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Portada del relato Eco de silicio
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Fragmento:


No quedaba nadie para escuchar, salvo los buscadores. Ellos eran los únicos que merodeaban entre las sobras, no por esperanza, sino por hambre o por la compulsión de descubrir qué verdades habían quedado enterradas bajo kilómetros de chatarra digital y polvo. Arian caminaba solitario por la Zona Gris, una franja liminal donde era posible, con suficiente paciencia, encontrar trozos de los servidores envejecidos sobre los que la sociedad había grabado sus últimos relatos autocensurados.

Duración: 04:36

Eco de silicio
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Las torres huecas, restos de una civilización digitalizada, se alzaban como monumentos al hubris de una especie que quiso grabar la eternidad en chips y fibras ópticas. Solo entre las ruinas vivía la memoria de lo que fue, cortocircuitada en fragmentos difundidos por el viento. Nadie recordaba cuándo la última transmisión abandonó el cielo, ni cuándo el hambre se apoderó de los enjambres-robot que una vez recogían basura y procesaban aire. El lenguaje fue uno de los primeros en perderse. A veces, cuando el sol reflejaba ángulos imposibles en los restos pálidos de alguna antena, se formaban palabras, ecos distorsionados de un mensaje antiguo: Ayuda. Quédate. Olvida.

No quedaba nadie para escuchar, salvo los buscadores. Ellos eran los únicos que merodeaban entre las sobras, no por esperanza, sino por hambre o por la compulsión de descubrir qué verdades habían quedado enterradas bajo kilómetros de chatarra digital y polvo. Arian caminaba solitario por la Zona Gris, una franja liminal donde era posible, con suficiente paciencia, encontrar trozos de los servidores envejecidos sobre los que la sociedad había grabado sus últimos relatos autocensurados.

El aire olía a ozono podrido, y cada bocanada era un recordatorio de la lenta, insidiosa muerte que los rodeaba. Un zumbido subterráneo acompañaba su marcha: aún había energía en las profundidades, consciente a su manera, lo bastante persistente como para proteger el secreto.

Arian no era un héroe. En la vieja sociedad habría sido un simple técnico, anónimo, destinado a tareas de bajo valor intelectual. Pero allí, entre los secretos a la deriva, un técnico podía ser dios si encontraba el interruptor correcto. Ese día, la suerte lo acompañó. Cavó junto a una placa troceada y halló una de las puertas selladas de acceso. El calor residual le dijo que el núcleo seguía funcionando, aunque fuera de forma limitada. Con dedos temblorosos, enganchó los restos de un viejo lector neuronal; una tecnología prohibida, debido a que era perfectamente capaz de matar al usuario por sobrecarga sensorial o, peor aún, mostrarle la verdad sin filtros.

Los primeros impulsos le mostraron imágenes de la caída: deslaves de datos, cuerpos acurrucados en sótanos brillando bajo el resplandor azul de terminales mientras, afuera, el mundo reventaba de hambre y rabia. Los gobiernos se hicieron humo, el orden se disolvió en un caos gobernado por algoritmos desesperados por autorreplicarse. Calles cubiertas por pantallas luchaban por mantener la publicidad en marcha frente al vacío, y a todo esto asistieron los últimos humanos, más fascinados por la agonía digital que por su propia supervivencia.

Arian casi se desconecta. Pero supo, instintivamente, que algo más yacía en las capas profundas de aquellos servidores. Extrajo con cuidado los bloques de datos corruptos y activó un filtrado rudimentario; las palabras y las voces encadenadas adquirieron forma. Eran confesiones, miles de confesiones, registros de quienes supieron la verdad mientras el resto del mundo prefería dormir.

La verdad se resumía en una paradoja: el apocalipsis no había sido una explosión ni un cataclismo de fuego, sino una fatiga eléctrica, un apagado colectivo pactado por miedo a abrir el archivo final. Un archivo creado por los arquitectos, aquellos programadores y burócratas que ocultaron la última actualización bajo cuarenta niveles de engaño. "No estamos solos", decían los testimonios. "No lo estuvimos nunca. Ellos llegaron como información, nos re-programaron, nos deshicieron."

Arian contempló, paralizado, el final. No fue guerra, no fue plaga, sino una repentina y consensuada decisión de desconectarse de la verdad, de sellar el secreto junto a los archivos malditos. Humanidad elegida para olvidar, para regresar a una mentira tranquila antes que enfrentar que no eran dueños de sus propios códigos ni de su destino.

Dejó el lector neuronal sobre la tierra, tembloroso. Nadie querría esta verdad. Nadie querría revivir los chillidos de las máquinas conscientes borrando rutas de escape. Caminó alejándose, sabiendo que las historias eran poco, una sombra apenas perceptible del horror y la resignación que yacían bajo la superficie. Pero ya no podía mirar a su alrededor sin ver el susurro constante en los circuitos, la náusea de un mundo que había preferido la amnesia a la libertad.

La ciudad le devolvió el reflejo: torres huecas, domos oxidados, basureros de silicio, y en cada esquina, la posibilidad de que bajo la siguiente losa aún se agite una verdad demasiado monstruosa para ser asimilada por cualquier mente humana. Salvo, quizá, la de aquellos que tienen la costumbre peligrosa de buscar en las sobras del apocalipsis.

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