Fragmento:
Ruth quiso cerrar el papel, guardarlo, pero las palabras parecían una enfermedad: se extendían en su lengua. Supo, sin mirar, que su madre iba a llamar: “¿Ya están los huevos listos?”. Ruth sacudió la cabeza, ignorando el reloj y la urgencia, sumida en esa sensación impronunciada de que la carta traía consigo la verdad que las paredes se empeñaban en negar. No se atrevería a preguntarle a Amanda qué había querido decir. Ni siquiera sabía si la carta estaba dirigida a ella o a otra Ruth, alguien que pudiera lidiar con los fantasmas.
Duración: 02:40
La bruma aún colgaba en la cocina cuando Ruth descubrió la carta. No era suyo el sobre, ni reconocía la letra temblorosa, inclinada como si alguien hubiera escrito de pie, apoyado en una ventana. Dudó poco antes de leer. Afuera, en el jardín, la madre apartaba hierbajos con manos tan lentas que parecían otra estación del año.
Con cuidado, Ruth rompió el papel. Se deslizó en una franja de luz, cruzando migas viejas conservadas sobre la tela. Era de su hermana. De Amanda, que no había vuelto a la casa desde el invierno anterior. “No te lo dije”, empezaba la carta, “pero la última vez que estuve en la mesa del comedor, vi a papá reflejado en la cuchara. Solo que ya no era él”.
Ruth quiso cerrar el papel, guardarlo, pero las palabras parecían una enfermedad: se extendían en su lengua. Supo, sin mirar, que su madre iba a llamar: “¿Ya están los huevos listos?”. Ruth sacudió la cabeza, ignorando el reloj y la urgencia, sumida en esa sensación impronunciada de que la carta traía consigo la verdad que las paredes se empeñaban en negar. No se atrevería a preguntarle a Amanda qué había querido decir. Ni siquiera sabía si la carta estaba dirigida a ella o a otra Ruth, alguien que pudiera lidiar con los fantasmas.
Detrás de la carta, en el fondo de la cocina, todo seguía igual. Las plantas que su madre apenas conseguía mantener vivas, el cuenco de sopa a medias, la radio zumbando con noticias sobre un incendio en otra ciudad. Ruth sintió que la casa era marítima, que el comedor flotaba a la deriva, y que aterrizar o hablar costaría un naufragio irreparable.
A media tarde, Ruth encontró a su madre sentada en la escalera trasera. La anciana tenía las manos sucias y la barbilla húmeda, como si hubiera terminado de llorar y se hubiera olvidado de la sal. “¿Sigues sin llamar a Amanda?”, preguntó entonces, y la inercia fue tan grande que Ruth solo pudo sentarse, sabiendo que nadie, ni esa tarde ni la siguiente, nombraría a papá más allá del recuerdo de su voz doblando una esquina.
Hoy no hubo discusión. Sí pequeñas ausencias: el tenedor que no estaba, la silla vacía, el café frío. Ruth miró a su madre desmenuzar pan con un cuidado ritual y pensó que la familia era este silencio, este intento de no rozar el abismo que deja el dolor cuando se sienta al mediodía.
Se hablaron, sí, pero sin decir lo necesario. Ruth pensó que tal vez escribiría a Amanda: “Vuelve”, pondría en el sobre, o “la cuchara sigue aquí, pero ya no devuelve rostros”. En vez de eso, alumbró la cocina, recogió los fragmentos más pequeños de la carta y, como quien sopla polvo de cristal, los dejó caer sobre el mismo mantel de siempre.
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