En la ciudad de Kersh, donde el tiempo no era una flecha sino una cinta gris interminable, la madrugada nunca llegaba completa, y las sombras eran tan densas como el silencio de los que miraban por la ventana esperando una señal. Tessa abrió los ojos, aunque hacía horas que los tenía abiertos. No era poco común soñar con estar despierta: era de hecho más común que dormir de verdad. Las cápsulas donde la población debía recluirse por turnos —dicen, por salud pública tras la última Gran Reducción— no ofrecían más privacidad que un ataúd compartido, y muy poco más de esperanza.
Un zumbido corto le indicó que su ciclo había terminado. La luz azulada parpadeó sobre su frente y una voz, cálida en el tono pero autómata en la cadencia, pronunció su número: “Residente 9472, acceso temporal autorizado al sector 3B. Desplácese conforme a la regulación vigente. Gracias por su cumplimiento.” Tessa se incorporó sintiendo el peso invisible de lo que todos en Kersh llamaban “el manto”, una sensación de opresión aprendida; la conciencia de que al otro lado de cualquier puerta podía haber alguien observando, evaluando.
El corredor olía a ozono y sudor antiguo. Iba pasando puertas cerradas, todas idénticas, salvo los dígitos verdes titilando arriba, marcando los minutos que restaban para cada nuevo habitante. El ruido de sus pasos era el único síntoma de vida, hasta que emergió de uno de los cubículos una figura pequeña, apenas un adolescente, con la mirada clavada al suelo y los hombros tan hundidos que parecía un anciano de mil años. Nadie cruzaba miradas, nadie saludaba. Eran sólo sombras prolongando la vigilia.
El sector 3B era uno de los últimos espacios con luz ambiental. Kersh ahorraba energía como una deidad cruel que exigía sacrificios diarios; las zonas restringidas parecían sumidas en un crepúsculo sin fin, y en los espacios permitidos la luz parpadeaba, nunca fija del todo. Tessa caminó hasta el extremo, donde la cafetería automática servía una pasta neutra de la que intentó extraer alguna textura diferente, sin éxito. Mientras masticaba, oyó a sus espaldas el ligero aleteo de alguien acercándose.
“9472. Has venido temprano”, susurró una voz. Tessa no giró de inmediato. Sólo había un puñado de razones para ser llamado por el número real —y todas ellas significaban problemas. Se volvió sólo lo suficiente para ver al hombre, envuelto en un abrigo anticuado, la cara afilada y ojos de un azul diluido casi inhumano.
“¿Me conoce?” preguntó, bajando el tono.
“No como debería. Pero hay cosas que está a punto de recordar. No aquí. Sígame.”
Los dos cruzaron, silenciosos, hacia los pasillos de mantenimiento donde las cámaras parpadeaban y a veces, por error o por piedad, se cegaban durante segundos, el único momento en el que los residentes sentían una pizca de libertad. El hombre caminaba con la seguridad de quien ha recorrido esos corredores muchas veces, deteniéndose sólo cuando llegaron al final, ante una puerta normal salvo por una grieta casi invisible en el marco.
“¿Por qué…?” murmuró Tessa.
“Porque recordar es peligroso, y más aún intentarlo con compañía. Pero aquí nadie escucha todavía. ¿Sabe por qué realmente despertamos en intervalos? ¿Por qué nunca hay suficiente espacio ni suficiente sueño para todos?”
Tessa pensó en las historias que circulaban cuando era niña. El aire era venenoso. El sol, mortal. Los animales extintos, las bacterias mutadas y todo lo demás se resumía en: 'afuera es peor'. Pero siempre había soñado con que el afuera, incluso con todo su peligro, era menos opresivo que el dentro.
“No es sólo por la contaminación”, continuó el hombre. “Es porque están borrando. No solo días. Personas, recuerdos, lenguas, revoluciones enteras. Cada vez que dormimos, algo se va; algo se nos saca y nunca lo notamos del todo. Excepto por quienes tienen un defecto, una grieta en la memoria, como esta puerta. Yo recuerdo cosas que no están en ningún registro. Y tú, 9472, vas a empezar a hacerlo también”.
El manto de Tessa pesaba más de repente, pero bajo ese peso se agitó una parte suya casi extinguida: el ansia de saber. “¿Por qué yo?”
El hombre metió la mano en la grieta de la puerta y extrajo una tableta diminuta con una pantalla centelleante. “Porque fuiste parte de la primera Reducción. Eres anterior a la mayoría de los que viven aquí. Hubo un motín, ¿lo recuerdas? No, claro que no. Pero tu mente es un depósito sellado. Solo hace falta reactivar la cerradura.”
Se la dio. En cuanto la tocó, una descarga recorrió sus dedos y, durante un instante, los pasillos de Kersh se disiparon como una niebla, y la memoria —o el eco de una— emergió: el estrépito de multitudes, palabras que escapaban como aves, rabia y esperanza mezcladas bajo un cielo desgarrado de drones y humo.
Parpadeó y volvió al presente. El hombre sostenía su mirada como si temiera que se disolviera. “¿Lo sentiste? Eso es lo que protegen aquí. O mejor dicho, eso es lo que temen.”
El regreso a su cápsula nunca le pareció tan frío, ni el ciclo de sueño tan cruel. Porque ahora sabía lo que se robaba cada vez que la ciudad la obligaba a dormir: no solo horas, sino posibilidades. Sueños. Revueltas. Futuro.
Cuando la luz azul parpadeó de nuevo, Tessa ya no temblaba. Justo antes de dejarse vencer por la niebla obligatoria, escondió la tableta diminuta bajo la funda de su delgada almohada. Porque había recordado que la memoria era una forma de resistencia, y solo aquellos dispuestos a hurgar en las grietas del olvido podían encontrar el camino hacia otro tipo de amanecer.
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