la línea del mar y su contorno desgastado. Nunca le resultó amable ese horizonte; era un cuchillo lento, un filo doblado sobre el que habían girado los días de su vida. Parpadeó; las sombras se alargaban y la habitación adquiría ese tono incierto que precede a la fiebre de la noche.

Duración: 03:36

Esquirlas bajo la almohada
-a / +A

El viento azotaba la costa con una furia que solo conocen los que han esperado demasiado tiempo. Desde la ventana del hospital, Ernest contemplaba la línea del mar y su contorno desgastado. Nunca le resultó amable ese horizonte; era un cuchillo lento, un filo doblado sobre el que habían girado los días de su vida. Parpadeó; las sombras se alargaban y la habitación adquiría ese tono incierto que precede a la fiebre de la noche.

El reloj de la pared tenía la cortesía de no indicar la hora real. Avanzaba y retrocedía según la temperatura y la humedad, un mecanismo cuya imprecisión era un alivio frente a la crudeza de la memoria. Ernest sentía el peso inmóvil del edredón y lo comparó con el de su propia culpa, extendida y húmeda, una sábana que le cubría los huesos y las ganas.

En su infancia, la madre solía decir, casi como una plegaria: "No te quedes solo cuando estés triste". Sin embargo, nunca le enseñó a no estar solo para evitar la tristeza. De adulto se encontró recorriendo habitaciones vacías, pasillos de tablones que crujían bajo una presión invisible. Así aprendió que ciertas presencias eran más aterradoras que cualquier ausencia: la de un padre ausente, la de una promesa incumplida, la de su propia voz repitiéndose como un eco en los cristales empañados.

Aquella noche, Ernest sintió la respiración de la enfermera tras la puerta. Su ronda era metódica, casi piadosa, pero su preocupación lo afilaba todo como los cuchillos de una cocina deshabitada. Le preguntó si quería un poco de agua y él negó con la cabeza. Bebió el sudor de su propia frente, las lágrimas del pasado que parecían volver con la regularidad de la marea.

El hilo de sus pensamientos era frágil, y sin embargo, imposible de romper. Recordó a Sophie —la única mujer a la que realmente nunca pudo abrazar del todo— y la última vez en la que, tras una pelea de palabras, ambos entendieron que nadie regresaría a la casa azul junto al mar. La culpa de aquellos días era diferente a la de ahora: era una bestia joven, nerviosa, que aún rugía. La culpa de hoy era una sombra vieja, que sólo respiraba cuando el reloj erraba y los visitantes se iban.

Esa noche, Ernest se preguntó por qué lo habían dejado solo con su memoria. Se levantó de la cama, con movimientos lejanos, como si usara el cuerpo de otro. No supo si fue la fiebre o los años, pero la habitación parecía expandirse y contraerse con una cadencia que solo él podía percibir. Tuvo miedo de sí mismo, de sus pensamientos: ¿sería capaz de confiar en sus recuerdos cuando cada uno era un espejo deformante? El rostro de su madre se le apareció a medias, mitad rencor, mitad ternura. ¿Qué palabras le habría dicho de no haber muerto aquella primavera, tan deprisa? ¿Habría cambiado algo la forma de sus remordimientos?

Lo cierto era que Ernest no se arrepentía del amor —ni siquiera del amor fallido—, sino del tiempo malgastado. Los años que se escurrían buscando en otros el perdón que no se atrevía a darse. Comprendió, aterrado, que el verdadero silencio no era la ausencia de ruido, sino la presencia de todo lo que no se dice. Junto al ventanal, temblando, entendió que su vida había sido una sucesión de decisiones tomadas para no sentir demasiado, y que el precio era este vacío preciso, ordenado, casi digno.

Cerró los ojos y dejó que una lágrima se deslizara, lenta, fría, sobre su mejilla. El reloj en la pared marcó una hora imposible. Afuera, el viento rugía como si quisiera borrar todas las huellas. Ernest sonrió, de medio lado, y por primera vez en mucho tiempo, se permitió descansar.

Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
Serie completa que reune los cuatro libros de Los vampiros de Emberbury
El Archivo de las Tormentas (estuche con los tres volúmenes)
Powerless (edición especial limitada)
Nacida de la llama: (La senda de los dragones, Libro1)
El aliento de los Dioses: Una novela del Cosmere (Ficción)

Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.