Fragmento:
Marina era una excepción. Nadie recuerda su apellido —borrado, como manda la costumbre— pero su nombre flotaba entre nosotros como un perfume ilícito. Se sentaba en el extremo de la cantina y lucía siempre ese brillo peculiar en los ojos, como si adivinara chispazos de felicidad aún en la penumbra. Había algo deliberado en su andar, en la manera en que apilaba las bandejas o doblaba las servilletas, casi como si ejecutara una danza invisible.
Duración: 05:42
Recuerdo bien el día en que los espejos fueron prohibidos. En aquel entonces las razones parecieron sensatas: decían que la imagen reflejada sembraba disconformidad, creaba apetitos de comparación, y —lo más peligroso— fomentaba la rebelión silenciosa del yo. Se nos dijo, a través de altavoces públicos y panfletos en los supermercados, que la uniformidad era el único albergue seguro en la tormenta de los tiempos. La mayoría aceptó. No por convicción, sino por cansancio; resultaba más cómodo dejar de mirar que buscar el reflejo de contradicciones inconfesables.
En los primeros meses tras el decreto, hubo redadas silenciosas. Escuadras de inspectores, vestidos con chaquetas oscuras y rostros cubiertos de mascarillas, recorrían los pasillos grises de las viviendas colectivas. Cuando tocaban tu puerta, bastaba el eco de sus nudillos para helarte el estómago. Entraban en silencio, recorrían la casa con linternas y, si encontraban un espejo —o cualquier superficie pulida: cucharas, botellas, fragmentos de cristal— lo introducían meticulosamente en bolsas negras, sin dirigirte la palabra. Nadie supo nunca a dónde llevaban esos fragmentos robados. Algunos decían que se trituraban y reciclaban para construir suerte de bloques opacos, utilizados después en la fortificación de los edificios estatales. Otros, más supersticiosos, especulaban con la existencia de una enorme cámara subterránea llena de pedazos de memoria visual, donde los altos cargos acudían a contemplar, una vez al año, su propio rostro.
La vida, sin embargo, continuó. El trabajo se limitaba a monótonos informes sobre la producción de detergentes, estructuras industriales carentes de ventanas y, en las horas libres, la Sociedad nos ofrecía entretenimiento cuidadosamente filtrado: películas sin protagonistas, novelas corales y cuadros abstractos que no permitían reconocimiento alguno. En la radio, voces impasibles nos recitaban las cifras del día y recomendaciones para mantener la compostura. El objetivo era claro: matar el impulso de la diferencia, disolver el “yo” en el “nosotros” como azúcar en un café frío.
Marina era una excepción. Nadie recuerda su apellido —borrado, como manda la costumbre— pero su nombre flotaba entre nosotros como un perfume ilícito. Se sentaba en el extremo de la cantina y lucía siempre ese brillo peculiar en los ojos, como si adivinara chispazos de felicidad aún en la penumbra. Había algo deliberado en su andar, en la manera en que apilaba las bandejas o doblaba las servilletas, casi como si ejecutara una danza invisible.
Fue ella quien comenzó a hablar, en susurros, de la existencia de los “pulidores”. Eran hombres y mujeres que desobedecían el mandato no por desafío, sino por nostalgia; pulían las superficies de las mesas con sus propias camisas y, al regresar de cada turno, arriesgaban breves instantes para inclinarse sobre ellas y buscar el destello huidizo de sus rasgos. Cada destello era una batalla ganada en secreto. De Marina aprendí el arte de mirar sin ser visto, de buscar la sombra entre reflejos y la luz en las grietas. Un día, ella me enseñó su tesoro más preciado: una cucharilla de café, oculta en la instalación del sistema de calefacción de su cuarto.
Los encuentros clandestinos se multiplicaron. Éramos seis al principio, luego trece, luego incontables. En sótanos húmedos e inodoros saqueados de personalidad, nos turnábamos para contemplar la cucharilla. La pasábamos de mano en mano, procurando apenas rozar su superficie bruñida que, a la luz mortecina de una bombilla vieja, recortaba nuestras facciones más íntimas. Algunos lloraban al verse, otros reían; la mayoría simplemente callaba y apretaba los labios, como temerosos de que la identidad fuera un crimen sólo por existir.
Sabíamos que la clandestinidad era letal. Se rumoreaba que los Represores —hombres entrenados para cazar transgresores— disponían de hilos invisibles en todos los barrios. Bastaba una delación, una palabra susurrada fuera de lugar, para que una familia entera desapareciera. Aun así, el riesgo se convirtió en adicción. Nos alimentaba.
El destino se selló la noche en que organizamos la “Ceremonia del Rastro”. Era simple: cada uno de nosotros debía dibujar, con una barra de jabón, el contorno de su propio rostro en la pared del sótano. Dicen que las paredes guardan memoria y que, incluso cuando se lavan y borran, persiste en las grietas la sombra de lo vivido. Aquella noche hubo algo solemne y feroz en nosotros. Igual que aquel que enciende un fuego en la última caverna tras la tormenta, grabamos nuestros rostros con manos temblorosas, sin hablar.
No llegó a amanecer. Antes del alba, la puerta saltó en astillas y los Represores cayeron sobre el grupo como perros hambrientos. Marina fue la última en ser sacada; no opuso resistencia, pero su mirada ardía como una pequeña antorcha destinada a no apagarse nunca. Jamás la volvimos a ver.
En las semanas siguientes, el miedo se hizo norma, pero en el fondo de los sótanos seguía persistiendo un hedor a jabón y a recuerdos no arrancados. Descubrí que, cuando la luz incidía con cierto ángulo, el contorno de los rostros aparecía un instante en la pared, como testigos mudos de una época en la que el “yo” había osado desafiar al olvido.
Ahora, cuando camino por las avenidas vacías de la ciudad, evito los charcos —las autoridades advierten que podrían contener reflejos— pero en ocasiones mis pasos vacilan y, furtivo, me inclino a mirar. Nunca sé si el rostro que asoma es el mío o el de Marina, multiplicado por los recuerdos obstinados de los que no quisieron desaparecer.
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