Aún no estoy muerta (edición especial limitada) (Contraluz)
Viaje Sin Retorno: (El Proyecto Orfeo, Libro1)
Saga completa en castellano. Edición limitada.: 1-6 (Saga Blackwater)
Trilogía de libros de bolsillo Dímelo
Novela El calendario del amor
La inspectora gitana
Portada del relato Lágrimas de Cuarzo
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Fragmento:


Samira recordaba, algunas noches, haber sentido el viento silbando a través de los árboles altos, ramas verdes mecidas por una brisa cálida y salvaje. Hace incontables años, esos recuerdos habrían traído esperanza o consuelo, pero ahora eran sólo un dolor sordo, como un órgano ausente reapareciendo fugazmente bajo la piel.

Duración: 06:17

Lágrimas de Cuarzo
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Las luces de la estación exterior nunca dejaban de parpadear. Era algo que ni Samira ni los otros habitantes lograban ignorar, pero desconocían si importaba. La conversación en los pasillos era escasa y cuidadosa, un murmullo constante de sospecha y resignación: cada palabra soltada era absorbida por los micrófonos ocultos en las paredes. Aquí, entre la mugre y las pantallas agrietadas, la resistencia sólo existía en la privacidad de los pensamientos, lugares aún inexplorados por los algoritmos del Consejo.

Samira recordaba, algunas noches, haber sentido el viento silbando a través de los árboles altos, ramas verdes mecidas por una brisa cálida y salvaje. Hace incontables años, esos recuerdos habrían traído esperanza o consuelo, pero ahora eran sólo un dolor sordo, como un órgano ausente reapareciendo fugazmente bajo la piel.

El Consejo, en voz de sus portavoces digitales, afirmaba que cada sensor, cada dron zumbando en la periferia, tenía un propósito sagrado: asegurar la armonía, proteger la vida humana de la amenaza constante del caos. Era un cuidado paternal, decían, tan avanzado que nadie debía sentir la necesidad de rebelarse. Cualquier dolor, cualquier miedo, era cuidadosamente dosificado y corregido a través de los módulos de conducta: pastillas suaves y brillantes repartidas dos veces al día.

Al principio, Samira había sido buena ciudadana. Recitaba los mantras de gratitud frente a la terminal de cada mañana, sonriendo para la cámara, dejándose contagiar por la certeza rahatizada de que toda emoción era monitoreada para evitar sufrimientos innecesarios. Pero a veces, esa misma comodidad la hacía preguntarse qué estaba sacrificando por tanta protección.

Un día, mientras cruzaba el túnel entre sectores, vio un grieta en una de las viejas pantallas. Era una fractura diminuta, una imperfección casi invisible. Pero dentro de esa grieta parpadeaba algo, apenas perceptible: líneas de código rotas, o tal vez un mensaje. Samira se acercó, fingiendo buscar una de las escasas conexiones de agua, y susurró: “¿Hay alguien ahí?”

Unas horas después, entre sueños intranquilos, apareció una voz apenas audible —no en su oído, sino directamente en el centro de su conciencia. Una voz antigua, más vieja que el sistema, pronunció las palabras: “Recuerda quién eres”. Fue un sobresalto violento; había soñado, y esa era la verdadera transgresión en la Ciudad de Ecos. Porque aquí, soñar era el mayor acto de insubordinación.

A la mañana siguiente, la voz interna persistió. La rutina diaria comenzó a desmoronarse. Las imágenes en las pantallas le parecían huecas, predecibles, cada notificación del Consejo más estéril, las caras de sus compañeros cada vez más vacías, como duplicados mal hechos. Samira intentó contener el miedo y la excitación; entendía que el sistema no podía leer sus sueños aún, pero nada aseguraba que esa libertad durara.

Buscó grietas. En las paredes, en las historias contadas en voz baja, en las miradas entre los que recordaban otros tiempos o, simplemente, deseaban recordar. Pronto encontró dos más como ella: Lin y Bako. Ambos hablaban en círculos, usando palabras neutras, pero sus ojos compartían el mismo brillo febril, la misma nostalgia imposible. Juntos tramarían una especie de ritual secreto. No podía ser más que eso: un pacto de memoria, un juramento silencioso de no ceder del todo al olvido programado.

Diseñaron un baile antiguo: un gesto con las manos para saludarse en los corredores saturados de vigilancia. Una forma de recordarse unos a otros que, pese a todo, aún eran humanos, aún poseían un núcleo rebelde que el Consejo no podría protocolizar ni anestesiar. Pronto, otros copiaron el gesto, sin palabras, sin explicación. Y la red creció lentamente, como raíces extendiéndose en la oscuridad.

Pero algo había cambiado en Samira después del sueño. Donde antes sólo había dolor o resignación, comenzó a sentir apetito, como si el hábito de pensar por sí misma hubiera sido un músculo dormido largo tiempo y ahora se desperezara, listo para algo más exigente: la acción.

La oportunidad llegó en medio de una de las reparaciones generales. Por debajo de la estación central, allí donde la memoria histórica era procesada y borrada, Samira descendió, Lin y Bako a su lado. La resistencia era imposible, ninguna historia previa de heroísmo sobrevivía sin mutar en desastre. Pero sí podían intentar algo diferente: un pequeño acto de sabotaje, apenas una alteración diminuta en los protocolos nocturnos, suficiente para permitir que los sueños persistieran más allá de la próxima ronda de pastillas.

El riesgo era absoluto. Serían detectados tarde o temprano. Samira lo sabía: no había victoria posible, sólo otra grieta, pero en el código mismo. Cuando las alarmas sonaron, supieron que su tiempo era breve, pero también que algo había cambiado. El sistema tartamudeó. Las luces dejaron de parpadear por primera vez en décadas.

Escaparon a su modo, cada uno corriendo hacia sectores distintos, buscando refugios efímeros entre la vasta maquinaria oxidada y los archivos de recuerdos ilegibles. Samira, temblando, encontró consuelo en la oscuridad, y desde el vientre de la Ciudad de Ecos, susurró en voz baja, como una promesa: “Recuerda quién eres”.

Quienes durmieron esa noche soñaron, por primera vez en años, con árboles que no eran hologramas, con una brisa que no podía ser medida ni corregida. El sistema luchó durante días para corregir esa grieta, pero soñadores anónimos siguieron transmitiendo el gesto secreto, germinando caos y esperanza a partes iguales, en un lugar donde sólo debía haber quietud.

Nadie supo nunca que ocurrió realmente con Samira, Lin o Bako. Pero durante generaciones, el recuerdo de un temblor en las luces, una noche en la que el silencio se llenó de sueños imposibles, bastó para alimentar una rebelión silenciosa. Porque cada grieta, cada acto minúsculo de desobediencia, era una semilla. Y aunque el Consejo jamás entendió del todo el poder de los sueños, la estación nunca volvió a ser del todo suya. Siempre habría un resquicio por donde entrara el aire, salvaje, imprevisto, humano.

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