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Portada del relato Sombras sobre los Espejos
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Fragmento:


Recuerdo –o mejor dicho, sospecho haber recordado– que una vez me llamé Emiko. Ahora, solo soy el código de identidad que baila en las matrices de vigilancia, ese perfil sin rostro definitivo. Me esfuerzo, a veces, por rememorar la textura de la voz de mi hermana, antes de que se instalara el aislamiento automatizado. Pero la memoria resbala, sugiere fragmentos, huidizos, bajo el estrés del escaneado rutinario.

Duración: 04:38

Sombras sobre los Espejos
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A veces, cuando la noche es especialmente densa y el silbido de los transmisores apenas roza los cristales del apartamento, puedo ver los rostros de los que fui antes. No son recuerdos, exactamente. Son proyecciones, fantasmas electrónicos que surgen cuando los sensores de sueño —esos vigilantes incrustados bajo cada almohada en la urbe— deciden ofrecerme migajas de nostalgia. Vivo con la certeza de que esos retazos de mi pasado, esas sonrisas congeladas y miradas que alguna vez fueron mías, han sido editadas, corregidas con la precisión de un bisturí administrado por pulsos de datos. No hay cicatrices, solo la pulcritud de una biografía pulida para encajar en la narrativa aceptable.

La ciudad, disparada hacia el futuro como un tren sin raíles, aprendió hace tiempo a escupir de su seno todo lo que no encajaba. Caminamos deslizados sobre sendas luminosas, demasiado pendientes del murmullo de los dispositivos insertados bajo nuestra piel como para advertir que poco a poco, en silencio, habíamos dejado de tocarnos, de preguntarnos por los otros. Los noticieros, ahora fluídos visuales que descienden como cortinas al cerrar los párpados, repiten idénticas consignas: adaptarse es sobrevivir, reinventarse es vivir. Pero nadie explica qué significa, en términos humanos, ser reinventado a través de algoritmos.

Recuerdo –o mejor dicho, sospecho haber recordado– que una vez me llamé Emiko. Ahora, solo soy el código de identidad que baila en las matrices de vigilancia, ese perfil sin rostro definitivo. Me esfuerzo, a veces, por rememorar la textura de la voz de mi hermana, antes de que se instalara el aislamiento automatizado. Pero la memoria resbala, sugiere fragmentos, huidizos, bajo el estrés del escaneado rutinario.

El día en que descubrí la existencia de los pasillos grises fue más oscuro de lo habitual. Una tormenta artificial se demoraba sobre el sector oeste, emitiendo descargas eléctricas para alimentar los paneles solares incrustados en los tejados. La ciudad, siempre hambrienta de energía, parecía respirar por sí misma. Me sentí, como casi todos, ajena a cualquier latido que no proviniera del interior de mi propio implante óseo. Pero entonces el ascensor se detuvo entre dos niveles, las luces flucturaron al borde de la penumbra. Por primera vez en mucho tiempo, el silencio interno fue total. Solo el jadeo de mi respiración, amplificado por la absoluta ausencia de la nimbocracia digital, me acompañaba.

Fue en ese umbral, entre el piso cuarenta y el cuarenta y uno, donde el muro se deslizó, revelando el pasadizo. Nadie hablaba de ellos porque nadie recordaba encontrarlos. Pero yo entré. La alfombra gastada, el eco de mis pasos, el polvo acumulado: sensaciones arcaicas, casi ofensivas por su cualidad tangible. Los pasillos grises no estaban mapeados. Eran restos fosilizados de un tiempo anterior a la integración total, refugios imposibles en una urbe de sensores y puertas sin cerraduras.

Al fondo del pasillo, una puerta sin lector biométrico ni cámaras. Con una mezcla de pánico y esperanza, empujé el picaporte. La habitación dentro era pequeña, ocupada apenas por una mesa real, de madera astillada, y una lámpara de filamento. Sobre la mesa, un cuaderno. No una tableta, no una nube flotante de datos: un cuaderno. Hacía generaciones, tal vez nadie trazaba líneas a bolígrafo. Pero mis dedos sabían recordar. Abrí el cuaderno y leí lo que alguien, quién sabe cuándo, había escrito: DESCONFÍA DEL OLVIDO.

Desconfiar… Como si se pudiera. Afuera, el mundo se forjaba en torno a la confianza plena en los algoritmos, en los perfiles de compatibilidad, en las propuestas de vida optimizada. Yo, sentada en una isla de memoria analógica, supe que había cometido una herejía. Allí, en los pasillos que la ciudad había olvidado, podría intentar reconstruirme. Pero la amenaza de las cámaras, dormidas solo por el temblor ocasional de una tormenta falsa, era tan constante como mi propio pulso.

Al día siguiente, las sirenas urbanas aullaron durante tres segundos —el tiempo preciso de una advertencia programada— y supe que el sistema había detectado una anomalía. Volví a la rutina sospechando que una parte de mí, vulnerable y expuesta por primera vez en años, había despertado. Desde entonces, cada noche, a la hora en que la oscuridad parece más dulce y el pasado más posible, sueño con el cuaderno. Sueño que todos, en todos los pisos, encuentran una puerta y una mesa y un aviso: desconfía del olvido.

Y sé que hay otros. Lo veo en los ojos huidizos de los que, deshanclados de su línea de vida digital, titubean al cruzarse conmigo en los ascensores. Son pequeños fuegos, breves amotinamientos contra la máquina de perfección. Tal vez desaparezco mañana. Pero, aunque conviertan mis recuerdos en hologramas ejemplares, algo de mí quedará suspendido en esos pasillos, en la penumbra entre dos luces, esperando que alguien vuelva a abrir un cuaderno, vuelva a desconfiar.

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