Crónicas de la Torre I. El Valle de los Lobos
Nacida de la llama: (La senda de los dragones, Libro1)
MEMENTO MORI: Las Tumbas
Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
Saga completa en castellano. Edición limitada.: 1-6 (Saga Blackwater)
Pack Harry Potter - La serie completa
Portada del relato Ecos de Ceniza
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Fragmento:


En el apartamento R9-A, la oscuridad era una piel. Todo lo que necesitaban estaba sellado y numerado: comida concentrada en porciones despersonalizadas, agua reciclada, ropa intercambiable, el manual obligatorio del Ciudadano Formal sobre la mesa pulida y, sobre todo, las pastillas grises que la Compañía entregaba a diario. Nunca preguntó qué contenían. Todos sabían que preguntar significaba que un día no recibirías las pastillas, y entonces empezarías a escuchar los murmullos a través de las paredes, las mismas que lo observaban todo.

Duración: 05:27

Ecos de Ceniza
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Estaba prohibido mirar por la ventana después del toque de queda. A veces, cuando el sol moría tras los rascacielos oxidados, Leona no podía contenerse y se asomaba entre los jirones de cortinas, apenas apartadas, para ver el fulgor de los drones flotando sobre la Avenidad Central. Ver y ser vista era lo mismo en la ciudad, así que vigilaba el reflejo de sus propios ojos en el cristal tanto como el movimiento de las sombras fuera.

En el apartamento R9-A, la oscuridad era una piel. Todo lo que necesitaban estaba sellado y numerado: comida concentrada en porciones despersonalizadas, agua reciclada, ropa intercambiable, el manual obligatorio del Ciudadano Formal sobre la mesa pulida y, sobre todo, las pastillas grises que la Compañía entregaba a diario. Nunca preguntó qué contenían. Todos sabían que preguntar significaba que un día no recibirías las pastillas, y entonces empezarías a escuchar los murmullos a través de las paredes, las mismas que lo observaban todo.

Su esposo, Iren, dormía demasiado, o eso decía. Leona sentía que él se había rendido, como muchos otros. Aceptó las normas con la docilidad de quien conoce los horrores del exilio. Dentro de la ciudad, al menos, podías sobrevivir. La alternativa era maldecida en murmullos: afuera, el Umbral, las tierras prohibidas. Razón de más para vigilar los pasos, para no levantar sospechas, para borrar hasta el último vestigio de individualidad.

Los drones no solo patrullaban. También dialogaban con las pantallas de los apartamentos y con la red neuronal biopolítica que sostenía el poder de la Directriz. Una vez al mes, cada ciudadano debía acudir a la Cámara de Claridad para su sesión de alineamiento. Preguntas, análisis de patrones cerebrales, microexpresiones escaneadas, recuerdos revisados. Todo por su propio "bienestar", por vuestra "armonía social". Leona logró simular paz, pero en el fondo solo sentía una violencia interna: un éter corrosivo, una sed de algo antiguo y perdido.

Lo encontró un día tras la lluvia ácida. En la grieta de una baldosa, sobre el paseo, asomó un papel mojado: una palabra escrita a mano, titilante, casi ilegible. "Recuerda". Nadie escribía. Nadie tenía bolígrafos, solo teclados y pantallas autocensurantes. Recogerlo fue un acto de insurrección, aunque minúsculo. Guardó la nota junto al corazón y durante días no pudo dormir. ¿Quién era ese otro que había dejado el mensaje? ¿Qué debía recordar?

Así empezó la búsqueda. Bajó al sótano sin cámaras —un lujo ignorado por los diseñadores—, esperando no cruzarse con ningún vecino. Conocía los mapas subterráneos, pues antes de la clausura de las bibliotecas, fue archivista. Aprendió a leer las cicatrices de la ciudad. Bajo los cimientos, en galerías olvidadas, encontró inscripciones, fotos viejas, retazos de diarios; fragmentos de una vida previa a la Directriz. Imágenes de niños jugando en el barro, risas sin máscara, reuniones en plazas abiertas. Signos de una civilización que había sido despojada de su memoria.

Cuando Leona regresó, trajo consigo más que nostalgia: trajo la convicción de que, aunque la ciudad vigilase cada gesto, aún persistía un estrato de humanidad imposible de erradicar. Empezó a comunicarse con otros rebeldes, primero con frases cifradas en mensajes de ayuda técnica, luego con miradas significativas, después arriesgando encuentros breves en pasadizos oscuros. La resistencia era diminuta, invisiblemente tejida entre prohibiciones y miedos, pero viva.

La Compañía respondió con una campaña de purgas. De repente, algunos apartamentos nacionales quedaban vacíos. Vecinos ausentes, eliminados de registros, borrados hasta de la memoria colectiva. La amenaza se hizo palpable, pero también el fervor. La Directriz temía el recuerdo más que cualquier acto. Temía el eco de la vida anterior, esa vibración inabarcable que, de pronto, despertaba en sueños de miles de personas.

Una noche, al regresar de su trabajo asignado, Leona descubrió que Iren no estaba. No había mensaje, solo una luz titilante en la pantalla: “No busques.” El apartamento estaba vacío, y el silencio, lleno de gritos invisibles. Se sentó en la cama, recordando todas las noches en las que se prometió que huiría antes de perder su último lazo. Decidió actuar.

El siguiente amanecer, arriesgando todo, tomó la red de túneles subterráneos y llegó hasta las puertas olvidadas de la ciudad, esos umbrales ocultos que solo los antiguos empleados conocían. Allí se encontró con otros marcados por la pérdida y la furia; no eran héroes, solo seres humanos despojados de todo menos su capacidad de soñar.

Cruzaron juntos hacia el otro lado. El exilio era un infierno sin promesas, pero la ciudad había dejado de ser un refugio.

Días después, en mitad de la intemperie y el polvo de los vertederos exteriores, Leona abrió el papel empapado y escribió en el dorso: "Somos aún." Lo dejó entre las rocas, segura de que algún otro, alguna noche futura, lo encontraría.

Dentro de la ciudad, la Directriz reforzaba los controles y reescribía la memoria colectiva una vez más. Pero cada amanecer era más difícil borrar la huella del recuerdo, porque mientras un solo ciudadano conservara la palabra, el contagio seguiría creciendo.

Y así, la ciudad se preparó, sin saberlo, para el derrumbe dulce de una memoria indomable.

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