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Portada del relato Las manos de la medianoche
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Fragmento:


Las sillas en la cocina parecían multiplicar ecos tras el desayuno, cuando el tic-tac envolvía la mesa y la puerta del refrigerador siseaba en su oído. Caía entonces en la cuenta de que la rutina era solo una coartada, un hilo de cordura que trenzaba para convencerse de que la vida seguía. Lavar la taza azul, colocar los bolígrafos en línea recta junto a la libreta y encender la radio solo lo suficiente para no escuchar sus pensamientos.

Duración: 04:12

Las manos de la medianoche
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Hacía semanas que la lámpara del recibidor titilaba a cada rato, ahogada por un silencio que caía más pesado tras cada caída del sol. Marta lo notaba, claro, lo sentía: una vibración insistente al fondo de su pecho, apenas contenida. Desde el accidente de Óscar, la casa se estiraba a su alrededor, dilatando los pasillos y las habitaciones, haciendo del aire algo lento, como si la atmósfera misma se volviera un mar espeso. La ausencia de su hermano era una segunda piel: todo lo que tocaba tenía el frío de estar incompleto.

Las sillas en la cocina parecían multiplicar ecos tras el desayuno, cuando el tic-tac envolvía la mesa y la puerta del refrigerador siseaba en su oído. Caía entonces en la cuenta de que la rutina era solo una coartada, un hilo de cordura que trenzaba para convencerse de que la vida seguía. Lavar la taza azul, colocar los bolígrafos en línea recta junto a la libreta y encender la radio solo lo suficiente para no escuchar sus pensamientos.

Esa mañana lloviznaba, y desde su habitación, la veía golpear en repiqueteo monocorde los cristales, borrando la visión del mundo exterior, devolviéndole una imagen sin contornos. Decidió entonces bajar las escaleras —con cuidado, como si temiera pisar un grito escondido— y abrir el armario donde guardaban los libros viejos. Entre encuadernaciones agrietadas, las páginas arrugadas olían a refugio: encontraba allí huellas de días en los que, todavía juntos, leían en voz alta hasta quedarse dormidos.

Colocó un libro sobre la mesa, sin decidirse a abrirlo. Tomó el teléfono: ningún mensaje, ningún icono rojo ni brillo de llamada perdida. Imaginó por un instante que Óscar entraba por la puerta con un abrigo empapado y las mismas bromas de siempre. Pero el suelo seguía igual: frío, liso y deshabitado.

El reloj vibró a las once y media: su recordatorio para salir a caminar. Marta posó la mano en el pomo de la puerta, dudas enredándose en los dedos. “¿Y si regresara mientras no estás?”, sopló la voz menuda que habitaba su nuca, la que le fue creciendo desde la ausencia. Era esa voz —delgada como el humo, llena de reproches— la que la hacía preguntarse si la vida podía continuar si abandonaba el sitio de la espera.

Afuera, el aire olía a tierra mojada y a hojas podridas. Caminó despacio por la acera, entre charcos y ramas, mirando a los automóviles cruzar con indiferencia. Cada rostro tras los parabrisas era un interrogante, cada ventana una historia ajena. Le pesaban los pensamientos: recuerdos de la infancia, la voz de Óscar a los siete años, jugando a detectives; risas en el coche durante las vacaciones, el sonido de la guitarra desafinada en el salón.

El parque estaba vacío. Se sentó en un banco y fijó la mirada en una rama baja. Las gotas caían sin apuro y, por debajo de todo, el silencio martillaba. Dejó que la mente se deslizará hacia los sitios prohibidos, al momento en que sonó el teléfono aquella noche, al rugido breve del motor estallando en la carretera. Al mensaje que nunca contestó. Repasó la secuencia, buscando respuestas en los gestos, queriendo creer que si hubiera contestado a tiempo, el mundo no habría girado tan abruptamente.

La culpa era una cuerda; Marta la llevaba atada en la garganta. Se preguntaba, en voz apenas audible, si ese era el verdadero castigo: sobrevivir cargando el peso invisible del accidente. Sabía que la única forma de romper el ciclo sería hablar con alguien, pero las palabras se deshilachaban antes de convertirse en frases.

Al regresar, el pasillo olía a frío y a ausencia. Apagó la radio y dejó que el mutismo le envolviera. Sentada en el suelo, acomodó el libro en el regazo, los ojos cerrados. En un suspiro, se permitió recordar su risa, las bromas, los errores. Dejó caer algunas lágrimas, cortas y silenciosas, hasta que el peso mermó levemente.

Al abrir los ojos, notó la lámpara del recibidor. No titilaba. Por un momento, creyó sentir calor en la solemne paz de la casa. Supo que el dolor seguía allí, pero también sabía —con una especie de alivio tibio— que, poco a poco, podía comenzar a perdonar, perdonarse, y quizá, empezar a regresar.

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