Fragmento:
Marthe se despertó, como casi siempre, con los ojos secos y la mente en blanco. La alarma no había sonado. En realidad, había sido reemplazada años atrás por un suave zumbido que palpitaba directamente en su subcutis craneal. Ese impulso eléctrico, lo suficientemente intenso como para sobresaltarla, pero no tanto como para irritar. Se incorporó contemplando el techo, adornado con su única posesión personal: un panel blanco donde a veces, durante segundos, se colaban diminutas e inofensivas motas de polvo, recordándole aquel rumor lejano y casi olvidado de un pasado donde el sol existía sin mediaciones.
Duración: 04:47
El cielo de la ciudad nunca oscurecía del todo. Permanecía ahí arriba, con su pálida claridad de neón, como una membrana lechosa que a veces parecía palpitar, como si la misma atmósfera respirase la ansiedad de los ciudadanos. Bajo esa semiluz perenne, las estructuras ciclópeas de viviendas se encaramaban unas sobre otras en interminables niveles, como capas de antiguos pecados, cada una construida sobre el olvido de la anterior. Aquí no había calles verdaderas, ni plazas, ni parques: sólo corredores interminables y ascensores humeantes, que se alineaban en filas interminables para llevar a la gente de un compartimiento a otro, todos iguales.
Marthe se despertó, como casi siempre, con los ojos secos y la mente en blanco. La alarma no había sonado. En realidad, había sido reemplazada años atrás por un suave zumbido que palpitaba directamente en su subcutis craneal. Ese impulso eléctrico, lo suficientemente intenso como para sobresaltarla, pero no tanto como para irritar. Se incorporó contemplando el techo, adornado con su única posesión personal: un panel blanco donde a veces, durante segundos, se colaban diminutas e inofensivas motas de polvo, recordándole aquel rumor lejano y casi olvidado de un pasado donde el sol existía sin mediaciones.
La rutina no era impuesta abiertamente: el control era tan sutil que incluso la sensación de libertad era otro producto cuidadosamente manufacturado. Marthe formaba parte de una generación entrenada en la aceptación del monitoreo constante; cámaras de retina, sensores térmicos, tutoriales de conducta y algoritmos de persuasión sutil. A los cuarenta años, su reflejo apenas le recordaba quién era antes de que el Consejo de Supervisión introdujera la Regulación del Ánimo. Desde entonces, el temperamento de cada ciudadano era datificado, suavizado, corregido. Las emociones extremas fueron archivadas junto con palabras arcaicas como “privacidad” o “espontaneidad”.
Marthe, como el resto, desayunó su emulsión de nutrientes frente al “panel informativo”, donde el Tercero de los Moderadores, una figura translúcida de faz anodina, recordaba pacientemente a los habitantes la importancia del Consenso de Opinión. “Ser uno, ser todos”, rezaba el lema, reconfigurando su sintaxis cada semana para evitar el hastío. La verdadera disidencia, pensaba Marthe en los pocos minutos en que olvidaba reprimir ese impulso, ya no era ni posible ni imaginable.
Aquel día, sin embargo, hubo una anomalía. Al salir de su cubículo laboral, en el pasillo 146b, encontró una pequeña pluma roja en el suelo. Era imposible: hacía décadas que las aves estaban prohibidas; sus impredecibles vuelos habían sido señalados como amenaza biológica y psicológica. Durante segundos, la fascinación se apoderó de sus miembros. Esa materia, suave y cálida al tacto, desaceleró sus pensamientos. El pasillo, con sus luces insípidas de emergencia, pareció vacilar a su alrededor.
Marthe guardó la pluma en el bolsillo, y durante toda la jornada de revisión de datos — horas y horas verificando documentos para asegurar que el pensamiento colectivo no albergara desviaciones — sintió un latido secreto acompañándola, una especie de complicidad muda entre ella y ese minúsculo objeto prohibido.
La ciudad no era cruel: era eficiente. El castigo era el ostracismo emocional, la desconexión progresiva. Por eso, al volver a su habitación, arrepentida, Marthe quiso desprenderse de la pluma, pero no pudo hacerlo. Era como si una fuerza ancestral la convocara a recordar. La sostuvo en la palma de la mano y dejó que le picara la curiosidad casi olvidada de la infancia.
Esa noche, cuando apagó su panel y se sumió en el cuasi-sueño inducido por los circuitos, soñó — algo cada vez más raro desde la Regulación — con un vasto cielo, infinitamente azul, y una bandada de aves lanzándose hacia el abismo.
Por primera vez en décadas, despertó antes del zumbido y antes de los Moderadores. El simple hecho se sentía revolucionario, aunque sólo en la íntima región de su cerebro no sujeta todavía a las redes de detección. Acarició la pluma. Por unos segundos, se permitió pensar: si resisten las aves de la memoria, ¿podrá resistir algo más?
Nadie sabría jamás si Marthe llegó a rebelarse. Quizá sólo atesoró la pluma en un rincón de su habitación, como todos atesoraban alguna memoria involuntaria, frágil pero irrenunciable. Pero al día siguiente, miles de sensores registraron un sutil aumento en la sinapsis asociadas al asombro y la nostalgia.
Fue sólo una anomalía. Y, sin embargo, el Tercero de los Moderadores pareció parpadear un instante más de lo habitual antes de pronunciar el lema diario, como si dudara.
La pluma roja, desde la palma de Marthe, parecía flotar sobre la ciudad, una ciudad aún sin nombre, aún sin alas, pero con un rumor — leve, casi indetectable — de posible insurrección.
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