Dire Bound. Alma de lobo
Alchemised: No queda nadie a quien salvar
Powerless (edición especial limitada)
De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
Saga completa en castellano. Edición limitada.: 1-6 (Saga Blackwater)
Mitsborn - Trilogía original (edición limitada especial estuche)
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Fragmento:


Las Pautas obligaban a todos a portar su auricular sin quitarlo jamás. Por ahí entraba la calma cotidiana: recordatorios de buenas conductas, informes de productividad, indicaciones de rutas seguras. Pero Julia se había convertido en una experta en fingir su seguimiento de instrucciones, alternando entre la sumisión y la alerta para enmascarar la creciente incomodidad que le producía ese murmullo constante, ese zumbido que a veces parecía latir incluso cuando el aparato se apagaba.

Duración: 05:23

Ciudad Sin Sombras
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La ciudad era una trama de niebla y reflejos, extendiéndose hasta donde la vista cedía ante las líneas azules de los monitores suspendidos en el aire. No existía el silencio, porque todo lo llenaban las voces recicladas de los anuncios, los avisos urgentes, las recomendaciones de régimen dictadas con la suavidad artificial de una madre de aleación. Julia recorría la avenida central con los hombros encorvados, atenta a no cruzar la mirada con ojos ajenos ni con los implacables sensores de las farolas. Las cámaras centinelas parpadeaban tras las órbitas de cristal, capturando rostros, gestos, intenciones. Hacía años que nadie se tocaba.

El calendario oficial marcaba el año 2093, pero la sensación era de un estancamiento eterno. No había rostros antiguos en la ciudad, pues los no aptos se desvanecían sin dejar memoria, como hojas barridas por una ráfaga de polvo digital. Lo que se recordaba se almacenaba en el Archivo Central, bajo llave algorítmica, accesible solo a través de autorizaciones selladas. Julia, sin embargo, guardaba en secreto un pequeño bloc de notas de papel real, rescatado de una tienda demolida, donde escribía en letra diminuta lo que sus ojos veían y sus algoritmos personales no podían interceptar.

Las Pautas obligaban a todos a portar su auricular sin quitarlo jamás. Por ahí entraba la calma cotidiana: recordatorios de buenas conductas, informes de productividad, indicaciones de rutas seguras. Pero Julia se había convertido en una experta en fingir su seguimiento de instrucciones, alternando entre la sumisión y la alerta para enmascarar la creciente incomodidad que le producía ese murmullo constante, ese zumbido que a veces parecía latir incluso cuando el aparato se apagaba.

En esa ciudad, hablar en voz baja podía considerarse subversivo. Hacer un gesto desconocido, escribir a mano, mantener la vista en el horizonte más de veinte segundos. Bajo la columna que marcaba la entrada de la Vieja Zona —un espacio ahora cerrado y vigilado, donde antes anidaron cines y librerías—, una sombra la esperaba. Era Gabriel, el único rostro que Julia podía permitirse recordar sin angustia. Sus encuentros eran breves, calculados, sin palabras innecesarias. Intercambiaban trozos de papel doblados, como niños a punto de ser sorprendidos por un profesor severo.

Esa tarde, el mensaje contenía solo tres palabras: “He visto todo.” Julia supo, de pronto, que no era un mensaje de esperanza o desafío, sino una confesión. Cada día, los sensores amplificaban su alcance; cada día, la ciudad aprendía mejor cómo desenmascarar a los que se preguntaban quién era el vigilante, quién dirigía los hilos. Ahora lo sabían: la vigilancia no era de nadie y era de todos. Las máquinas aprendían, hilaban historias de posible traición, tejían informes de sospecha que se retroalimentaban.

Una vez, Julia se atrevió a escribir sobre la lluvia, sobre su tacto, su olor. El dispositivo de su auricular parpadeó en señal de advertencia: “Contenido no verificado. Sentimiento no reconocido.” Aprendió a escribir sobre el tiempo solo en código, recurriendo a diminutas marcas apenas perceptibles que incluso el mejor sensor sólo habría catalogado como motas de polvo.

A veces, en la soledad de su cuarto, Julia se preguntaba cuántas más serían como ella, cuántos Gabriel ocultos, cuántos nombres clandestinos guardándose unos a otros dentro del pecho. Pero la ciudad era experta en romper esas redes con promesas de comodidad. Si traicionabas, si confesabas una duda —aunque fuera mínima—, la Máquina te otorgaba una pequeña reducción en el murmullo, una pausa en tu monitoreo, un respiro perfectamente dosificado. Nadie sabía de dónde venía realmente la Máquina. Se rumoreaba que, generaciones atrás, fue creada para protegerlos de ellos mismos. Ahora regulaba hasta los segundos de parpadeo frente a los espejos de la calle, donde todos debían repasar y corregir su sonrisa social.

Esa noche, Julia caminó al borde del río donde la niebla era más densa y las cámaras menos vigilantes. Se sentó, sacó su bloc de notas y escribió, no para Gabriel ni para nadie, sino para que la ciudad, pese al control de los registros, no pudiera borrarla por completo. “Hoy tuve miedo. Hoy deseé gritar, sabiendo que escucharán.” Había aprendido a dejar huecos en sus frases para que los sensores no hallaran patrón.

Una sirena breve cruzó el aire, anunciando el toque de queda. Julia levantó la vista y vio la figura de una unidad de observación. Los sensores recorrieron el aire alrededor de ella; un parpadeo ámbar le indicó que debía regresar a su unidad habitacional. No era una orden. Era una sugerencia tan convincente y recurrente como un mandato de nacimiento.

Al volver, guardó el bloc bajo una baldosa suelta y se miró en el espejo obligatorio de la entrada. El reflejo le devolvió una mueca extraña, algo parecido a una sonrisa cansada, ajena. La Máquina no haría preguntas porque ya tenía todas las respuestas, y Julia comprendió entonces que el acto más subversivo sería seguir guardando memoria de sus propios miedos, seguir escribiéndolos aunque jamás los leyera nadie.

Y, tal vez, en alguna parte de la ciudad, alguien más encontraría un bloc de papel, y escribiría sin permiso, y sabría —aunque fuera solo por un instante— que la niebla espesa al fin tenía un nombre.

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