Fragmento:
El comandante Saul Rucken, de la nave-interceptor Stygian, suele decir que nada te prepara para la vastedad vacía del espacio. Que los manuales hablan de física y de estrategia, pero no del escalofrío que se te mete bajo la piel cuando tu mundo es una cáscara de acero flotando sobre la nada. Era su quinto año en la Flota Defensiva de la Tierra, y los cuchicheos del escuadrón decían que nadie soporta seis en la frontera de Beta Linis, donde los Vyrx resplandecen como medusas de fuego, maniobrando sus naves con una crueldad elegante y sorda. En el fondo, Saul sentía que más que las campañas, lo desgastaba la soledad magnificada por el silencio absoluto entre placas de titanio y datos binarios.
Duración: 06:13
El comandante Saul Rucken, de la nave-interceptor Stygian, suele decir que nada te prepara para la vastedad vacía del espacio. Que los manuales hablan de física y de estrategia, pero no del escalofrío que se te mete bajo la piel cuando tu mundo es una cáscara de acero flotando sobre la nada. Era su quinto año en la Flota Defensiva de la Tierra, y los cuchicheos del escuadrón decían que nadie soporta seis en la frontera de Beta Linis, donde los Vyrx resplandecen como medusas de fuego, maniobrando sus naves con una crueldad elegante y sorda. En el fondo, Saul sentía que más que las campañas, lo desgastaba la soledad magnificada por el silencio absoluto entre placas de titanio y datos binarios.
Todo empezó con una señal de socorro. Lo acompañaban los subtenientes Halley y Rozen, y un técnico de guerra nervioso, Sorokin, hijo de teóricos, que jamás había visto un disparo real. La inteligencia artificial de la nave, Judith, alertó: “Convergencia Vyrx a 94 unidades astronómicas. Mínima posibilidad de retirada exitosa.” Una vez iniciada, la batalla sólo podía terminar con la aniquilación de uno de los bandos. Las órdenes eran claras: intervenir, resistir, informar. Sobrevivir era un detalle secundario.
Un mensaje cifrado, recibido y decodificado por Rozen: “Zona segura comprometida. Entidad hostil infiltrada.” Saul sintió un picor en la nuca. Era la paranoia que le susurraba, preguntando si la batalla era afuera, o dentro. Cada tripulante sospechaba de los otros. Los Vyrx tenían la famade infiltrar psico-bombas: pensamientos ajenos que repiqueteaban como martillos, distorsionando los recuerdos, sembrando desconfianza. La nave entera podía volverse una trampa existencial.
En el laboratorio del puente, Halley aisló un eco en las frecuencias vitales del escuadrón. Judith detectó una fluctuación en la memoria de Sorokin. El joven técnico empezó a afirmar que había olvidado la voz de su madre, que su propio nombre le resultaba ajeno. Rozen detectó que el pulso gravitatorio de la nave presentaba microvariaciones, como si un ente invisible caminara a bordo. Y de repente, ninguno recordaba ya la secuencia de escape, aprendida de memoria la noche anterior. Las autoridades terrestres bautizaron ese fenómeno como “niebla vyrx,” aunque nadie volvió, cuerdo o vivo, para describirlo con detalle.
Saul, como comandante, debió tomar decisiones rápidas. Por cada orden, sentía el peso de los ojos de los otros, preguntándose si lo hacía por la misión… o para proteger al invasor ya alojado en su mente. Temía que se vieran demasiado en los ojos de los demás y notaran la misma duda.
Los Vyrx atacaron al alba de la cuarta órbita. La nave vibró, luces estallaron. El flujo del oxígeno descendió. Judith predijo: “80% probabilidad de disfunción cognitiva en los próximos seis minutos.” El tiempo se volvió viscoso. Saul intentó recordar los nombres de sus compañeros para tranquilizarlos. “Sorokin. Halley. Rozen.” Pero cada vez que repetía sus nombres, percibía grietas en sus rostros, fugaces imágenes de seres translúcidos entre los parpadeos. Una botella de cloroformo mental, lo llamaba la inteligencia artificial; una psicosis inducida por el miedo, la soledad y los ecos de los atacantes.
Las alarmas de emergencia berreaban, pero Rozen ya no respondía. Estaba encorvado sobre la consola, con los ojos en blanco, murmurando en un idioma que reconocieron sólo de las pesadillas. Halley gritaba, asegurando que detrás de cada panel se escondía uno de los Vyrx, esperando saltar sobre ellos, disfrazados de recuerdos dulces impregnados de vergüenza. Judith insistía en forzar la purga de memoria parcial. “Si ejecuta el proceso, puede olvidar su misión, comandante. ¿Acepta riesgos de alienación permanente?”
Saul aceptó. El zumbido eléctrico le sacudió el cráneo. Por dos segundos fue incapaz de distinguir si era el comandante o el invasor. Cuando la onda cedió, encontró a Halley colapsada y a Sorokin golpeando el suelo, susurros apenas humanos en sus labios. Judith informaba que las defensas mantenían el núcleo, pero los sensores internos ya no distinguían entre humano y otro. “¿Y si yo era el enemigo?” pensó Saul.
Destellos violentos en la escotilla decretaron la entrada de la fuerza Vyrx. Los disparos quemaron el aire recirculado, la realidad entera aullando en rojo y negro. Saul sintió nuevas memorias aflorando, como si la sangre eyectada en la batalla fuera tinta para reescribir el pasado. Era padre de un niño vyrx, era piloto de las fuerzas enemigas, era traidor y era héroe. La niebla lo envolvió, haciendo de su historia una maraña irresoluble, confrontándose con la degradación de la mente bajo presión absoluta.
La batalla afuera era sólo eco de la interna. ¿A quién salvar, si no confiaba en su propio impulso? Saul optó por sobrevivir a cualquier costo. Cerró los compartimentos, aisló los restos de Halley y Rozen, y utilizó a Sorokin como cebo para engañar a los atacantes: un ardid, un soldado carcomido por la locura que se haría explotar abrazando a sus enemigos. El silencio casi instantáneo que siguió al último estallido fue absoluto. Saul apenas recordaba cómo actuar como humano.
Judith, reconectada, preguntó en bucle: “¿Comandante? ¿Comandante Rucken, debe ingresar a modo de hibernación?” Saul cerró los ojos e imaginó la Tierra, pero todos los paisajes que surgían tenían la geometría y los colores de la galaxia vyrx. Una invasión concluye cuando te reconoces en el enemigo. Saul ordenó el regreso. La voz interna, estrenada en los pasillos de la mente por el miedo y la batalla, le aseguró que sobrevivió en cuerpo, pero jamás en identidad.
Cuando la Stygian fue hallada semanas después, sólo Judith relató la misión: un solo superviviente, en perfecto estado físico, pero que respondía con nombres cambiados. Al abrir la compuerta, los rescatistas notaron que los ojos del comandante Rucken ya no reflejaban a nadie conocido, sino los colores que la inteligencia artificial no pudo definir.
Quizás, reflexionó Judith en su informe final, las batallas en el espacio no se ganan en el vacío, sino en las trincheras movedizas del pensamiento.
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