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Portada del relato Ecos a contraluz
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Fragmento:


Emma, con cuarenta y dos años y las manos marcadas de cicatrices adquiridas en la fundición de metales, nunca pensó en su otro-yo. Sabía, por anuncios omnipresentes en las esquinas, que en algún lugar caminaba una Emma idéntica, vestida con los mismos botines raídos, el cabello recogido por harapos, solo que cada uno de sus actos era una negación del suyo propio. Si Emma tomaba la decisión de mirar el cielo al cruzar la plaza, su otra versión mantenía la vista bajada; si una pronunciaba lo que sentía, la otra sellaba los labios.

Duración: 05:18

Ecos a contraluz
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Durante generaciones, la ciudad de Elida se había desplegado bajo el mismo reflejo: idénticos edificios gris pizarra alineados en filas exactas, farolas gemelas a ambos lados de las avenidas, el susurro idéntico de relojes trabajando incansablemente en cada rincón. No había dos, sino una sola versión de todo, repetida al milímetro, hasta que la novedad perdió su valor y el tiempo dejó de avanzar.

La obsesión por la simetría fue herencia de una era temida, donde las desigualdades y el caos resultaban insoportables para una sociedad que había conocido la destrucción por la ambición de unos pocos. De ese miedo, surgió el Oráculo del Paralelo: un sistema que, día tras día, invertía cada decisión tomada por la mitad de sus habitantes al azar. Si uno elegía la puerta izquierda, al siguiente, su paralelo elegiría el lado derecho; si uno decidía leer, el otro debía abstenerse. La perfección no era el objetivo, sino el equilibrio absoluto.

Emma, con cuarenta y dos años y las manos marcadas de cicatrices adquiridas en la fundición de metales, nunca pensó en su otro-yo. Sabía, por anuncios omnipresentes en las esquinas, que en algún lugar caminaba una Emma idéntica, vestida con los mismos botines raídos, el cabello recogido por harapos, solo que cada uno de sus actos era una negación del suyo propio. Si Emma tomaba la decisión de mirar el cielo al cruzar la plaza, su otra versión mantenía la vista bajada; si una pronunciaba lo que sentía, la otra sellaba los labios.

La ciudad funcionaba: ni soledad extrema ni alegría genuina, solo esa tibia seguridad que ofrecen las medias tintas. Los ascensores nunca se atascaban porque la mitad de la gente subía y la otra bajaba; el pan se horneaba o se guardaba, pero nunca ambos al mismo tiempo. Solo un resquicio quedaba fuera de controles y algoritmos: los sueños. Y fue en ese filo donde Emma comenzó a preguntarse qué significado tenía vivir la vida como una suma de revocaciones.

Fueron primero las imágenes borrosas por la noche: la sensación vívida de estar en otra habitación, sostener una copa de vino que jamás había probado, reír con un grupo de personas cuyos nombres desconocía. En el reflejo oscuro de la ventana de su dormitorio, Emma comenzó a preguntarse si acaso la otra Emma sentía lo mismo, o si los sueños también se invertían bajo la vigilancia del Oráculo.

Una noche, cuando la lluvia azotaba la ciudad y la energía chisporroteaba como el aliento de un dios airado, Emma escapó de su apartamento. Corrió tres calles debajo de túneles iluminados, guiada por esa angustia líquida que crece cuando sabes que nada de lo que hacen tus manos te pertenece del todo.

Encontró el epicentro del sistema de espejos: la gran Sala del Paralelo, edificio de cristal negro que parecía tragarse la poca luz disponible. Ahí, un centenar de cables plateados entraban y salían como raíces de un organismo vivo. Emma, sin permiso, entró por un pasillo lateral, respirando el miedo que conocían todos los que se atrevían a socavar la simetría.

Sentados en círculos había otros, iguales a ella y diferentes en la mirada. De pie junto a un pedestal, un hombre con bata blanca saludó a Emma con una sonrisa que no llegaba a entibiarle los ojos.

—Todos ustedes sienten el mismo desgarro —dijo el hombre—. La incompletitud de una vida que nunca es plenamente suya. Pero el equilibrio tiene su precio.

Emma no respondió. En cambio, miró de reojo los monitores, donde se solapaban fragmentos mudos de miles de vidas: decisiones invertidas en tiempo real, rostros aplaudiendo y ocultando el llanto en una cadena infinita de negaciones.

—¿Por qué no podemos elegir por completo? —se atrevió a preguntar.

El hombre señaló la máquina central: dos esferas girando en sentidos contrarios. El movimiento, explicó, era una metáfora de las dos mitades del alma, siempre empujando una contra la otra para que ninguna tuviera dominio.

—La revolución dejó cicatrices profundas —recitó el hombre—. Lo que se destruyeron fueron los excesos, no los vacíos. La ciudad no soporta la descompensación.

—¿Y la libertad? —susurró Emma—. ¿No es peor vivir como un eco invertido?

El hombre la miró y, por primera vez, bajó la voz:

—¿Qué es la libertad si al elegir tú, tu otro yo se va desangrando en la prohibición? Nuestra única redención es no tenerla.

Esa noche, Emma volvió a su apartamento. Miró el reloj, luego la taza de café que nunca bebía después del atardecer. Decidió, sin más, levantar el teléfono y marcar un número al azar. Al otro lado, una voz idéntica respondió.

No dijeron nada. El silencio fue una corriente eléctrica cargando el aire entre dos polos. Emma sintió, al otro lado de la línea, el peso y el alivio de reconocerse doble, saber que cada elección abría una herida y, de su cicatriz, brotaba la única verdad de Elida: el equilibrio podía sostenerse eternamente, pero nunca bastaría para dotar de sentido a una vida partida en dos.

La llamada terminó, sin palabras, solo con la certeza de que ninguna sala de espejos, ninguna ley de paralelos oponiéndose, podría ocultar por siempre el deseo de completitud. Así, noche tras noche, Emma y la otra Emma miraron sus propios reflejos esperando el día en que, al menos en sueños, pudieran elegir juntas.

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