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Portada del relato Fragmentos de una Luz Olvidada
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Fragmento:


Un día, mientras recogía la caja de suministros, encontró dentro una nota, doblada varias veces y pegada con cinta muy fina. “La puerta trasera a medianoche. Mira y confía.” Firmaba una inicial: L.

Duración: 04:39

Fragmentos de una Luz Olvidada
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La niebla se derramaba sobre la ciudad como un sudario, tan espesa que nadie veía más allá de su propio aliento. Elise trató de orientarse entre los edificios agrietados, recordando la época en que la Avenida Central era un lugar de encuentro y no un límite mortal. Ahora era una frontera marcada por los Drones del Consejo, redondas máquinas voladoras que recorrían las calles en busca de miradas desobedientes. El viejo reloj de la Torre tampoco funcionaba ya; medir el tiempo había perdido sentido cuando la libertad se volvió una leyenda.

El Consejo decretaba las rutinas desde lo alto de su fortaleza de acero negro. En las pantallas ubicuas, el presidente Jacen Reiss corregía modales, imponía normativas, prometía protección frente a los enemigos invisibles. Nadie sabía con certeza si esos enemigos existían, pero el miedo era tan denso como la niebla.

Las casas compartían ventanas selladas y puertas con cerraduras inteligentes manufacturadas hace veinte años. Si uno no respondía a la llamada diaria del sensor, los drones depositaban una caja de alimentos básicos —harina, agua, azúcar— y un sobre con tranquilizantes. Luego se iban, dejando la amenaza de un chequeo más severo si la siguiente llamada tampoco era respondida. Elise nunca tomaba los tranquilizantes; los guardaba, uno a uno, como monedas de otro tiempo.

A veces se escuchaban gritos. Cuando caía la noche, los rebeldes —si se les podía llamar así— intentaban hackear el sistema para transmitir una vieja canción, un poema prohibido, una memoria. La melodía “Luz de mañana” sonaba a menudo convertida en ruido blanco mientras los drones asesinaban la señal. Los niños preguntaban qué era una guitarra, y los padres callaban, temerosos de que una explicación demasiado entusiasta despertara sospechas.

A Elise le gustaba husmear entre los libros que su madre escondió antes de morir. La habitación donde dormía era apenas más grande que un armario, pero los textos polvorientos llenaban una balda. Casi nadie leía; leer podía enseñar a cuestionar y cuestionar, en la Nueva Sociedad, era un acto de traición equiparable al asesinato. Sin embargo, Elise aprendió a leer sus temores en las grietas de las paredes y las arrugas de las caras vecinas.

Un día, mientras recogía la caja de suministros, encontró dentro una nota, doblada varias veces y pegada con cinta muy fina. “La puerta trasera a medianoche. Mira y confía.” Firmaba una inicial: L.

La tentación palpitó en el pecho de Elise. Sabía que podía ser una trampa. La paranoia era la inmunidad más valiosa en la Nueva Sociedad, pero la curiosidad también era un instinto primordial, difícil de erradicar. Ese día, a medianoche, descendió en silencio las escaleras de emergencia y rodeó la casa hasta la pequeña puerta trasera.

Al abrir la puerta, encontró a una figura delgada envuelta en un abrigo que parecía hecho de los días anteriores a la Reconstrucción. La figura extendió una mano. Elise dudó un momento antes de tomarla.

“Soy Lian,” dijo la desconocida. “No podemos seguir así. Ven.”

La condujo por laberintos de sótanos interconectados por viejas tuberías de calefacción. Llegaron a una sala donde otras cinco personas, de diferentes edades y miradas extremas, la recibieron. Sobre la mesa, una radio de corto alcance y un conjunto de hojas manuscritas.

“Queremos grabar relatos,” susurró Lian. “Queremos recordar cómo se sentía una conversación verdadera, una elección, una renuncia. La memoria es la primera línea de resistencia.”

Elise se quedó mirando la radio. Nunca antes había pensado en sí misma como parte de nada. Sin embargo, el corazón le golpeaba fuerte en el pecho, como si cada latido reclamara un lugar en ese pequeño círculo de insurrectos.

Uno a uno, los miembros del grupo compartieron fragmentos de su pasado: una abuela que cocinaba en una vieja sartén, un hijo perdido durante las primeras redadas, el sabor de una fruta que ahora sólo existía en libros. Lian le pasó una hoja vacía.

“¿Y tú?”

Elise tomó el bolígrafo. Dudó, temerosa de traicionar incluso a sus pensamientos, pero la tinta fluyó. Escribió sobre las canciones de su madre, sobre la costumbre infantil de imaginar nombres para las nubes, sobre la sospechosa tranquilidad de una vida sin opciones. Y mientras escribía, supo que la memoria no era sólo resistencia: era también semilla.

Los drones habían aprendido a temer el silencio, pero aún no sabían cómo acallar los sueños. Elise, esa noche, eligió soñar en voz alta. Y en las grietas de la ciudad, otra esperanza empezó a brotar, invisible pero indestructible.

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