Fragmento:
Para los habitantes de la Circunvalación Tres, el tiempo se estabilizaba justo ahí, a las seis y veintisiete de la tarde. Era el momento donde la vida se suspendía, donde los pasos adquirían una cadencia mecánica, porque toda rutina era vigilancia. Los Supervisores vestían de gris, rostros grabados por la costumbre de ver sin mirar, manos descansando sobre las culatas de sus linternas negras, pues la noche era el único enemigo permitido.
Duración: 05:55
Ellos caminaban en líneas, piernas extendiéndose hacia adelante como si el suelo costoso pudiera quebrarse bajo el peso de una duda. El aire tenía ese tinte lechoso de lo ajeno: una mezcla de humedad, sudor y el casi imperceptible rastro de ceniza. Al final de la calle rota por donde avanzaba la procesión, las fachadas ennegrecidas temblaban con el reflejo titilante de cientos de relojes digitales clavados a las puertas, todos marcando la misma hora. Un solo instante repetido, prolongado, sellando el día en un perpetuo crepúsculo.
Para los habitantes de la Circunvalación Tres, el tiempo se estabilizaba justo ahí, a las seis y veintisiete de la tarde. Era el momento donde la vida se suspendía, donde los pasos adquirían una cadencia mecánica, porque toda rutina era vigilancia. Los Supervisores vestían de gris, rostros grabados por la costumbre de ver sin mirar, manos descansando sobre las culatas de sus linternas negras, pues la noche era el único enemigo permitido.
Elián, con sus treinta y siete años doblados sobre un cansancio sin nombre, sabía que la consigna era regresar a casa sin levantar la voz, sin mirar el cielo, sin esperar. Siempre sin esperar. La promesa oficial de una nueva enumeración —la actualización total de horarios— llegaba cada mes y cada mes se posponía. Los rumores nacían y morían en ventanales cerrados: los barrios olvidados sabían que los relojes solo cambiaban en los distritos del norte, donde la luz eléctrica parecía más blanca y la comida menos escasa.
Dentro de su Cubículo 460-b, Elián encontraba las mismas paredes limpias, la silla anclada al suelo, la pantalla circular encendida de manera perpetua. La voz melódica del Informador Común llenaba la estancia: “Recuerda, ciudadano, la calma trae orden. El orden trae permanencia. Gracias por tu cooperación.” En algún momento de la tarde, justo cuando el silencio parecía más denso, Elián pensó en el susurro prohibido que aún persistía en las ruinas: la palabra “elección”.
Fuera, la ciudad era un tapiz de desaliento en lenta ebullición. Los niños aprendían a no preguntar; los ancianos morían sin alterar la exactitud de la población. Las mascotas se extinguían porque el afecto era difícil de controlar y más difícil aún de vigilar. El afecto, sí, esa palabra difusa que Elián apenas recordaba de la infancia. El afecto y la galleta casera, el abrazo antes de dormir —cosas imposibles de documentar, de regular, de limitar a una cuota.
La Red —así, con mayúscula, ese laberinto digital que absorbía todos los datos, todos los gestos y tropiezos— pescaba las vidas en redes diminutas. Cada sueño, cada duda, cada divertimento se declaraba: la privacidad era traición, la opacidad un crimen. Incluso la oscuridad del sueño era monitoreada por sensores ocultos y la pesadilla se convertía en pretexto para una visita de los Ajustadores, aquellos que regulaban el contenido de los sueños para asegurar el buen ánimo social.
Un día, la rutina tuvo una breve fisura: un mensaje anónimo parpadeó en la pantalla de Elián. Una sola palabra: “Despierta”. Breve, casi risible, y sin embargo, Elián sintió que el aire mismo cambiaba de temperatura, que su habitación se detenía. Miró alrededor, titubeó ante la idea de una trampa, pero el texto desapareció tan pronto como apareció, devorado por los algoritmos vigilantes. ¿Despertar de qué?, se preguntó, ¿y para qué? Se permitió mirar su reflejo en la superficie pulida de la mesa, buscando en sus propios ojos una rebelión imposible.
Al día siguiente, las calles tenían una tensión diferente. Nadie lo decía, pero los pasos eran más rápidos, los saludos más cortos, las miradas más fugaces. Una mujer, de cabello moteado y ropa sencilla, le cruzó en la esquina del Archivo Central. Murmuró algo mientras pasaba; Elián sólo captó “mañana” y el roce leve de un papel doblado en su mano. En el baño sin cámaras del Archivo, Elián leyó con avidez la caligrafía temblorosa: “Puente Sur. Medianoche. Ven si recuerdas cómo se siente temblar.”
Esa noche, la ciudad pareció aún más detenida, como si presintiera el roce de algo inminente. Elián se deslizó hacia el Puente Sur, un arco de concreto que alguna vez fue acceso a barrios vibrantes y ahora sólo llevaba a las ruinas selladas del extrarradio. Allí estaban, una decena de figuras envueltas en silencio, ojos brillando bajo la luz enferma de faroles intermitentes. Alguien habló, voz ronca: “¿Tienes miedo?” Elián asintió. “Eso es señal de que todavía eres libre.”
Las palabras caían con el peso de una profecía. Hablaron de otras ciudades, de señales ocultas, de fugas posibles por las tuberías muertas del colector. Compartieron historias de quien alguna vez desafió a los Supervisores y pagó el precio. Pero también de aquellos que aprendieron a vivir en los huecos de la vigilancia, en la costura imperfecta de la Red.
Aquella noche, por primera vez en años, Elián sintió la gravedad de su propio ser: una pulsación caótica bajo el miedo, una esperanza mínima pero feroz. Los demás asintieron en silencio; nadie pidió juramentos, nadie dio nombres. Simplemente se reconocieron por el temblor común que los reunía.
Al separarse de madrugada, la ciudad ya no le pareció tan eterna, ni la resignación tan absoluta. Debajo de la inspección, bajo la mirada indolente de los Supervisores, algo germinaba. La historia de Elián no terminó aquella noche ni se convirtió en epopeya. Pero en los días siguientes, nuevos mensajes, nuevos roces, nuevas fisuras empezaron a tejerse entre desvelos y rutinas. No era aún una rebelión, ni siquiera un manifiesto. Era, apenas, la certeza compartida de que el miedo podía ser la primera grieta. Y que acaso, en algún lugar tras el brillo aséptico de los relojes, todavía existía un mañana.
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