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Fragmento:


Sophie, como todos, llevaba la Marca en el antebrazo. Era una joya vulgar disfrazada de cicatriz: una perfusión lenta de sueños impuesta en la carne. Cada vez que la tocaba, sentía cómo refluía el calor de la sumisión. Los Administradores la aseguraban necesaria —un mecanismo para el bien común— aunque el bien común era un concepto extinto reservado para los parlamentos autómatas que modulaban la programación diaria. Saber un poco más de lo necesario era peligroso, y Sophie tenía el defecto de la curiosidad.

Duración: 04:37

Cuerpos tras el cristal
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El sonido cortante de la alarma era el único lujo que quedaba a los habitantes de la Ciudad Núcleo. Resonaba como un eco constante, orgulloso y desalmado, marcando cada fragmento de tiempo permitido, cada acción, cada pausa, cada respiro. Sophie aprendió desde niña a sincronizar su pulso con la alarma; no hacerlo implicaba desencajar, perder ritmo y, quizá, perderse a sí misma en la inercia de la ingravidez cotidiana. Allí nadie nacía libre, pero tampoco nadie recordaba cómo era la libertad.

La vida bajo las cúpulas consistía en rutinas selladas por el miedo sutil, una línea invisible sobre la piel, como la huella del frío en el hueso desnudo. Afuera, se decía, el aire mataba y el sol era un chiste ácido de los antiguos, ese puñado de ancianos que aún quedaban y cuyos recuerdos se consideraban —por simple estadística— sospechosos. Adentro, la vida se negociaba. No existían secretos, ni sombras para esconderlos. La vigilancia no era cosa de máquinas: cada individuo era a la vez reo y carcelero; se advertían, se delataban, no por crueldad, sino por esa costumbre cultural del temor útil.

Sophie, como todos, llevaba la Marca en el antebrazo. Era una joya vulgar disfrazada de cicatriz: una perfusión lenta de sueños impuesta en la carne. Cada vez que la tocaba, sentía cómo refluía el calor de la sumisión. Los Administradores la aseguraban necesaria —un mecanismo para el bien común— aunque el bien común era un concepto extinto reservado para los parlamentos autómatas que modulaban la programación diaria. Saber un poco más de lo necesario era peligroso, y Sophie tenía el defecto de la curiosidad.

En su lugar de trabajo, la Sala de Ecos, analizaba registros de conducta: palabras y gestos grabados por una red finísima de sensores ocultos en el mobiliario. Buscaba con cansancio signos de anormalidad, desviaciones de rutina, microtraiciones que pudiesen predecir la fricción y el colapso. Pero Sophie se preguntaba a menudo —en algún pliegue oculto de su mente— si era posible distinguir la verdadera desviación cuando todo lo que persistía era una gran actuación coral, una coreografía de máscaras bien ajustadas.

Una tarde, al revisar la proyección de un corredor vacío, notó el leve temblor de una sombra, demasiado prolongada, demasiado densa. La imagen pulsó con una breve alteración, una figura que era y no era, y luego la nada familiar. No debía investigarlo. Era preferible reportar la anomalía y olvidar. Pero el impulso, esa rémora humana, la empujó a copiar la grabación en su memoria personal y a buscar patrones, a desenterrar la estadística impía de otras sombras mal resueltas.

El descubrimiento la llevó hasta Viktor, un varón de rostro demacrado y voz débil, cuya Marca parecía casi borrada por la erosión de su propia rebeldía. En un encuentro furtivo, Sophie preguntó: “¿Por qué?”, y Viktor, con una sonrisa achatada por el dolor, le susurró: “No queríamos desaparecer; solo recordarnos humanos”. Así funcionaba la resistencia: no aspiraba al cambio, no soñaba con la revolución. Bastaba con gestos mínimos —un susurro, un parpadeo fuera de turno, la osadía de un poema— para que la maquinaria oxidada de la vigilancia tambaleara.

Poco a poco, Sophie se fue sumando a esos pequeños actos de insurrección: descolgó un cuadro insulso en la sala común y lo sustituyó por una hoja blanca, inventó nuevos saludos en las pausas del almuerzo, desvió datos sin importancia solo para sentirse la mano sobre el teclado, y no un eco más de la Red. Sabía que el castigo era desmesurado e inminente. Disolverse. Así llamaban a la pena máxima: la atomización del individuo, el borrado de todo rastro, como si nunca hubiese respirado el aire prestado de la cúpula.

Sophie observó cómo caía la lluvia sintética sobre el domo de la Ciudad Núcleo, y pensó en los que ya no estaban, en los que solo quedaban como fallas extrañas en los archivos, como anomalías sin explicación. Entendió, por fin, que la única resistencia posible era el reconocimiento silencioso de la diferencia: conservar la posibilidad de un pensamiento propio. Cuando activaron las luces rojas y el sonido infernal del Juicio, no opuso resistencia. Caminó con dignidad hacia la disolución.

La última sensación fue la de un pulso, el pulso de su corazón desbordando por encima de la alarma, un instante más allá del control, un latido perdido para siempre en esa arquitectura fría y perfecta. Y si algún día la cúpula se agrietaba, quizá la sombra de ese latido sería la grieta por la que entraría la primera bocanada del aire libre.

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