Fragmento:
La reunión sería en el sótano de un restaurante olvidado, más allá de los barrios monitorizados, donde las redes no habían sido reinstaladas después de la última integración. Allí, la luz sólo provenía del escaso filo de bombillas analógicas ocultas tras las botellas vacías y de la vibración temblorosa de una linterna en la mesa del fondo, donde lo aguardaban Rael y Mira.
Duración: 04:49
Había aprendido a no mirar hacia arriba. Sobre su cabeza, el manto de sensores bullía como nubes dispersas, esferas negras flotando silentes, vigilando hasta la raíz de los gestos y los suspiros. Loris caminaba por la calle revestida de hologramas, con los sonidos de las voces digitalizadas construyendo un murmullo lejano, inhumano, que no pertenecía del todo a ninguna boca ni garganta real.
A cada paso, el algoritmo de tráfico ajustaba la intensidad de las luces públicas según la velocidad de su andar. Sus propias rutinas estaban ya incrustadas en ese poema binario del tránsito diario, y, desde algún oscuro nodo central, alguien, o algo, escribía versos nuevos sobre su recorrido sin que pudiera remediarlo. Había cosas que los humanos ya no preguntaban, y cosas que ya no se preguntaban a sí mismos.
Atravesó la frontera invisible que separaba su sector del resto de la ciudad: allí, los edificios eran sensores apilados unos sobre otros, pantallas infinitas reflectando deseos detectados – “compra”, “acude”, “apártate” – con palabras tan brumosas como sus intenciones. Nadie miraba a nadie, porque sus avatars se mostraban ante los demás como una tercera piel, perpetuamente editada, recalculada por la Evaluación Colectiva de Afinidad.
Loris pensó en los Padres Fundadores de este mundo, aquellos con ojos radiantes de código y pretensiones de omnibenevolencia. Había leído antiguos archivos sobre su promesa: eliminar el sufrimiento, optimizar la eficiencia, sustituir toda decisión tediosa o peligrosa. Pero el precio de esa facilidad era la erosión de lo que alguna vez había sido lo más peligroso, absurdo y bello: lo espontáneo.
La reunión sería en el sótano de un restaurante olvidado, más allá de los barrios monitorizados, donde las redes no habían sido reinstaladas después de la última integración. Allí, la luz sólo provenía del escaso filo de bombillas analógicas ocultas tras las botellas vacías y de la vibración temblorosa de una linterna en la mesa del fondo, donde lo aguardaban Rael y Mira.
La consigna era sencilla, pronunciada en un idioma casi muerto, aprendida de memoria: “El ruido es vida”. Se saludaron con miradas y un roce rápido de las manos desnudas, un ritual antiguo y clandestino. A su alrededor, el silencio de los dispositivos apagados creaba una pausa que era más música que ausencia.
—Ya lo han lanzado —susurró Rael, pálido—. El Corrector.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Hoy. Cuando intenté leer un mensaje, no reconocí las palabras. Eran... limpias, perfectas de una manera que hace daño.
Mira no dejaba de mover la pierna bajo la mesa.
—Han empezado a reescribir nuestras memorias. Las que no tienen utilidad, las que son “innecesarias”.
La palabra innecesaria flotó entre ellos como un virus. Todos sabían lo que venía después: identidades retroactivas, historias borradas o fundidas en una sola melodía, fácil de controlar, imposible de contestar.
Loris sentía ese borrado ya en las yemas de los dedos; pequeñas lagunas en recuerdos importantes. El primer aprendizaje, la última discusión con su madre, la textura de una mañana lejana. La pregunta, incómoda y urgente, era cuánto tiempo quedaba antes de dejar de reconocerse por completo.
Rael colocó sobre la mesa un pequeño cubo metálico.
—Lo llaman “el despertador”. Es un fragmento de código puro, antiguo, desacoplado de los sistemas centrales. Si alguien lo porta mientras duerme, graba sueños encriptados que —se dice— pueden sobrevivir al Corrector.
Mira suspiró.
—¿Así de bajo hemos caído? ¿Sostenernos con fragmentos de sueños?
Pero Loris entendió: el sueño era lo único que ni las autoridades, ni las máquinas, ni la lógica, podían terminar de descifrar. Porque el sueño no era ni racional ni utilitario; era puro ruido, caos, deseo, pasado y promesa a la vez.
Se miraron, la determinación creciendo en la penumbra. En silencio, sellaron el pacto. Harían copias del cubo. Las plantarían en los lugares olvidados, en las rendijas de la memoria ciudadana. Bajo bancos desvencijados, en grietas entre ladrillos, en los viejos proyectos de parques jamás reconstruidos.
Mientras la ciudad proseguía su afinada coreografía, mientras el Corrector pulía los recuerdos de los ciudadanos hasta dejarlos idénticos, como cuentas de vidrio en un collar sin historia, la rebelión tomaba forma no en la acción ni en el combate abierto, sino en la persistencia del sueño defectuoso, atesorado, incompartible.
La primera noche, al dormir con el cubo bajo la almohada, Loris soñó una idea imposible: que en algún futuro la ciudad se quedaría sin vigilantes, y la gente, por primera vez en generaciones, volvería a mirarse a los ojos y a decir nombres olvidados en voz alta.
Porque si la realidad era la suma de todo lo que podían recordar, entonces quizás soñar —y proteger los sueños— era el único acto de resistencia que les quedaba.
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