Fragmento:
En el despacho de la Agencia de Mejoras Sociales, los expedientes se apilaban como capas geológicas. El edificio era un cubo translúcido, y las paredes vibraban a veces con la resonancia de las grabaciones de las últimas "Confesiones voluntarias". Nada era voluntario, pero la palabra tenía una textura tibia en la boca, y la mayoría prefería no masticarla demasiado. Karin, desde su escritorio en la esquina, se preguntaba siempre si alguien había sentido realmente la urgencia del arrebato: confesar algo, lo que fuera, para sentir de nuevo que podía elegir. La mayor parte solo confesaba olvidos triviales, desobediencias menores, y siempre había un perdón automático, una sonrisa grabada en los labios del supervisor.
Duración: 06:29
La niebla caía temprano en la mañana. Cubría las vastas avenidas rectas de la ciudad, ahora poco más que tallas fantasmales bajo un cielo amarillo. Karin caminaba en silencio, evitando las cámaras que zumbaban suavemente en los postes. Había una cámara cada veintitrés pasos, según los rumores, aunque a ella le parecía que había olvidado contar el ritmo de las obsesiones: veintitrés, veintitrés, veintitrés, como si decirlo bajo la respiración conjurara un escudo contra la vigilancia.
Los relojes no marcaban la hora en la ciudad. El tiempo, oficialmente, había sido abolido —por el bien de la eficiencia y la felicidad. Pero cada cual encontraba sus propias formas de medir los días. Karin lo hacía por las caídas de ceniza en el alféizar, otro por la cadencia de los drones de reparto, y otros, por la presión de la soledad. Pero todos sabían, en el pulso inarticulado de sus huesos, que el tiempo corría igual que antes, lento y cruel.
En el despacho de la Agencia de Mejoras Sociales, los expedientes se apilaban como capas geológicas. El edificio era un cubo translúcido, y las paredes vibraban a veces con la resonancia de las grabaciones de las últimas "Confesiones voluntarias". Nada era voluntario, pero la palabra tenía una textura tibia en la boca, y la mayoría prefería no masticarla demasiado. Karin, desde su escritorio en la esquina, se preguntaba siempre si alguien había sentido realmente la urgencia del arrebato: confesar algo, lo que fuera, para sentir de nuevo que podía elegir. La mayor parte solo confesaba olvidos triviales, desobediencias menores, y siempre había un perdón automático, una sonrisa grabada en los labios del supervisor.
"La ciudad está cansada", pensaba Karin, cuando se atrevía a tener pensamientos propios. Cansada de los anuncios parlantes que prometían un mañana mejor mientras los niños eran educados a no mirar nunca a los ojos de nadie durante más de tres segundos. Cansada de la comida empaquetada idéntica, del color azul artificial de las fuentes, y del ritual de la reunión semanal, que ocurría sin voz, solo mediante gestos repetidos aprendidos desde la infancia. Nadie se acercaba demasiado a nadie: la distancia era un mandato invisible, una doctrina no escrita para que la seguridad se mantuviera intacta.
Los sueños de Karin estaban poblados de árboles. Árboles enormes, con ramas rendidas de peso, hojas igual que espejos. Pero en la vida real solo quedaban los huertos verticales, que olían a plástico húmedo y a desinfectante. Decían que en los archivos sagrados estaba registrada una época en la que los bosques crecían en la superficie, pero la verdad era que solo las máquinas recordaban con precisión. La memoria humana, con sus fracturas y relieves, era menos confiable y más peligrosa.
Mikel fue su tarea del mes. Cada empleado tenía una cuota de seguimiento, y a ella le asignaron a ese hombre delgado que vendía alfombras recicladas. "No tiene antecedentes", le dijeron; "pero su conducta es errática". Karin encontró en él rasgos apreciablemente ajenos: hablaba con sus manos, miraba a los ojos —demasiado— y hacía preguntas raras sobre libros inexistentes. Llegó a percibir en él, con una mezcla de temor y ternura, la esencia de una subversión que no necesitaba palabras.
En sus breves encuentros de vigilancia disimulada, Mikel le narró, casi sin querer, fragmentos de un pasado que nunca fue suyo. Había una abuela y una casa con jardín y un perro blanco y gordo. Había tazas de porcelana con grietas y conversaciones a la sombra de un olmo. Todo eso eran ficciones, le recordaba una voz interna, pero ella se vio arrancando imágenes de ese inventario ajeno y haciéndolo propio. "¿Nunca te preguntas", dijo una tarde Mikel, "si lo que sueñas es una llamada o un aviso?". Ella miró la cámara girando hacia ellos y no supo responder.
Los meses pasaron y el expediente de Mikel comenzó a engordar de modo sospechoso. Lo llamaron al Cubo. Nadie salía igual después de entrar, aunque poco podían decir al respecto, porque el recuerdo de la experiencia se desvanecía tras las luces brillantes y las voces metálicas. Pero Karin esperó en la entrada el día en que lo soltaron, y él la miró largo, con ojos vacíos en su profundidad y siguió caminando, la espalda encorvada como si cargara todas sus historias rotas en una mochila invisible.
Una noche, cuando la niebla era más densa que nunca y los plásticos del huerto vertical goteaban una música sin melodía, Karin se deslizó hacia la residencia de Mikel. No por deber, sino por una necesidad dolorosa de saber si algo suyo había sobrevivido al Cubo. Lo encontró mirando una pared desnuda, las manos sobre las rodillas, sin lágrimas pero tampoco palabras. Ella se sentó a su lado, sin hablar, con la angustia de quien teme contaminar un vacío perfecto.
Karin nunca supo exactamente cuándo empezó a escribir. Lo hacía en fragmentos minúsculos, en envoltorios de comida, en un alfeizar polvoriento, usando su propio aliento para borrar cada rastro apenas lo fijaba. Escribía sobre un río, sobre un árbol, sobre encuentros furtivos bajo la lluvia, sobre la certidumbre de que la vida, aun en la repetición gris, podía traer fracturas de belleza inesperada. Pero cada vez que terminaba un fragmento, lo arrancaba y lo soltaba por la ventana, confiando a la niebla la memoria de las cosas perdidas.
Una mañana, la ciudad se detuvo. Las cámaras parpadearon y dejaron de girar. La ceniza no cayó; el silencio fue absoluto, pesado, mineral. Karin bajó a la calle. No había nadie, ni drones, ni anuncios, ni pasos. Caminó, primero con timidez, luego con creciente desesperación, hasta el parque central, donde nunca quedaba nadie. Allí, bajo un cielo que parecía más bajo que nunca, vio a otras figuras: gente con los ojos enrojecidos y el gesto perplejo, torpes en la libertad súbita.
Cuando comenzó a llover, los fragmentos de papel —palabras sueltas, dibujos torpes, recuerdos robados— que la niebla había recogido empezaron a posarse en las manos de quienes estaban en el parque. Karin miró uno, lo leyó, y supo, sin saber cómo, que en la distorsión de la vigilancia y la soledad, algo humano persistía. No la esperanza, que era un lujo, sino el pequeño relámpago de la memoria compartida, incómoda y viva. Nadie habló. Pero todos, por un instante, respiraron con el mismo ritmo, y supieron que debajo de la ceniza, algo aguardaba el momento propicio para brotar.
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