Fragmento:
Ella recordó la voz de su abuela: “En el umbral se esconden las historias”, le decía mientras le enseñaba a tejer nudos en el dobladillo de las cortinas. “Lo importante no es el relato, sino el nudo que deja tras la lengua.” Eva no comprendió eso hasta hoy, hasta que sintió el peso ilegítimo del papel y la presión palpitante de la ciudad detrás.
Duración: 03:51
A veces, Eva se preguntaba cómo sonaban las campanas. Decían que muchos años atrás, antes del Gran Silencio, el aire vibraba con su llamado metálico, y que la gente escuchaba para saber cuándo despertar, cuándo rezar, cuándo morir. Ahora, en La Ciudad, nadie sabía cómo suena nada; toda vibración fue prohibida, y hasta los grillos temían cantar.
Eva vivía al borde, cerca del muro de neblina que separaba el centro de La Ciudad de la periferia. Allí las cosas eran más tenues, y los controles menos estrictos salvo cuando se aproximaba la ronda de los Observadores: hombres envueltos en capas plomizas, con rostros blanqueados y las bocas ocultas tras mascarillas sin costuras. Nadie recordaba cómo eran sus voces originales, solo ese susurro de papel rasgado y el eco helado de órdenes incuestionables.
Esta noche, Eva tenía una carta entre los dedos. Era un pequeño secreto, una prueba física de que otra vida existía o al menos persistía en los zócalos subterráneos. La carta estaba sellada con un pedazo de flor seca, irreconocible salvo por su color violeta, persistente como un rezo. Estaba dirigida a “usted”, sin nombre ni dirección, sólo la esperanza de que alguien la leyera.
Ella recordó la voz de su abuela: “En el umbral se esconden las historias”, le decía mientras le enseñaba a tejer nudos en el dobladillo de las cortinas. “Lo importante no es el relato, sino el nudo que deja tras la lengua.” Eva no comprendió eso hasta hoy, hasta que sintió el peso ilegítimo del papel y la presión palpitante de la ciudad detrás.
Al otro lado del muro de neblina, la periferia rugía con rumores: mercados de sombra donde se traficaban insectos cantores, alfileres de colores y hojas de papel. Dicen que allí, con la llegada del crepúsculo, algunos gritaban canciones prohibidas, los llamados remanentes, y que el eco viajaba entre los ladrillos como un animal herido.
Eva puso la carta bajo su almohada, sintiendo su calor impertinente. Durmió con un ojo abierto, recorriendo en sueños las calles adoquinadas donde el silencio era ley y el olvido bendición. La casa murmuraba a veces por las noches; la madera vieja crujía, y en esos sonidos Eva creía oír el latido mudo de una vida ajena.
Por la mañana, al mirar por la cortina con sus nudos, vio acercarse a los Observadores. Llevaban su instrumento favorito: la campana de aire, un tubo hueco que al agitarlo devoraba cualquier intento de vibración. Hoy, buscaban rastros de papel, fragmentos de textos, grafías ilegales. El rumor de una carta era más peligroso que un arma; era semilla de insurrección.
Eva fingió orar, como si aún quedaran dioses dispuestos a escuchar, y escondió sus manos bajo la sábana áspera. Los Observadores husmearon por toda la casa, olisqueando las esquinas como perros. Uno de ellos se detuvo frente a su cama. Eva sostuvo su mirada, o lo que quedaba de ojos tras la máscara; sintió el vacilante temblor de una pregunta no formulada. Al final, apartó su atención, tal vez cansado, tal vez compasivo, y siguieron su ronda de vacío y resignación.
Cuando partieron, Eva dejó reposar la carta sobre la mesa, y la leyó en voz alta, solo con los labios, sin emitir sonido. La carta decía: “Las flores han vuelto. El agua canta por la noche, y algunos escuchan. Si cruzas el muro de neblina antes de que la luna se esconda, hay un jardín esperando.”
Eva cerró los ojos, imaginando ese milagro: agua que canta, flores que brotan más allá de la violencia que el silencio impone. Por primera vez en años, la idea de atravesar el umbral no le pareció castigo sino promesa. Hizo un nudo en una cortina, lo más apretado posible, y se envolvió en una manta, pensando que, con suerte, mañana amanecería con los pies en la hierba y el oído lleno de campanas.
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