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Portada del relato Sombras de Silicio
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Fragmento:


Cuando el sol daba apenas para simular una tibieza remota sobre el hormigón pulido de la ciudad, Serena caminaba entre columnas de vidrio y acero, rodeada de miles de rostros acoplados al letargo de sus dispositivos. Nadie alzaba la vista más allá de las notificaciones y recordatorios personales, orquestados por la Central de Regulaciones Sociales y Emocionales, la entidad que aseguraba la serenidad colectiva vigilando hasta el último latido disperso en el enjambre urbano. Podía leerse en los anuncios digitales: “Sonríe. Escucha. Obedece. La felicidad es deber”.

Duración: 03:48

Sombras de Silicio
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Cuando el sol daba apenas para simular una tibieza remota sobre el hormigón pulido de la ciudad, Serena caminaba entre columnas de vidrio y acero, rodeada de miles de rostros acoplados al letargo de sus dispositivos. Nadie alzaba la vista más allá de las notificaciones y recordatorios personales, orquestados por la Central de Regulaciones Sociales y Emocionales, la entidad que aseguraba la serenidad colectiva vigilando hasta el último latido disperso en el enjambre urbano. Podía leerse en los anuncios digitales: “Sonríe. Escucha. Obedece. La felicidad es deber”.

Serena fue entrenada desde la infancia en la Escuela de Conformidad Integral. Le enseñaron a no provocar, a no opinar más allá del Coro de la Ciudad, aquel eco interminable favorecido por el algoritmo que distribuía emociones aprobadas previamente. Las palabras estaban previamente filtradas por la Oficina del Lenguaje, que financiaba extensos estudios para suprimir términos subversivos como “soledad”, “anhelo”, “desobedecer”. Cualquier desviación era reportada al instante por los enlaces neuronales, instalados antes de la pubertad en las mentes cuidadosamente programadas para no querer más de lo permitido.

La Central controlaba la duración del duelo, la calidad de los sueños, la frecuencia de los abrazos. A través de pulses sutiles en la corteza, inducía alivio, fatiga o júbilo en cada habitante, igualándolo todo hasta el punto de dificultad para distinguir el auténtico deseo de la simple sugerencia. Revisores anónimos merodeaban por los corredores del metro, verificando sutilmente con escáneres invisibles la autenticidad de las emociones. Así, la calle era un tapiz de sonrisas tranquilizadoras, ojos obedientes e indiferencia cuidadosamente medida.

Pero Serena recordaba. Tal vez era un fallo en su implante, tal vez un sueño persistente, pero en sus noches más densas imaginaba jardines de tierra real bajo un cielo natural, manos manchadas de barro y risas sin pautas. Anhelaba no solo sentir, sino elegir entre la gama entera de sensaciones humanas, incluso aquellas prohibidas por el Bien Común. Días enteros pasó planeando ráfagas de sinceridad, palabras nunca pronunciadas, miradas que buscaban en otros esa chispa antigua de rebeldía, aplastada por una lógica programada que no admitía error ni impulso propio.

Un atardecer, tras detectar en su pulso una elevación de ansiedad no justificada, la Central envió un Mensajero: una figura joven y serena que susurró, sin mover labios, una advertencia calibrada para su perfil. —Tu anhelo es una anomalía. Reporta para corrección. —. Y Serena sonrió, una sonrisa natural, saturada de miedo y, más allá, de decisión. Supo entonces que elegiría. Aunque lo pagara con el exilio más solitario, aunque borraran cada recuerdo de su existencia en la base de datos perpetua, ella sería durante un instante la ruptura, la grieta inesperada en el ciclo interminable de sumisión.

Esa noche escapó por el laberinto de canales de mantenimiento, cruzando umbrales prohibidos donde las cámaras no veían. Vio otros, con los ojos abiertos de par en par, seres que aún se esforzaban en sentir verdaderamente. La Central intentó borrar su huella, reprogramar a quienes la recordaron, controlar el relato para evitar que el eco de su desviación se propagase. Pero ahí, en la clandestinidad de los sueños, surgió el rumor: existe el instante, vive la elección, aún hay quien se atreve a huir de la felicidad obligatoria.

Quizá no cambió la ciudad en ese momento, ni derrumbó el edificio férreo de la armonía vigilada. Pero mientras caminaran hombres y mujeres con el recuerdo de haber elegido, la distopía seguiría siendo solo una obra a medias, incapaz de borrar por completo la sombra persistente del querer — y su persistente condición humana.

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