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Fragmento:


Mae, criada por la inteligencia central de la cúpula, llevaba años soñando con el viejo concepto de “sol”. No uno de los soles concentrados en los tubos del invernadero—demasiado blancos, demasiado fríos—sino ese fuego que, según historias recitadas por la IA, ardía a millones de kilómetros, haciendo posible la vida en la Tierra de los relatos antiguos. A veces, en las noches artificiales, pensaba qué sería respirar el aire que aún guardaban las leyendas, e imaginaba a sus pulmones abriéndose boquiabiertos, asustados por aquel oxígeno indómito.

Duración: 04:51

Todavía la Tierra
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La luz artificial cayó sobre un mundo sin estaciones. En la ciudad-cúpula de Valis, la vida era una sucesión de impulsos eléctricos y ecos apagados, generaciones confinadas como semillas que nunca conocerían el aire libre. Entre los polímeros desgastados y los techos transpirables, las paredes traslucidas dejaban filtrar noticias incomprensibles: afuera, el planeta seguía ahogándose lentamente en polvo y radiación.

Mae, criada por la inteligencia central de la cúpula, llevaba años soñando con el viejo concepto de “sol”. No uno de los soles concentrados en los tubos del invernadero—demasiado blancos, demasiado fríos—sino ese fuego que, según historias recitadas por la IA, ardía a millones de kilómetros, haciendo posible la vida en la Tierra de los relatos antiguos. A veces, en las noches artificiales, pensaba qué sería respirar el aire que aún guardaban las leyendas, e imaginaba a sus pulmones abriéndose boquiabiertos, asustados por aquel oxígeno indómito.

Pero el mundo de Mae ya no contenía aire libre, solo sistemas cerrados, atmósferas computadas, cielos creados a la medida. El exterior era una sucesión de páramos venenosos custodiados por drones centinela y aves cibernéticas que cazaban a los pocos animales mutantes que aún se aventuraban cerca de las cúpulas. En sus clases de historia, Mae había aprendido a temer ese afuera. Ellos decían que mirar directamente las grabaciones de la superficie—marrón, carcomida, irreconocible—podía enloquecer a una mente no entrenada.

Aun así, todas las noches se conectaba a los canales prohibidos de los otros habitantes: existía una red subterránea de relatos, sueños y simulaciones antiguas. Los adultos mayores, rescatados de las primeras migraciones internas, entregaban a los jóvenes sus fragmentos de memoria como quien entrega fruta en descomposición, sabiendo que algo de su valor aún se mantiene fresco bajo la podredumbre. Así, Mae conoció historias: fiestas en el bosque, lluvias de verano, templos cubiertos de hiedra. Aprendió que la tierra no siempre fue muda, y que bajo la superficie asfixiada existían semillas de algo diferente.

La administración central ignoraba estos juegos nostálgicos. El miedo era la política dominante, y la vigilancia su idioma: cada sueño registrado, cada conversación analizada, cada desvío del trabajo obligatorio apuntado como anomalía. La individualidad era peligrosa; la memoria, subversiva. Por eso, uno a uno, los ancianos fueron “reprocesados”: primero, eran relegados a los márgenes de la cúpula, asignados a tareas de reciclaje y compostaje. Después, simplemente desaparecían. La administración lo llamaba “eficiencia”. Nadie preguntaba en voz alta.

Sin embargo, la semilla de la desobediencia germinaba en los pliegues del tedio. Una noche, tras una insufrible jornada limpiando los filtros del aire, Mae encontró un mensaje distinto en la red subterránea. Era una invitación, un susurro disfrazado de poema: “Ven a donde la cúpula exhala su aliento prohibido. Ven con las manos vacías pero los ojos abiertos”.

Siguió las indicaciones con un temblor inexplicable. Caminó por corredores vacíos, bajó escaleras cubiertas de musgo sintético, esquivó sensores como quien esquiva animales hambrientos. Descubrió a otros como ella, reunidos en torno a una central eléctrica deshabitada. En el centro, un anciano sostenía un frasco sellado que emitía diminutas luces azules. "Polen", dijo él, "del tiempo en el que todavía teníamos estaciones y peces en los ríos".

La reunión fue interrumpida por la alarma titilante de un dron. Algunos huyeron; otros, resignados a la represión, simplemente bajaron la cabeza. Mae, sin embargo, se llevó a casa una esperanza fosforescente en la palma de la mano y un mensaje secreto en el pecho: la vida podía ser más que lo que la administración permitía soñar.

En los días siguientes, la represión se intensificó. Nuevas reglas, nuevas cámaras en los pasillos, nuevas desapariciones. Pero la insurrección silenciosa ya había comenzado. Mae, y otros como ella, comenzaron a diseminar el polen escondido en las grietas de los invernaderos, en los respiraderos al borde de la cúpula, en las raíces de las plantas que aún se atrevían a crecer. Sabían que la libertad sería lenta, casi invisible; que la vida verdadera, como el polen, podía viajar mucho tiempo escondida antes de florecer donde menos se esperaba.

Mae nunca vio el sol real, pero aprendió a temer menos la muerte y el afuera. Comprendió que cada relato compartido, cada acto pequeño de rebeldía, era otra grieta en la cúpula, otro paso hacia un futuro imprevisible. Y mientras la administración nombraba su mundo como “seguro”, Mae pensaba en esos antiguos jardines, en el ruido de los pájaros, y sentía, aunque nunca lo admitiría, un poco de fe.

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