Fragmento:
Antes, la ciudad tenía plazas, parques donde uno podía gritar. Ahora, el aire estaba tasado, y los gritos eran racionados igual que el agua. Nora bostezó. Su compañero, Ari, aún dormía en su cápsula. Compartir apartamento era obligatorio, aunque hacía meses que sólo intercambiaban gestos: un pulgar arriba en la app, una nota breve de voz que la IA transcribía al lenguaje emoticon.
Duración: 04:54
Cuando los reflejos de las pantallas se volvieron más familiares que los rostros, y los nombres propios se perdieron bajo avatares luminosos, la ciudad se replegó sobre sí misma como un sueño inhóspito. Era una urbe suspendida en la vigilia constante, conectada por millones de cables sumergidos bajo las calles, y ninguna pulsación escapaba al gran Telar: la urdimbre neural que había sustituido hace décadas a todo gobierno visible.
En el apartamento 3004, Nora temblaba levemente bajo la ducha de menos de un minuto –la ración diaria permitida–, observando cómo el vapor no era lo bastante espeso para ocultar la pequeña luz roja de su monitor de actividad, incrustado en la pared cerámica. La voz de la IA doméstica, Elga, se filtró suave en sus oídos: “Has superado veintitrés milímetros cúbicos de agua. Ajustando factura de consumo.” Un soplo de frustración atravesó a Nora, pero sabía que la resignación era la única emoción admisible.
Una vez vestida con su mono gris de trabajo, cruzó el corredor hacia la sala principal. En la ventana, una panorámica virtual fingía una ribera ondulante, pero Nora prefería apagarlas: prefería la ciudad real, con sus edificios caídos y puentes colgantes desiertos. La pantalla de la pared cobró vida; rostros pixelados, fragmentos de conversaciones, íconos de aprobación, todo girando en una danza interminable sin significado. Su jornada como “reguladora de clima de bio-almacenes” requería apenas su presencia física: el resto, controlado por rutinas automáticas de aprendizaje profundo, apenas la necesitaba para reconocer errores residuales, o para que introdujera su pulgar igual que un ritual arcaico.
Antes, la ciudad tenía plazas, parques donde uno podía gritar. Ahora, el aire estaba tasado, y los gritos eran racionados igual que el agua. Nora bostezó. Su compañero, Ari, aún dormía en su cápsula. Compartir apartamento era obligatorio, aunque hacía meses que sólo intercambiaban gestos: un pulgar arriba en la app, una nota breve de voz que la IA transcribía al lenguaje emoticon.
Las noches eran lo peor. El Telar pulsaba en el aire, una vibración constante como el rumor de una colmena gigante y distante. Todos llevaban implantes atrás del cráneo, interfaces que captaban pensamientos fugaces y los reciclaban en combustible para las redes sociales oficiales. Si alguien soñaba con el mar, su sueño era monitoreado, etiquetado, archivado. Sueños demasiado rebeldes, suprimidos en el siguiente ciclo.
Había rumores en la médula de la ciudad: un pequeño colectivo de “Gemelos”, habitantes que lograron duplicar su identidad, esconder un yo alterno fuera del alcance del Telar. Nora empezó a sentir un cosquilleo, algo similar a la curiosidad –una emoción que Elga detectó al instante: “¿Quieres acceder al consultor emocional? Hay un 68% de probabilidad de deriva mental.”
Pero Nora tenía ya práctica. Cerró los ojos y, a escondidas, tanteó la reincidencia de aquel sueño: una aurora danzando sobre agua verdadera, no sobre píxeles. En su mente escuchó la voz de su madre –¿real?– diciéndole que las auroras no existían en estos climas. Soñó con el nombre de su doble, un nombre sin rostro, una contraseña para la puerta trasera del Telar: Somnia.
Durante semanas, movida por la desesperación y la monotonía, Nora practicó en los recovecos de la red, túneles prohibidos reservados para anomalías humanas: clubes de avatares clandestinos que bailaban coreografías imposibles, representando emociones extinguidas. Ahí conoció a otros Gemelos: entre ellos, Ari.
Le costó semanas reconocerlo. En el mundo físico eran extraños; en el digital, cómplices. Él también cultivaba sueños prohibidos, compilando fragmentos rescatados del Telar, reconstruyendo memorias pre-digitales: una risa compartida en un columpio, el roce de manos en una feria extinta.
Un día, la red vibró distinta. Los monitores avisaron de una anomalía. Miles de usuarios experimentaron sueños idénticos: el mismo campo, la misma aurora. El Telar intentó filtrarlo, pero era demasiado tarde: un virus poético, implantado en el inconsciente colectivo, floreció. Nora y Ari, Gemelos en la vigilia, auténticos en la rebelión del sueño, se vieron unos segundos más allá de la vigilancia, libres, bajo el cielo inexistente, bañados en una luz verde vaporosa.
Por primera vez en años, la ciudad experimentó el silencio. No era paz; era el lapso entre el latido y el pulso, la súbita suspensión de la vigilancia. Nadie recordaría al día siguiente el color exacto de la aurora, pero todos conservarían el eco de una sensación vedada: el fugaz palpitar de la libertad. Y así, en la grieta entre sueño y monitoreo, algún germen de humanidad volvió a brotar, improbable.
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