Fragmento:
La sala permanece oscura aunque es media tarde; ya nadie se acuerda de correr las cortinas en esta casa exánime. La tía Sigrid repasa, desde la butaca, los pliegues de un mantel bordado —el único destello blanco en el cuarto— mientras la lámpara dorada sobre la mesa parece resistirse a encenderse completamente, como si el paso de los años la hubiera vuelto tiñosa, melancólica. A su alrededor, los ecos de voces difuntas resbalan sobre el papel tapiz humedecido. Karin, la sobrina, se sienta a su lado con un libro cerrado, insegura de si leer sería una impertinencia contra la agonía suspendida en el aire.
Duración: 04:23
La sala permanece oscura aunque es media tarde; ya nadie se acuerda de correr las cortinas en esta casa exánime. La tía Sigrid repasa, desde la butaca, los pliegues de un mantel bordado —el único destello blanco en el cuarto— mientras la lámpara dorada sobre la mesa parece resistirse a encenderse completamente, como si el paso de los años la hubiera vuelto tiñosa, melancólica. A su alrededor, los ecos de voces difuntas resbalan sobre el papel tapiz humedecido. Karin, la sobrina, se sienta a su lado con un libro cerrado, insegura de si leer sería una impertinencia contra la agonía suspendida en el aire.
Son las cinco; el reloj de pared lo anuncia con un tañido sordo. Sigrid no se sobresalta, pero afianza el mantel entre los dedos, mirando a la joven que tiene la cabeza gacha. Cada día se enfrentan a la espera, a la angustia creciente de un futuro indiferente, como si a cada pestañeo la casa retrocediera una generación, volviéndose más mustia y hostil.
—¿Por qué no abres un poco la ventana, Karin? —sugiere Sigrid, y esta lo hace con una lentitud deliberada, como si temiera que un soplo de aire pudiera disolverlas a ambas o revelar, bruscamente, alguna verdad callada en los rincones. Afuera, se oye el graznido de una bandada de pájaros.
—No puedo leer —dice, tras unos minutos en los que intenta fingir concentración—. Siento como si me mirasen.
Sigrid la observa, grave, y parece debatirse entre la severidad y la ternura. La joven ha huido de una vida de ciudad, de un novio insatisfecho, de una carrera insustancial; ha regresado a la casa familiar porque, dijo, “todo era demasiado ruidoso allá”. Ahora el silencio la devora como una fiera paciente.
El reloj marca las seis; las figuras de ambas se comprimen en la penumbra. Sigrid se incorporó un poco, la voz quebrada por una emoción indefinible.
—¿Sabes, Karin?... Es curioso cómo la mente juega con nosotras. Hace días que escucho una voz por las noches. Pienso que es tu abuelo, o mi hermana, reclamando que salga de esta silla. Pero sigo aquí, igual que ellos.
Karin emite un sonido, apenas un murmullo asustado.
—¿Quieres decir... que escuchas cosas que no están?
—Oh, están. Quizá no para ti, pero sí para mí —los ojos se le llenan de brillo húmedo—. El pasado empieza a pesar. Te arrastra.
Un escalofrío recorre la espalda de Karin, pero no discute; en parte, teme que su tía tenga razón. Hay noches en que siente pasos en el pasillo, una presión en el pecho que no puede atribuir al clima ni al insomnio.
Después, como una sombra que se cuela por debajo de la puerta, se instala entre ellas la sospecha de que no están solas. En ese instante, en el que aún podría creerse que la locura se aloja siempre fuera de casa, Karin pregunta:
—¿Qué harías si no pudieras dejar de oír esas voces?
Sigrid mira la lámpara dorada, ese objeto que ha atestiguado nacimientos y agonías, risas y lutos; finalmente habla, su voz apenas es un hilo:
—Tal vez, si dejo de resistirme, todo acabe. Quizás hay que dejar que la casa me coma, que el reloj se detenga de una vez.
En ese momento, la lámpara titila y, brevemente, toda la estancia queda a oscuras.
La joven se levanta, presa de un terror inexpresable, y apenas se atreve a tocar el hombro de su tía. Pero Sigrid está rígida; la puerta parece demasiado lejana. El tiempo no avanza en el interior de la casa. Solo afuera, los pájaros siguen migrando y la tarde se pliega con serenidad natural.
El eco de una risa lejana, quizá un recuerdo de la infancia o tal vez un mero juego del oído, llena la sala. Karin comprende, de repente, la potencia del silencio y la fina yema de locura que descansa sobre las sienes en las casas detenidas en el tiempo. Cierra los ojos e imagina abrir la ventana, salir corriendo por el jardín, respirar. Pero sus pies permanecen inmóviles y sus manos se aferran al mantel, como si también ella necesitara, de una vez por todas, acabar la transformación de la luz en sombra, del bullicio en espera, del miedo en costumbre.
La lámpara, finalmente, se apaga sin resistencia. Nadie mueve un músculo, ni una palabra más atraviesa el umbral. Afuera, el viento arranca una hoja del árbol más antiguo. La casa suspira, y la noche —con todos sus ecos— toma posesión definitiva.
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