Fragmento:
El domingo había llegado como de costumbre, deshilachado de silencios y de pequeñas excusas para no pronunciar lo necesario. Judith no escuchaba el pasar de pasos sobre las baldosas desde que era adolescente; el silencio, en esta casa, siempre había pesado más que cualquier palabra. Había un concierto de miradas esquivas entre Teresa, su madre, y Mario, su hermano menor, repitiéndose cada semana, como si la misma pieza de teatro se interpretara con actores cansados que seguían un libreto antiguo y cada vez menos creíble.
Duración: 04:40
El reloj de la sala marcaba las seis y cuarto cuando Judith dejó caer la cuchara de madera en el fregadero. El sonido metálico resonó por la casa entera, rebotando por las paredes con una sequedad dolorosa. Detrás de los ventanales, el anochecer se aferraba con uñas grises a las ramas del viejo olmo del jardín, como si alargar el día sirviera de algo a esas alturas. En el comedor, las sombras caían ya sobre los manteles planchados y colocados con un rigor casi militar por Teresa unas horas antes, una rutina que se negaba a abandonar, aunque supiera en el fondo que nadie reparaba en ella salvo ella misma.
El domingo había llegado como de costumbre, deshilachado de silencios y de pequeñas excusas para no pronunciar lo necesario. Judith no escuchaba el pasar de pasos sobre las baldosas desde que era adolescente; el silencio, en esta casa, siempre había pesado más que cualquier palabra. Había un concierto de miradas esquivas entre Teresa, su madre, y Mario, su hermano menor, repitiéndose cada semana, como si la misma pieza de teatro se interpretara con actores cansados que seguían un libreto antiguo y cada vez menos creíble.
Afuera, Alan, el padre, examinaba el asador, aunque hacía años que nadie permitía realmente fuego en el patio. Sus manos, manchadas de aceite negro, temblaban al apretar la empuñadura, pero encontraba en ese gesto inútil una especie de consuelo. Era mejor ocuparse de un hierro oxidado que sentarse al borde de esa mesa y afrontar los restos de las conversaciones inconclusas, los malentendidos acumulados como polvo en los pliegues de las cortinas.
Judith dejó el delantal. A pesar de los cuarenta, seguía siendo “la hija”, la garante de un orden familiar destinado a la ruina. Caminó hacia el comedor, recogiendo los vasos vacíos y los platos alineados en perfecto silencio. Cada objeto tenía su historia, su pequeño drama silencioso: la copa que había roto Sergio en su última visita, nunca reemplazada; el plato hondo con la muesca de la mudanza. Teresa la miró al pasar, con una mezcla de gratitud y reproche, y bajó la cabeza fingiendo estudiar el mantel como si este, de repente, revelara signos ocultos.
—¿Quién quiere café? —preguntó Judith, con la resignación seca de quien sabe la respuesta.
Mario alzó los hombros y no miró, ocultando los ojos tras la pantalla del móvil. Teresa negó levemente: —No, no, gracias. Pero Alan, desde el patio, murmuró algo que nadie entendió. El viento arrastró las sílabas, y Judith dudó si hacer la pregunta por segunda vez. Decidió no hacerlo.
La cena fue un desfile de gestos furtivos. Alan entró a la casa con los nudillos enrojecidos, dejando rastros de tierra en la alfombra. Nadie lo reprendió como antes. Teresa vertió sopa en platos vacíos y, al hacerlo, se le escapó el llanto al borde de la voz. Judith, al escucharla, apretó los labios; Mario, por primera vez, la miró largo, como si intentara descifrar qué palabra habría que decir para que el llanto se detuviera.
—Deberíamos vender la casa —dijo Judith, de pronto, apuntando hacia la rendija de la ventana, como si la casa fuera un animal enfermo que necesitaba compasión.
El silencio volvió a caer, espeso, mientras Teresa apartaba la cuchara y Alan exploraba otra vez el asador imaginario en su mente. Solo Mario se atrevió a romperlo.
—¿Y a dónde iríamos? —preguntó, no hacia nadie en particular.
—Donde sea, —respondió Judith. —Esto ya no es un hogar. Es solo un archivo de lo que no fuimos.
Teresa, entonces, levantó la vista. Tenía el rostro marcado por los surcos del llanto, pero los ojos como dos relámpagos.
—¿Y quién dijo que alguna vez fue un hogar? —dijo, quizás demasiado fuerte.
De pronto, la cocina ya no fue un escenario seguro. Judith pensó en las veces que había soñado con incendiarlo todo, salvar apenas una maleta y correr a ningún sitio. Mario bajó la cabeza. Alan entró y se quedó de pie, buscando explicación en los rostros, torpe y cansado.
Siguió un parlamento de reproches pequeños, la contabilidad de gestos que nadie quiso sumar en voz alta todos esos años. Teresa enumeró las ausencias de Alan, Mario los olvidos de Teresa, Judith el resentimiento que se había solidificado como sal en la herida. Fueron palabras de adultos cansados, dichas como confesión o desafío, mientras fuera la noche cerraba la puerta y los vecinos ajenos encendían sus luces para ocultarse en sus propias historias.
Al final, sólo Judith quedó sentada, mirando la vajilla desteñida y las sobras de pan frío. Alan se fue al patio. Mario subió, y Teresa insistió en lavar los platos sola, llorando un poco más en cada plato.
En el reloj, las agujas tejían otro giro de la memoria, y Judith, en la quietud, pensó: quizás mañana alguno de nosotros encuentre el coraje de arrojar una palabra que no regrese entre las sombras. Quizás, pero no hoy. Hoy, la casa volvía a acallar sus ruidos, a engordar de secretos y memorias hasta que la próxima cena anunciara un nuevo asalto de verdades a medias.
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