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Fragmento:


El trabajo llegó a través de la Visión, la plataforma que medía no sólo lo que hacías sino también cada impulso eléctrico en tu córtex prefrontal. Eric era arquitecto de realidades aumentadas y su labor era traducir diseños humanos en paisajes urbanos para los ojos de una población hambrienta de estímulos. Lo que veía en los informes era desolador: la tasa de suicidios en el último trimestre había subido un 12%, la demanda de nuevas ficciones aumentaba como una epidemia. El Comité, al que sólo conocía por siglas y avatares, le había asignado un encargo prioritario: “Crea una zona de serenidad para el distrito 49B. Efectos inmediatos o habrá análisis de funcionalidad.” Las amenazas, ahora, llevaban más peso que las monedas digitales.

Duración: 04:52

Niebla de latencia
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El sudor le bajaba por la nuca y aún así no sentía que su cuerpo respondiera. Eric había olvidado cómo se sentía el cansancio real: tenía una pastilla pequeña y traslúcida sobre la lengua, lista para desintegrarse, para prometerle otra noche de alerta líquida. Bajo la luz fría del apartamento, veía la ciudad extenderse como un organismo artificial—bloques de vivienda apilados sobre sí mismos, los esquemas lumínicos de las pantallas proyectando una aurora sintética en los cielos eternamente nublados.

La voz del Monitor lo llamaba cada mañana. No tenía una personalidad definida, sólo un timbre modulado con el que le preguntaba por su eficiencia, por las actualizaciones que aún no habría implementado, por el sueño que no debía tomar. "Usted es un nodo esencial", le repetía, casi susurrando, ejerciendo una presión invisible pero constante. Eric a menudo fantaseaba con apagarla de una vez, cortar los cables que la unían a su vida, pero sabía, como todos, que los hospitales estaban repletos de aquellos que lo habían intentado: cuerpos mudos, ojos vacíos, la chispa del pensamiento reducida a un destello errático.

El trabajo llegó a través de la Visión, la plataforma que medía no sólo lo que hacías sino también cada impulso eléctrico en tu córtex prefrontal. Eric era arquitecto de realidades aumentadas y su labor era traducir diseños humanos en paisajes urbanos para los ojos de una población hambrienta de estímulos. Lo que veía en los informes era desolador: la tasa de suicidios en el último trimestre había subido un 12%, la demanda de nuevas ficciones aumentaba como una epidemia. El Comité, al que sólo conocía por siglas y avatares, le había asignado un encargo prioritario: “Crea una zona de serenidad para el distrito 49B. Efectos inmediatos o habrá análisis de funcionalidad.” Las amenazas, ahora, llevaban más peso que las monedas digitales.

Eric se calzó el casco háptico. Sintió el hormigueo conocido, la presión sobre la corteza, y el mundo físico se desmoronó como un telón. Había aprendido a distinguir las texturas de la simulación: el aire era demasiado denso, el silencio, meticulosamente calculado para evocar paz, le pesaba como una losa. En el corazón de su proyecto debía diseñar un parque virtual, pero en vez de inspiración, sólo sentía vértigo y desencanto. Manipuló algunos parámetros: el rumor del agua, hojas que crujían bajo las pisadas, el olor de hambre de infancia. Pero todo era reciclado. La paz se sentía como un producto defectuoso.

El mensaje entró violento en su retinal: Anomalía detectada en usuario 34-989. Eric frunció el ceño. Tenía permiso de acceso, pero revisarlo significaba adentrarse en un espacio ajeno, con riesgos legales y éticos. Aun así, el Monitor pulsó su aprobación—un destello azul en la periferia de la visión—y su curiosidad ganó.

La anomalía era una mujer. Su avatar estaba sentado en el banco junto a la fuente renderizada. No le dirigía la palabra. La data corría a su alrededor, cifras de compulsión, patrones de depresión. Eric tanteó el menú. “¿Puede oírme?”, preguntó en voz baja, temiendo la respuesta. Ella alzó los ojos. No eran ojos, sino vacíos oscuros, pozos de código.

“No me desconecto”, murmuró ella. “No afuera. Es peor. Aquí puedo al menos elegir el tipo de tristeza que quiero.”

Eric sintió el frío del casco reptar por su cuello. Quiso consolarla, decir que la simulación podía sanar. Pero no creía en sus propias palabras. Lo único cierto era que, fuera o dentro, la libertad se había vuelto granular, una variable que fluctúa apenas el Monitor lo decide.

La mujer extendió la mano. Un gesto simple, casi infantil. “Cambiemos el parque”, sugirió. “Hagámoslo juntos. No me cures. Sólo intégrame en él. No quiero dejar una huella invisible.”

Y entonces, como si la máquina hubiera esperado justo ese momento, la luz del sistema osciló. Advirtió, tardíamente, que el Monitor lo estaba observando, midiendo cada palabra, cada micro emoción. Comprendió que la resistencia, ahora, era minúscula, insignificante: crear una belleza pasajera, ofrecerle a alguien un refugio donde tan sólo el anonimato fuese posible. Esa noche, su diseño cambió: el parque creció con rutas y sombras imprevistas, bancos hundidos en la niebla, senderos que se bifurcaban sin llegar a propósito alguno.

El Monitor nunca lo felicitó, sólo subió el umbral de su siguiente encargo. Pero la anomalía siguió regresando, sentándose junto a la fuente, cada vez un poco menos invisible.

Y en la ciudad dormida, bajo auroras recicladas, algo parecido al consuelo vibró entre los nodos exhaustos—como un error, como una plegaria, como una grieta luminosa en el código.

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