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Portada del relato El eco de las promesas rotas
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Fragmento:


El barrio dormitaba en una coreografía exacta: miles saliendo de cubículos idénticos, congregándose en plataformas de transporte donde no era necesario hablar. Nadie reía, nadie lloraba en público; a todos les habían quitado ya ese derecho en nombre de la estabilidad. Iris recordaba, aunque apenas, cómo era la vida antes de que todo fueran puntuaciones e informes. Bajo la ciudad, una vez, hubo risas suaves, incluso discusiones amables. Ahora una sola queja podía significar la "derivación", esa palabra sin sentido que vibraba sobre los desaparecidos.

Duración: 04:15

El eco de las promesas rotas
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Las sirenas que cortaban el amanecer devolvían a todos a la frontera del sueño y el espanto. No era un toque de alarma más, sino el recordatorio diario: había que recordar el lugar y el peso de cada uno. En las primeras luces, cuando la neblina se colaba entre los bloques de hormigón, los ciudadanos vestían sus uniformes: gamas de grises clasificadas según registros digitales de productividad. Era la ciudad que nunca cambiaba, salvo para endurecerse.

Iris abrió los ojos, sintiendo la presión de los sensores bajo la almohada, vigilando si su descanso era el reglamentario. Apagó el zumbido con un pensamiento, preguntándose qué pasaría si alguna vez ignoraba esa orden invisible. A su alrededor, las paredes se iluminaron con gráficos: nivel de obediencia, salud emocional, previsión de rendimiento. "Eres valiosa para la comunidad, Iris", coreó la voz suave, una madre artificial que velaba por cada adulto. Una mentira reconfortante.

El barrio dormitaba en una coreografía exacta: miles saliendo de cubículos idénticos, congregándose en plataformas de transporte donde no era necesario hablar. Nadie reía, nadie lloraba en público; a todos les habían quitado ya ese derecho en nombre de la estabilidad. Iris recordaba, aunque apenas, cómo era la vida antes de que todo fueran puntuaciones e informes. Bajo la ciudad, una vez, hubo risas suaves, incluso discusiones amables. Ahora una sola queja podía significar la "derivación", esa palabra sin sentido que vibraba sobre los desaparecidos.

Entró a su fábrica. No había chimeneas ni ruidos, solo máquinas y humanos intercambiando tareas como piezas intercambiables. Todo era designado por algoritmos, incluso los descansos y los sueños. Aquella mañana, una notificación privada titiló en su pantalla personal: “Nivel emocional preocupante”. Iris notó cómo su respiración se aceleraba. Proyectaron ante sus ojos recuerdos de días “felices”, emulados burdamente, para corregirla. No la dejaron sentir tristeza. Nadie debía sentirla.

Pero detrás de la fachada de conformidad, algunos sabían leer los signos. Tras las cortinas de humo sintético y las calles asépticas, se gestaba otra vida, subterránea y peligrosa. Había grietas: mensajes cifrados trazados en el vaho de los cristales, miradas demasiado prolongadas al cruzar corredores, cajas de comida con notas escondidas. Iris había seguido el rastro de pequeñas rebeldías sin comprender el motivo real; tal vez por inercia, tal vez porque aún creía en el eco olvidado del amor.

Una noche, mientras las patrullas invisibles monitoreaban los latidos de la ciudad, Iris se aventuró por los pasillos menos transitados. En el sótano, detrás de una vieja compuerta marcada para desecho, la esperaba un grupo de figuras sin uniforme. No tenían pantallas ni madres electrónicas. Sus rostros, surcados por fatiga y esperanza, la invitaron a sentarse. Uno, de cabello entrecano, extendió un cuaderno: era ilegal, papel y tinta para guardar recuerdos. Lo abrió: había poesía. Palabras que bailaban libres entre párrafos, reflejando el dolor y las ansias de quienes no aceptaban el gris impuesto.

La resistencia, le dijeron, no era enfrentarse: era recordar, era llorar, era amar. Era no dejar que la máquina comiera los sueños. Por primera vez en años, Iris sintió miedo de verdad, y también una chispa de gozo primigenio. Ellos compartieron su ansiedad, y en ese acto íntimo encontraron una fuerza que ninguna estadística podía medir. Decidieron compartir historias, aunque fueran sus últimas; sería su huella, una grieta irreversible.

Al salir, la bruma era más espesa, y las cámaras giraban sobre sí mismas en busca de anomalías. Nadie supo nunca si Iris los delató. Nadie supo tampoco por cuánto tiempo su pequeño círculo de humanidad resistió el avance de la autoridad. Pero en los días siguientes, entre las silenciosas filas de trabajadores, algunos juraron haber visto un destello en los ojos agotados, una resistencia secreta, el rumor de un poema recitado en voz baja justo antes de que amaneciera. Un eco, apenas perceptible, de un mundo que aún no se había dejado exterminar.

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