Fragmento:
José, el hermano mayor, llegó cuando la tarde parecía decidir su color. Entró, dejó las llaves sin mirar a nadie, y se sentó a una distancia cuidadosamente medida de su hermana. Desde hace años, el arcón invisible de los recuerdos pesaba sobre las palabras; las frases giraban en torno al arcón, nunca abriéndolo del todo. Se preguntaron —al mismo tiempo y luego en silencio— si seguirían pretendiendo que ese día de agosto, el de la discusión, no era el verdadero motivo por el que solo se veían para firmar papeles y recordar aniversarios ajenos.
Duración: 04:24
La mesa de roble parecía más grande anoche, aunque esta tarde Susana la vio, como siempre, amenazada de papeles y tazas, velada por una luz que nunca decide si permanece o se retira. Sus dedos sostenían una factura: el agua, otra vez. En la cocina, el ruido constante del grifo que gotea era el murmullo pequeño y terco en una casa donde los grandes ruidos, los gritos y los portazos, eran patrimonio del pasado y ahora nadie se atrevía a invocarlos.
La radio sonaba bajísimo en otro lugar —María, la madre, tenía la costumbre de seguir programas de recetas que nunca cocinaba— y esa voz apenas formaba parte de la realidad, como el olor de la naftalina en los cajones, como las polillas que los nietos ya no ven porque la infancia se les quedó en el umbral.
José, el hermano mayor, llegó cuando la tarde parecía decidir su color. Entró, dejó las llaves sin mirar a nadie, y se sentó a una distancia cuidadosamente medida de su hermana. Desde hace años, el arcón invisible de los recuerdos pesaba sobre las palabras; las frases giraban en torno al arcón, nunca abriéndolo del todo. Se preguntaron —al mismo tiempo y luego en silencio— si seguirían pretendiendo que ese día de agosto, el de la discusión, no era el verdadero motivo por el que solo se veían para firmar papeles y recordar aniversarios ajenos.
“La grifería está peor,” dijo José, como si la casa reclamara su derecho a intervenir.
“Tengo la cita con el plomero para el jueves,” respondió Susana, y en ese cruce de fechas se coló el reproche: jueves era el día que María acostumbraba, antes, dedicar a la limpieza grande, y ahora ni la salud ni los años le permitían llegar más allá del borde de su propio tiempo.
De pronto, llegó Gabriel, el menor, con el alboroto y la prisa de quien huye todo el tiempo. Dichosos los que huyen, pensó Susana, porque mientras se escapan no tienen que mirar de frente nada, ni a sí mismos ni a la madre que, desde otra habitación, escuchaba el eco sordo de sus hijos.
“Madre preguntó si viniste, José,” dijo Gabriel, rompiendo el hielo con la herramienta de siempre: informar sobre otra persona, nunca sobre sí mismo.
“Entraré luego. ¿A qué hora es la cena?”
“Siempre lo mismo, las siete, pero ella se cansará antes, tú sabes.”
La nevera zumbaba. Nadie miraba el reloj porque todos, demasiado acostumbrados a que el tiempo pasara sin su permiso, preferían dejarlo fuera de la conversación.
María apareció en la puerta, diminuta e intermitente, vestida con una bata que había envuelto otros cuerpos y una cabeza blanca como el polvo de las esquinas.
“¿Hay café?” preguntó, y Susana la vio, de golpe, igual que aquel día en que su padre se fue: la misma pregunta, el mismo temblor de voz.
“¿Quieres sentarte, mamá?”
“No, hija. Solo quiero saber si queda café.”
La casa parecía doblar las esquinas hacia otras casas pasadas. Gabriel, como si pudiera salvar a todos con una anécdota, mencionó la gatita que ahora dormía bajo la escalera. Nadie se reía: hacía tiempo que a la familia le costaba encontrar motivos para la risa franca.
“¿Recuerdan cuando papá dejó la olla en el fuego? Casi la cocina se nos va al infierno.”
Sonrisas apretadas, recuerdos no del todo seguros. José se puso a mirar, de repente, los cuadros torcidos; Susana dobló la factura en cuatro partes, cuidando cada línea; María sorbió el aire como quien le teme a los espacios vacíos.
Un sonido fuerte rompió el sopor: un vaso cayendo al suelo, la gata asustada huyendo a la sala, y la voz de la madre como un pequeño timón en la tormenta.
“Esa solo era vidrio. Lo que de veras importa no se rompe tan fácil,” musitó, casi para sí, pero todos lo oyeron.
La tarde caía. Afuera, la ciudad seguía. Adentro, las palabras, cada día más frágiles, buscaban su forma, aún a riesgo de volverse esquirlas. En medio de la cocina vieja, mientras la luz desaparecía sin preguntar si debía hacerlo, cada uno se preguntó, sin decirlo: ¿cuándo nos convertimos en personas que solo hablan del agua, del café, del grifo que gotea, para no hablar de los nombres verdaderos del dolor? Y nadie, ni siquiera la madre, supo la respuesta; sólo supieron que mañana, la mesa y la casa, volverían a esperarles, como si el pasado aún pudiera cerrarse bien, solo con girar la llave.
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