Fragmento:
Recuerdo el último calor de unos labios; han pasado muchas manos y bocas desde entonces, pero ninguna me sostuvo cuando caí en este pozo sin fondo ni vigas. La soledad, llena de estrías, no es sólo ausencia de compañía; es una multiplicación de uno mismo. Soy yo en la silla, yo sobre la cama, yo frente al espejo que devuelve una imagen vieja, torcida, por el peso de lo increíble. Pienso en la locura, no como una visita, sino como un heredero: tarde o temprano vendrá a reclamar lo suyo.
Duración: 04:41
He esperado a que el día pase sobre mi rostro con la delicadeza de un dedo que no es de este mundo. La habitación es alargada, casi un corredor, pero no conduce a ninguna parte. Hay una silla, vieja, parece midiendo su lealtad a la madera, y una ventana demasiado alta para mi mirada cansada. Llevo tres horas, o quizá tres años, observando el techo; he perdido la noción del tiempo, del hambre, y del nombre con el que hacía eco en las comidas de la infancia.
Cada cierto tiempo, los ruidos de afuera—ruidos de pasos con patas de pájaro, leves, incompletos—me hacen creer que existe alguien más. Pero no viene nadie, nunca viene nadie, y la puerta permanece, obstinada, con ese pequeño crujido que nunca alcanza a ser viento. Mi cuerpo, rígido, se resiente de una presencia largamente resignada. ¿Quién soy cuando no me habla nadie sino yo?, me pregunto con amargura, sintiendo cómo la voz interna se apaga, se apaga, se apaga poco a poco, como una bombilla empapada de agua.
Sueño a veces, despierto, sin quererlo. Me veo a mí mismo, un borroso perfil detrás de un cristal esmerilado, y el eco de otra vida rebota en las paredes: la risa de alguien a quien amé, el perfume agrio de la sopa de mi madre, una tarde de invierno con las persianas a media asta. Todo eso pasó, todo eso se fue, y lo arrastro, lo arrastro como una sábana raída que no abriga y pesa.
Recuerdo el último calor de unos labios; han pasado muchas manos y bocas desde entonces, pero ninguna me sostuvo cuando caí en este pozo sin fondo ni vigas. La soledad, llena de estrías, no es sólo ausencia de compañía; es una multiplicación de uno mismo. Soy yo en la silla, yo sobre la cama, yo frente al espejo que devuelve una imagen vieja, torcida, por el peso de lo increíble. Pienso en la locura, no como una visita, sino como un heredero: tarde o temprano vendrá a reclamar lo suyo.
Sé que afuera las estaciones pasan. A veces una hoja, arrastrada por la voluntad de algún dios caído, llega hasta la rendija de la ventana. La miro, me digo que podría alcanzarla si quisiera, pero el cuerpo ya no obedece a la mente; las órdenes, pequeñas, esenciales—levántate, camina, sal—son promesas de un evangelio olvidado. Me quedo en la silla. Espero a que la hoja se pudra en el suelo, tan sola como yo.
Mis pensamientos resbalan, una y otra vez, sobre el recuerdo de una conversación sencilla: cómo pedir un café sin temblar, cómo sonreír sin anticipar el hueco entre diente y diente, cómo volver a la casa después de perder una batalla de palabras. A veces hablo solo, pero es inútil; la lengua tropieza con lo invisible. No queda nadie para escuchar, ni siquiera yo, porque en mi cabeza la voz se ha vuelto fría, extraña, una grabación mal hecha.
Quise salir una vez. Puse el pie fuera del cuarto, sentí el vértigo de la luz sobre mis párpados. Fue como asomarse al borde de un acantilado, como oír, en el fondo, una canción que fue mía y ya no es. No avancé. Volví sobre mis propios pasos, con el temor antiguo de los perros mojados. A veces el alma es un cuarto cerrado con llave, con los recuerdos bailando en la penumbra.
He escrito cartas. Mil veces las he escrito, algunas con palabras que jamás usé antes, algunas con trazos apenas comprensibles. No tengo a quién enviarlas. Las guardo en un cajón que siempre se traba, como si el propio mueble intentara protegerme del ridículo, de la confesión vacía. Escribo igual, porque la tinta es lo único que puede huir cuando todo lo demás se ha rendido.
Algunas noches, sueño que todo es distinto. Me alzo de la cama, bajo por una escalera que cruje con promesas, cruzo la puerta, y la brisa me recibe como si no hubiera pasado el tiempo. Me encuentro con rostros que acaso inventé, y entre el bullicio de palabras, ya no tengo miedo ni sombra pegada a los talones. Despierto exhausto, la boca seca con el eco de una alegría que no fue.
Me queda mirar el reloj. Las manecillas repiten, majestuosas, el mismo ritual sin darme tregua. El tiempo no avanza, sólo da vueltas en torno a mí. El aire se espesa y, a veces, creo ver a alguien más en el reflejo polvoriento del cristal. ¿El futuro? ¿El pasado? ¿O sólo la sombra, cansada de copiarme, que se rebela en un último gesto de dignidad?
Todo aquí es un compás, una expectativa. Lo que espero, no sé. Quizá una frase para romper el hermetismo, un sonido que me saque del abismo, el sexto sonido que nunca llega pero presagia siempre. Me sumerjo, me disuelvo, espero. Y la espera es todo lo que queda cuando uno ha perdido el arte de abrir puertas.
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