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Fragmento:


La sirena no era más que un zumbido apagado en el fondo de lo cotidiano. De todas formas, nadie la escuchaba ya. Las ciudades llevaban años resignadas a la rutina del miedo, a la displicencia de esperar, como si la costumbre de la amenaza las hubiera convertido en piezas estáticas de un tablero cuya partida nunca llegó a comprenderse. Nueve pisos bajo el suelo, Nora camina sobre el suelo pulido del corredor de ingreso. Un nombre cambiado, un propósito urgente.

Duración: 03:42

Cenizas de la Promesa
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La sirena no era más que un zumbido apagado en el fondo de lo cotidiano. De todas formas, nadie la escuchaba ya. Las ciudades llevaban años resignadas a la rutina del miedo, a la displicencia de esperar, como si la costumbre de la amenaza las hubiera convertido en piezas estáticas de un tablero cuya partida nunca llegó a comprenderse. Nueve pisos bajo el suelo, Nora camina sobre el suelo pulido del corredor de ingreso. Un nombre cambiado, un propósito urgente.

En la época de La Caída, la gente soñaba con reconstrucción. Ahora, soñaban con la anestesia. El Departamento de Regulación Emocional ofrecía esa paz. Bastaba una píldora bajo la lengua cada doce horas y la vida repetía su curso, sin vértigo, sin sobresaltos. Pero Nora recordaba antes, cuando escribir un poema cargaba sentido. Cuando el miedo no era sólo un dato reglamentario, sino una sacudida real, palpitante, imposible de ignorar.

La identificación biométrica la detiene. Presenta el iris, la palma. El vigilante, un joven con mirada vacía, asiente. “Nivel cuatro”. Camina hasta el ascensor. Dentro, se apoya contra la pared y cierra los ojos.

En la superficie, la atmósfera está opaca. Los monitores transmiten luz neutra. Las plantas han aprendido a no crecer demasiado, los pájaros, a esconderse. La autoridad, heterogéneamente dispersa, es invisible pero total. La transmisión de las 6 pm: “Recuerde su dosis. Sin emoción, sin error. Juntos hacia el porvenir.”

El ascensor se detiene. Piso nueve. Nora sale y las puertas se cierran tras ella como una sentencia suave. Camina hacia el laboratorio de Helios, donde la conversación y el desvelo aún sobreviven bajo códigos que cambian cada semana. Helios la espera, con el cabello desordenado y una sombra en el rostro.

—¿Trajiste las muestras? —pregunta en voz baja.

Nora asiente. De su chaqueta extrae tres pequeños frascos: sangre, sudor, lágrimas. El oro líquido de la resistencia.

—Esta vez será distinto —murmura Helios.

En una esquina, un grupo de cuerpos conectados a terminales reposa en silencio. Son experimentos fallidos, gentes que buscaron sentir y acabaron sin retorno. Nora aparta la mirada y piensa en el rumor de sus propios latidos.

Al fondo de la sala, un mural de palabras prohibidas: “libre”, “cuestionar”, “deseo”. Palabras que crecen como malas hierbas donde la luz de la autoridad nunca logra alcanzar.

Helios introduce las muestras en el receptor. Los datos aparecen en la pared, ondulando:

La dignidad en ppm. La tristeza codificada. El amor reducido a impulso.

Nora siente la náusea familiar, la pregunta: ¿vale la esperanza la punición de ser cazados? Sabe que sí. O finge saberlo.

Un monitor silba: hay anomalía en el circuito. Helios la mira con urgencia.

—Es ahora o nunca. ¿Estás lista?

Nora busca el significado profundo de estar lista en un mundo donde lo irreparable es rutina. Suspira. Camina hacia la consola, apoya la mano, permite que el sistema lea todo lo que puede arrebatar.

El pulso colectivo crece afuera: no lo saben, pero lo desean. El rumor de un cambio. Aunque todos aparenten indiferencia, la fractura interna se propaga como resina: primero dulce, luego imposible de extraer.

Las luces parpadean. Los monitores estallan en colores no autorizados. “Libre”, “cuestionar”, “deseo” titilan una vez, otra vez, luego se apagan. Faltan palabras, pero hay gritos mudos brotando entre las paredes. La alarma vuelve a sonar por encima del bajo zumbido. Finalmente, la escuchan.

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