Fragmento:
Cuando todas las torres de la ciudad se alumbraban a la vez, lo llamaban “El Efecto Cortina”: una forma de disuadir a los insomnes de mirar hacia abajo. Las calles, bidimensionales desde tan alto, ocultaban mucho más que sombras: los espectros de los exiliados, gritos silenciados por un asfalto domesticado, y bajo todo eso, un latido industrial perpetuo. Vivir en la Zona Norte era una ruleta: los muros transparentes de los apartamentos se volvían opacos cada noche, independientemente de si preferías la intimidad o el desamparo. Todo estaba regulado por la programación del día—y del cuerpo—por las aplicaciones de vigilancia, por mensajes flotantes que emergían de las paredes como pequeños meteoritos azules: “Recuerda mantener el nivel adecuado de satisfacción”, “Hoy, abraza una oportunidad”, “Tu silencio está siendo valorado”.
Duración: 04:14
Cuando todas las torres de la ciudad se alumbraban a la vez, lo llamaban “El Efecto Cortina”: una forma de disuadir a los insomnes de mirar hacia abajo. Las calles, bidimensionales desde tan alto, ocultaban mucho más que sombras: los espectros de los exiliados, gritos silenciados por un asfalto domesticado, y bajo todo eso, un latido industrial perpetuo. Vivir en la Zona Norte era una ruleta: los muros transparentes de los apartamentos se volvían opacos cada noche, independientemente de si preferías la intimidad o el desamparo. Todo estaba regulado por la programación del día—y del cuerpo—por las aplicaciones de vigilancia, por mensajes flotantes que emergían de las paredes como pequeños meteoritos azules: “Recuerda mantener el nivel adecuado de satisfacción”, “Hoy, abraza una oportunidad”, “Tu silencio está siendo valorado”.
Sylvia se había entrenado para tragar saliva frente a la ventana y no mirar el cielo en busca de señales de otros tiempos, como había hecho su abuela antes de desaparecer ilegalmente del censo. Su departamento, ese compartimiento perfectamente rectangular y sin polvo, olía a maquinaria nueva, a promesas jamás usadas, a comida sin ingredientes conocidos. Sus pantallas murmuraban noticias aleatorias, música aceptablemente monótona y, sobre todo, ralentizaban su pulso con imágenes de parques artificiales, aunque a tres calles de ahí nadie recordaba cómo era realmente el aire fresco.
Salir era una aventura calculada. Los accesos peatonales de la Zona Norte flotaban a quince metros del suelo, conectados por pasarelas de cristal y vigilados por drones en horarios fijos. El miedo a la multa —o peor aún, a ser “reestructurada” por falta de simpatía— resultaba un silencio macizo entre los vecinos. Las sonrisas, si las había, eran un recurso estratégico. Desde que el primer “Filtro de Expresión” se instaló en las entradas, cada músculo del rostro debía decidir de qué lado estaba.
Pero Sylvia tenía una grieta. Una fisura diminuta, invisible a las cámaras, justo debajo de la mesa flotante que le asignaba la cantidad de nutrientes diarios. Allí dormía su pequeño tesoro: una esfera de cristal opaco, robada cuando aún quedaban tiendas de antigüedades en la ciudad vieja. Era inútil y valiosa, como una palabra prohibida o una promesa de otro mundo.
Una tarde, cuando el eco de los altavoces anunció la llegada del “Momento Participativo”—una hora diaria de participación obligatoria en foros de felicidad colectiva—decidió no responder. Se acuclilló junto a la mesa, dejando que las preguntas rodaran por su bandeja de entrada: “¿Qué te hace sentir parte de la comunidad?”, “¿A qué sacrificio has renunciado hoy?”. Las ignoró todas. En su oído, el silencio era un aguijón dulce y peligroso.
Esa noche, los muros no se opacaron. El algoritmo de seguridad detectó el leve descenso en su “índice de involucramiento”, y la ciudad entera pareció contener el aliento. Ya no valía la pena fingir: si la iban a reestructurar, que fuera sin hacer ruido. Cerró los ojos y tumbó la esfera sobre el suelo; dentro, cuando la luz la atravesó, se proyectó una pequeña sombra de una niña abrazando un árbol.
Los recuerdos no estaban permitidos, pero la imagen era tan primaria que apenas dolía. Sylvia se la llevó a la cama, escuchando a los drones zumbar furiosos alrededor del edificio, y se preparó para lo inevitable.
No vinieron esa noche, ni la siguiente.
La esfera fue confiscada el séptimo día. Cuando los brazos metálicos del extractor de objetos prohibidos la sujetaron y la elevaron hacia la inspección central, Sylvia notó que, a pesar de todo, su pecho se hinchaba con un oxígeno más denso, más real que cualquier parque proyectado. Al amanecer, en un rincón imposible de la fachada norte, dejó una huella: un surco diminuto, apenas perceptible, pero abierto al exterior.
Alguien, en alguna parte, podría leerlo algún día. Porque incluso bajo las luces implacables de la ciudad nueva, algo bajo el concreto reivindicaba una pequeña, feroz porción de desobediencia: la suya, la de la niña de la esfera, y la de todos los que nunca dejaron escapar ni una palabra... pero soñaron.
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