Fragmento:
Entre los condenados a la mímica estaba Avila, ex tenor de la Ópera del Tiempo Perdido. El reemplazo de la música verdadera por la representación muda había desgarrado su espíritu. La vida de Avila giraba entre dos realidades: de día asistía a los ensayos de la Ópera silenciosa, interpretando con labios apretados por un temblor de remordimiento, de noche recorría la ciudad vacía, su mente repitiendo incansable la única canción que aún podía oír: la del recuerdo.
Duración: 05:21
Nadie recordaba la última vez que alguien había escuchado un Do sostenido. Ni siquiera un sollozo humano rompía la vastedad del vacío. El Silencio, con mayúsculas, había caído sobre el mundo tras la Última Audición y, desde entonces, los hombres de la vieja ciudad transcurrían sus días como notas mudas, disipando la memoria de toda melodía. La Ópera Silente dominaba ahora los teatros, edificios ciclópeos edificados no ya para conmover, sino para contener el eco del tiempo muerto.
La Ópera era, en su esencia, la dictadura del Silencio: cada noche, las figuras ataviadas de terciopelo negro ingresaban al escenario en procesión solemne, simulando movimientos de canto, danza y tragedia. El público, envuelto en túnicas iguales, observaba sin pestañear, atónitos ante la coreografía de lo que alguna vez fue llamado arte. Pleamares y bajamares de expresividad se sucedían sin que jamás vibrara el aire. Si alguna vez un émulo de cantante esbozaba un suspiro audible, el Guardián del Sonido lo tomaba de la mano y lo guiaba hacia el Túnel Infinito.
Este Túnel, que se extendía por kilómetros bajo la ciudad, era una línea recta hacia nadie sabía dónde. Su entrada quedaba oculta tras la cuarta cortina, al final del escenario, protegida por esculturas de bocas selladas. Allí descendían los osados, los que desobedecían la regla férrea del mutismo, los que, voluntaria o involuntariamente, dejaban escapar el aullido de una antigua melodía. La leyenda enmudecida murmuraba que en algún lugar de su entraña, el Túnel separaba a quienes aún recordaban acordes humanos, pero nadie regresaba para confirmarlo.
Entre los condenados a la mímica estaba Avila, ex tenor de la Ópera del Tiempo Perdido. El reemplazo de la música verdadera por la representación muda había desgarrado su espíritu. La vida de Avila giraba entre dos realidades: de día asistía a los ensayos de la Ópera silenciosa, interpretando con labios apretados por un temblor de remordimiento, de noche recorría la ciudad vacía, su mente repitiendo incansable la única canción que aún podía oír: la del recuerdo.
Avila ansiaba cruzar el umbral del Túnel Infinito, pero no por castigo, sino para hallar el corazón del Silencio. Creía a pie juntillas en una rebelión: si hallaba el centro del túnel, la clave para liberar el sonido al mundo quizá yacía oculta allí, suspendida entre ecos petrificados.
Un atardecer, cuando la infame representación rozaba el clímax de la tragedia muda, Avila cometió la herejía: exhaló un gemido apenas perceptible, la sílaba inicial del aria prohibida, "Lucevan...". El Guardián no vaciló. En la penumbra del escenario, lo tomó y lo condujo sin palabras. Los espectadores, férreos centinelas de lo invisible, aprobaron la sentencia con un giro unánime de la cabeza.
Así penetró Avila en el Túnel Infinito, pronto engullido por el aire denso y pesado, cargado de la historia de todos los sonidos clausurados. Marchó a ciegas, guiado únicamente por el compás interno de su corazón, que latía como un acostumbrado motivo musical. A medida que avanzaba, notó con horror y fascinación que el pasaje transmitía un rumor sordo en sus huesos: una vibración muy antigua, anterior al lenguaje, anterior incluso a las canciones.
El trayecto era curvo y sin fin. Por momentos, le pareció escuchar pasos a su alrededor; supuso que eran todos los exiliados antes que él, los cuales vagaban eternamente, prisioneros de una sinfonía ausente. A ratos, las paredes del túnel vibraban como la caja de un instrumento desconocido, y Avila sentía que solo le bastaría un susurro para hacer estallar otra vez la música en el mundo. Pero la mordaza invisible del miedo pesaba sobre su lengua.
Perdió la cuenta de los días o años. No sabía si caminaba en círculos o descendía, si el túnel era metáfora o trampa concreta. Hasta que al fondo vislumbró una gruta iluminada por un resplandor etéreo. Se acercó, sobrecogido: allí, centenares de seres, hombres y mujeres, yacían sentados o de pie, inmóviles, en la postura de una nota suspendida. Cada uno mantenía la boca entreabierta, pero ningún sonido escapaba de esos labios: toda música quedaba encapsulada en la inercia.
Avila comprendió: la Ópera del Silencio había triunfado más allá del escenario. Aquella sociedad subterránea era el último vestigio de humanidad sonora, incapaz incluso de recordar las sílabas de la belleza.
Pero Avila era distinto. Nadie impidió que, con desesperación, intentara una última vez entonar su aria. Inspiró hondo y, creyéndose solo, lanzó al aire la segunda sílaba: “...le stelle.” No hubo eco, ni respuesta. Solo el reflejo, en los ojos apagados de los otros, del miedo compartido.
El Túnel se llenó entonces de un silencio más denso, casi líquido. Y Avila supo que la ópera que se representaba en su civilización, sobre y bajo tierra, no era ya un arte, sino la consumación perpetua de la renuncia.
Quedó allí, convertido en piedra, como otro más en la galería de sombra. Sin saber si afuera, arriba, aún existía alguien capaz de imaginar, al menos en sueños, el color de una nota.
Así, en la ciudad del Silencio, la farsa seguía, noche tras noche, mientras, bajo tierra, los ecos nunca nacerían.
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