Fragmento:
Caminó por el corredor central con una calma practicada, los pasos sincronizados con el pulso de las luces de seguridad. Vigilaba los reflejos. En este sector, una sombra en el momento equivocado podía costarte un ciclo en Reducción, o peor aún, el Pase Gris. Su mano rozó la pared mientras avanzaba, sintiendo la vibración: la ciudad nunca dormía realmente, solo simulaba descansos, para quienes aún sabían creer en ellos. Al llegar a la bifurcación del nivel 12, se detuvo junto al ventanal cuarteado. Desde allí, el horizonte era un mosaico constante de neón derramado y polvos de óxido flotando, bajo un cielo donde apenas asomaba alguna estrella, y las nubes ululaban con ecos de antiguas tormentas.
Duración: 04:46
Janira sostuvo la tablilla contra su pecho como si fuera su corazón. No sabría decir si lo que latía en su interior era el recuerdo de las emociones -ya casi borrado- o el zumbido bajo del dispositivo. Habían pasado siete ciclos desde la última recolección y su cuerpo se rebelaba contra la escasez de proteína. Pudo haber intercambiado la tablilla por uno de los hongos negros que los recolectores traían de la Subzona, pero no se atrevía; ese objeto, con todas sus ausencias y promesas, valía más que la comida, el sueño o el respiro nocturno.
Caminó por el corredor central con una calma practicada, los pasos sincronizados con el pulso de las luces de seguridad. Vigilaba los reflejos. En este sector, una sombra en el momento equivocado podía costarte un ciclo en Reducción, o peor aún, el Pase Gris. Su mano rozó la pared mientras avanzaba, sintiendo la vibración: la ciudad nunca dormía realmente, solo simulaba descansos, para quienes aún sabían creer en ellos. Al llegar a la bifurcación del nivel 12, se detuvo junto al ventanal cuarteado. Desde allí, el horizonte era un mosaico constante de neón derramado y polvos de óxido flotando, bajo un cielo donde apenas asomaba alguna estrella, y las nubes ululaban con ecos de antiguas tormentas.
Cuando era niña, estos pasillos estaban llenos de voces. Ahora, quedábamos solo los filamentos: dispersos, fragmentados, tensos. Nadie confiaba demasiado, porque todos sabían que la confianza restaba espacio al miedo, y nadie podía permitirse el lujo de olvidar el temor. Janira pensó en aquellos que intentaron el éxodo, siguiendo ilusiones de un exterior limpio, libre de cenizas. Ninguno había regresado. Nadie lloraba por ellos ya, los nombres se disolvían tan rápido como las palabras prohibidas.
Se reunió con Ervin en la cámara de servicio. Él tenía las manos manchadas de grasa y dolor antiguo. Habló en su murmuro habitual, palabras aserradas: "Hoy, las cuadrillas arrastraron siete cuerpos. Sobrevivieron quince minutos al ciclo de refrigeración baja". Janira le entregó la tablilla, sus dedos temblando levemente, "Van a llegar pronto", dijo. Él asintió, y por primera vez esa noche la miró a los ojos. Todos sabían el rumor: venían por los poseedores de recuerdos, por quienes guardaban rastros de historias antes del colapso.
La tablilla, ese espejo de la memoria, era el pecado supremo. El simple hecho de contar una historia real se consideraba una réplica contra la Nueva Armonía, y la piedad era un lujo extinto. Aun así, Janira no podía dejar de sostener la tablilla cada noche, repasando con la yema de sus dedos los nombres inscritos en el material sintético: nombres de su madre, de los vecinos, de los que reían antes de las Hecatombes. Quería pronunciar cada uno en voz baja, devolverles vida, romper el aislamiento feroz del presente.
Las señales llegaron primero como sonido: un zumbido autoritario, vibrando a través del suelo y los huesos. Luego, luz: líneas blancas, límpidas, recorriendo los pasillos. La entrada sellada se abrió para tres figuras cubiertas, sin rostro visible. "Requisición de recuerdos", dijeron al unísono. El procedimiento era conocido, aunque nadie escapase ileso, ni siquiera los ejecutores. Ervin se adelantó, "No poseemos nada que no esté permitido", su voz hueca, esperando el golpe. Pero los ojos de Janira estaban secos, tranquilos. Sostuvo la tablilla hacia ellos. "Lo único que poseo es mi voz", susurró.
La figura del centro se detuvo, escaneando los registros biolumínicos bajo la piel de Janira, buscando el resplandor mínimo de desobediencia. Algo en su gesto, en la manera de sostener el objeto, cambió el aire. Por un instante, solo un fragmento de microsegundo, las luces titilaron y la tablilla -que nunca se había encendido en presencia de otros- emitió una imagen fugaz: un campo, un río, dos manos enlazadas. El ejecutor retrocedió, vacilando. "No está prohibido recordar el dolor, incluso la esperanza", pronunció. El murmullo fue apenas audible, pero resonó profundo y largo en la sala, en el subtexto de todas las conversaciones nunca dichas.
Esa noche, Janira y Ervin durmieron en turnos cortos, agarrados a la tablilla como un amuleto. Afuera, el rumor de los barridos de datos regresó. Por primera vez desde la caída, Janira sintió que los fragmentos podían encontrar su encaje, y que, bajo el yugo de la supervisión constante, aún quedaba una forma de resistencia. No era espectacular ni prolongada. Era una grieta ínfima, casi invisible: pero bastaba. Porque la memoria, incluso en el barro de lo prohibido, era semilla. Y en la garganta seca del miedo, una voz baja aún podía florecer.
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