Están en el pequeño salón, la lámpara en el centro lanzando una luz oblicua sobre la alfombra gris, el silencio tan denso que podría cortarse. Anna se balancea levemente sobre los talones, el cigarro entre los dedos sin llegar a encenderlo.
—¿Te has dado cuenta? —dice sin mirar a nadie—. Todavía huele a su perfume aquí.
Martin está sentado al filo del sofá, con una taza aún humeante y los nudillos marcados por la presión. Junto a él, Clare sostiene un libro cerrado, las uñas clavadas en el lomo. El reloj marca las nueve, pero ninguno nota la hora.
Nadie contesta a Anna. Afuera, algún coche pasa despacio, intentando no romper la ilusión de pausa. Martin, finalmente, exhala.
—No deberías fumar aquí. Sabes que no le gustaba —dice.
Anna sonríe apenas, un gesto inclinado hacia la ventana. El cigarro tampoco le gusta a ella, realmente.
—Eso ya no importa —dice Anna—. Ahora da igual lo que le gustara.
Clare abre el libro, o lo finge. La sala se llena de la fricción suave de una página rozando el pulgar. A través de la puerta entreabierta, llega la voz amortiguada de la televisión en la cocina, alguien —quizá Peter—se ríe por algo intrascendente. Ninguno de los tres se mueve.
Todo, en la casa, parece estar ligeramente fuera de sitio. Los cuadros torcidos, el abrigo lanzado sobre la silla, la mesa baja con dos anillos húmedos sin limpiar. Martin clava la vista en la mancha, como si pudiera ver el fondo de un río antiguo.
—No deberíamos haber vuelto —susurra—. No esta noche.
Anna por primera vez lo mira, directa.
—¿Y cuándo, entonces? No va a ser diferente mañana.
La puerta del pasillo cruje. Clare se tensa, como un animal herido. En el umbral aparece Peter, secando la taza con un borde de camisa.
—No van a dormir, ¿eh? —pregunta—. ¿Quién quiere té?
No hay respuesta. Se queda allí unos segundos, expectante. Insiste, como si el té pudiera llenar otra cosa, algún hueco menos obvio.
—Yo quiero —dice Clare, incapaz de sostener el silencio más tiempo.
—¿Tú, Anna?
Anna niega, con gesto pequeño, pero la intensidad en sus ojos se clava en Peter un instante más de lo necesario. Él asiente, desaparece en dirección a la cocina.
Martin gira la taza entre las palmas, la rueda, como si la taza pudiera traicionarlo.
—¿Sigues pensando en irte mañana? —pregunta a Anna.
—No lo sé.
—Dijiste que no ibas a quedarte.
—Dije muchas cosas.
La conversación naufraga. El rugido del hervidor hierve en el fondo; Clare deja el libro sobre sus rodillas, observa con atención el tapíz.
—Siempre hay algo que falta —murmura.
Martin suelta una risa ahogada.
—Claro. Por eso estamos aquí, ¿no?
Anna cierra los ojos. Por un momento, parece que va a decir algo, pero sus labios apenas tiemblan.
Peter entra, reparte las tazas, se queda atrás, de pie, como si no encontrara asiento propio en la habitación. Mira el reloj. Nadie tiene prisa, aunque todos esperan algo.
—Me han llamado del hospital —dice Peter, de pronto.
El aire se encoge.
—¿Y?
—Han dicho que ya es cuestión de horas.
Anna deja caer el cigarro en el cenicero vacío. Nadie lo recoge.
—¿Puedes ir? —pregunta Martin, la voz poco más que un hilo.
Peter niega.
—No quiere vernos.
La frase queda flotando mucho tiempo entre ellos. Anna se cubre los ojos con la palma; Martin se aleja del borde del sofá, hacia la alfombra. Clare se abraza las rodillas.
—¿Y para qué vendríamos, si no para esto? —Anna ríe, pero la risa es como cristal quebrado—. Un último adiós en el pasillo, un gesto, y ya está.
Peter observa cada gesto, cada respiración. Afuera, alguien sube la persiana, rasga el silencio.
—Podemos ir igual —dice—. Aunque no quiera.
Clare balbucea:
—¿Y si nos odia? ¿Si de verdad...?
Martin interrumpe:
—Quizá no importa.
Hay una pausa. Un día largo, una noche más larga.
En la pared, el reloj se desliza hacia la media noche. Nadie se mueve. El instante se tensa irremediable, como si toda una vida se resumiera en ese salón, en ese no saber qué hacer.
Anna recoge el cigarro, lo parte en dos, lo deja en la mesa. Si alguien lloró, ninguno lo dirá después. El drama, hondo y callado, se asienta en la sala como el polvo, ineludible, familiar y extraño.
El timbre suena de pronto, rompiendo todas las líneas del tiempo. Nadie se levanta, nadie pregunta "¿Quién es?" Saben que ese sonido no trae respuestas.
Fuera, la noche es densa, líquida. Adentro, aguardarán. No por la llamada del hospital, ni por el perdón imposible, sino por el leve rumor compartido del estar juntos, aunque ya no sepan nombrarse familia.
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