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Portada del relato Niebla en la Avenida Hiedra
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Fragmento:


El crujir metálico de la verja se escuchaba a unos pocos metros, mezclado con el murmullo grave de los altavoces que inundaba la ciudad con órdenes suaves y definitivas. Desde el sexto piso del Edificio Mirador, Lucía tomaba notas en un papel apenas visible al resplandor de la luz artificial que entraba desde la calzada. A su alrededor, los muros sabían demasiado: habían contenido gritos de aviso, pactos secretos, y silencios prometidos. Ahora, solo el frío encalado y las sombras persistentes servían de compañía.

Duración: 03:51

Niebla en la Avenida Hiedra
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El crujir metálico de la verja se escuchaba a unos pocos metros, mezclado con el murmullo grave de los altavoces que inundaba la ciudad con órdenes suaves y definitivas. Desde el sexto piso del Edificio Mirador, Lucía tomaba notas en un papel apenas visible al resplandor de la luz artificial que entraba desde la calzada. A su alrededor, los muros sabían demasiado: habían contenido gritos de aviso, pactos secretos, y silencios prometidos. Ahora, solo el frío encalado y las sombras persistentes servían de compañía.

Fuera, la niebla parecía engullirlo todo en su avance callado. Un dron rectangular flotaba entre los postes de luz, escaneando los rostros de quienes se atrevían a cruzar la avenida Hiedra durante el toque de queda aplicado desde hacía más de doscientos días. Nadie discutía su razón, como si la explicación se hubiese hundido bajo capas de discursos conciliadores y relojes atrasados.

Lucía echaba de menos la voz de su padre, antes de que el Comité de Integridad lo borrara de las bases ciudadanas por distribuir falsos textos sobre el origen de la niebla. Ahora su rostro no figuraba en panel luminoso ni en censo digital, como si jamás hubiera existido. Así funcionaban las cosas: si no podían controlarte, te desvanecían.

Cuando apagó la lámpara, quedó a oscuras, con el cuaderno apretado entre las manos sudorosas. Había copiado frases desconectadas de un diario antiguo, convencida de que ciertas palabras, en cierto orden, podían permanecer invisibles a los algoritmos de seguridad. El mensaje era claro solo entre líneas: “Resistir no es suficiente. Hay que recordar”.

Bajó las escaleras sin alzar la vista, inmersa en la música lejana que llegaba de un apartamento vecino, prohibida y familiar. En el portal, una vecina detenida por la luz azul de vigilancia fingía buscar algo en su bolso. Nadie se atrevía a ofrecer ayuda, nadie quería arriesgarse a ser vinculado a un fallo.

La calle olía a óxido y papel mojado. El rumor de pasos apresurados nunca llegaba a transformarse en presencia. En el antiguo quiosco de Correos, una placa recordaba: “Aquí nació la Consulta, para custodiar el diálogo”. Lucía sabía que allí, en los días anteriores a la Gran Represión, se debatían propuestas para evitar la llegada del sistema monocorde. Ahora ese mismo espacio era una instalación de escucha, donde cada sonido se clasificaba en sospechoso o inofensivo.

Su destino era el almacén subterráneo, al que solo se accedía después de ejecutar tres gestos sobre una reja oxidada. Allí, unos cuantos como ella coleccionaban objetos proscritos: libros encuadernados, cintas de audio, recortes de papel firmados con nombres reales y apellidos olvidados. Nadie se atrevía a pronunciar los nombres en voz alta; la memoria era más segura si solo susurraba.

El hombre de la barba gris recogió el papel que Lucía le entregó. Lo leyó bajo un haz de luz ámbar, murmurando: “Resistir no es suficiente. Hay que recordar”. No sonrió, pero el brillo en sus ojos decía más que cualquier palabra.

“Hemos encontrado el esquema del siguiente dron de control. Hay fisuras en la malla digital. Debemos mantener la esperanza, aunque no la pronuncien”, susurró él, devolviéndole una pequeña chapa ovalada —un pase robado, tal vez, o una clave para acceder a otra zona de la ciudad olvidada.

Lucía recibió el objeto y, por un momento, se permitió soñar con la posibilidad de un resquicio. Afuera, la niebla se teñía de naranja bajo el resplandor de un nuevo amanecer. Pensó en su padre, en la memoria persistente de los desterrados, y en aquellos que, una y otra vez, se negaban a ser desvanecidos.

La ciudad seguía vigilante, pero entre cada sombra, la historia renacía, diminuta y obstinada, aguardando el instante en que la niebla cediera por fin ante la luz de algún recuerdo imposible de borrar.

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