Fragmento:
Atraviesas las calles cubiertas de grafitis espectrales, vestigios de una juventud desafiante que ahora solo vive en las paredes. Las cámaras flotantes zumban sobre los tejados, sus ojos cristalinos barriendo las aceras en busca de "anomalías", ese término ambiguo que lo abarca todo: conducta indebida, actividad sospechosa, sueños no autorizados. Tus pasos son medidos, tu respiración contenida, sabiendo que en cualquier momento ese zumbido puede descender y decidir que eres un error más.
Duración: 05:51
Sientes el polvo como si fuesen diminutos insectos arrastrándose por tu piel. Hace años que el cielo dejó de mostrarse azul, y ninguna persona en este lado del continente recuerda la última vez que la lluvia cayó limpiamente, sin arrastrar consigo pedazos de pintura, conchas de plomo y el eco lejano de viejas canciones. Ahora, en la Ciudad de Áurea, solo existen silencios —tan gruesos que podrías masticarlos— y el crujir de la tierra bajo tus botas gastadas.
Atraviesas las calles cubiertas de grafitis espectrales, vestigios de una juventud desafiante que ahora solo vive en las paredes. Las cámaras flotantes zumban sobre los tejados, sus ojos cristalinos barriendo las aceras en busca de "anomalías", ese término ambiguo que lo abarca todo: conducta indebida, actividad sospechosa, sueños no autorizados. Tus pasos son medidos, tu respiración contenida, sabiendo que en cualquier momento ese zumbido puede descender y decidir que eres un error más.
Los habitantes de Áurea ya no se miran a los ojos. Aprendieron que la mirada es un lujo de los antiguos tiempos, y que las palabras más seguras son aquellas que nunca se dicen. Solo cuando llegan las horas muertas —esas horas tras el último toque de queda cuando los algoritmos de vigilancia aún no se sincronizan del todo—, te encuentras contigo misma en la ventana agrietada, observando los puentes oxidados y las luces mortecinas reflejadas en charcos de agua tóxica. Sientes nostalgia, aunque apenas tengas recuerdos propios; todo lo que sabes son retazos heredados de voces anónimas apagadas años atrás.
Te llamas Iskra y tu función es archivar historias. La Ley del Olvido exige que toda memoria previa a la Reconstrucción sea destruida: libros, fotografías, cualquier relato personal está prohibido y penado con el Exilio. Pero hay una grieta en el sistema, y tú eres su guardiana accidental. Bajo las baldosas rotas de tu cubículo, escondes pequeños cristales de memoria —dispositivos anacrónicos donde, con paciencia obsesiva, almacenas relatos de gente como tú. Un beso robado bajo la lluvia ácida, la risa de una niña jugando entre ruinas, una promesa susurrada entre los escombros.
Esta noche te visitas un hombre: Sandro, un recolector que habla bajo y rápido, siempre alerta a los ojos invisibles. Le entregas un cristal diminuto, y él, a cambio, deja sobre la mesa un paquete mal envuelto: semillas, un bien más valioso que el oro en Áurea. "Para la próxima vez", susurra. "Tal vez haya alegría." Sus palabras tienen el filo de la esperanza y la condena; no puedes evitar querer creerle.
Sabes que si te descubren, la desaparición será rápida y silenciosa. Nadie hará preguntas, nadie te buscará. Tu nombre se disolverá del Registro Central mientras una versión digitalmente pulida de tu rostro continuará archivando historias, pero todas ellas vacías, frías, inofensivas. A veces, te preguntas por qué sigues arriesgándolo todo solo por conservar un puñado de recuerdos ajenos. Tal vez porque sospechas que la identidad es contagiosa, que el simple acto de recordar es un gesto revolucionario.
Empiezas a trabajar antes del alba. Un mensaje en código llega a tu bandeja: una cita en el Viejo Teatro. El lugar está sellado y su entorno permanentemente monitoreado. Sabes que la llamada es tan peligrosa como necesaria. Vas, porque siempre vas, aunque una parte de ti desee quedarse en la seguridad relativa de tu escondite. La puerta lateral cede con un gemido metálico, y te encuentras rodeada de polvo y telarañas, butacas destartaladas, el eco de una grandeza irrecuperable.
Allí te espera Mara, una mujer de mirada feroz, el cabello cortado al ras y cicatrices que no se molestó en ocultar. Ella no necesita palabras; su presencia basta para alinear el aire en torno a sí misma. "¿Lo tienes?", pregunta, y tú asientes, deslizando el cristal de memoria en su palma.
"El Consejo está empezando a dudar", dice Mara, observando el minúsculo dispositivo como si fuera una bomba de relojería. "Saben que alguien les engaña, pero no pueden encontrar la raíz. Hemos de ser más cautos." Sus palabras se clavan en ti; la paranoia es un veneno que se filtra cada vez más adentro.
Pero entonces, y casi sin darte cuenta, ocurre algo inesperado. Desde lo alto del escenario, una figura encapuchada arroja una bomba lumínica: la habitación entera se llena de una luz blanca insoportable, seguida de un estruendo sordo. Sientes manos aferrándote, la náusea y la confusión mientras te arrojan fuera del teatro. Al abrir los ojos, estás sola. Ni Mara, ni la figura. Solo el sonido distante de sirenas, inusuales a esas horas, y el retumbar agresivo de drones acercándose.
Corres, sin pensar. Saltas por callejones, vuelves a ser la sombra que aprendiste a ser en este mundo donde sobrevivir es la primera ley. Pronto comprendes lo evidente: alguien dentro de vuestro círculo os ha traicionado. La operación está comprometida, y el único refugio posible es abandonar tu arrogante archivo de recuerdos y fundirte en la nada.
Pero llevas encima el germen de algo más. Antes de huir, escondiste otro cristal: uno especial, que contiene no solo relatos, sino el mapa de un lugar —una brecha en los muros de Áurea, una promesa de salida, de otra vida. Decides que el olvido no te va a consumir. No esta vez.
Al caer la noche y cruzar los muros exteriores, la ciudad se muestra diferente: menos un hogar y más una bestia dormida, de la que al fin lograste escapar. Aprietas en tu puño el cristal y sigues adelante, porque el acto de recordar, el acto de sobrevivir, ya es victoria. Y dejas atrás el aire viciado de Áurea —saboreando, por un segundo, la posibilidad de un futuro en el que la memoria no sea un crimen, sino la salvación de todos.
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