La niebla lo adensa todo en una pátina entre la razón y el olvido. Los camiones de los censores pasan cada alba por el bulevar, ventilan aguardiente y pólvora, recogen niños bautizados con nombres de caída y fragmentan las conversaciones en las plazas. Nadie recuerda cuándo fue la primera mañana que bajó el telón de seda sobre la mente colectiva, pero todos distinguen ya el timbre exacto del claxon de advertencia: tres notas disonantes que trituran la última esperanza.
En la Ciudad-Espejo las fachadas están forradas de pantallas que devuelven imágenes de ayer, cuidadosamente editadas. Hay relojes pero ninguna hora se repite, y cada paso en falso requiere la expiación pública de una sonrisa. Las gentes, peinadas y uniformadas, avanzan sin titubeos, como si vivir fuese una coreografía que solo ellos conocen: creer que son únicos mientras repiten los gestos de una danza sin fin. La lluvia, programada para purgar cualquier brote de espontaneidad, lava el cemento y el pensamiento a partes iguales. Solo los viejos ocultan bajo la lengua las palabras proscritas, paladeándolas como quien guarda el veneno para el enemigo adecuado.
El Pórtico es la frontera final, ese arco sin nombre donde los funcionarios de la Administración Fluyente verifican las intenciones. Enhebran, pesan y deciden el destino de cada individuo por el grado de conformidad con el Calendario Solar, un almanaque de acontecimientos prescritos por expertos ocultos tras visillos electrónicos. Entrar en el Registro es firmar con sangre el olvido de todas las dudas. Diecisiete veces al año se celebra el Día de la Limpidez, jornada de narices rotas y sonrisas disecadas donde la policía de las Gestualidades confirma que todos sonríen según lo debido: ni demasiado, ni demasiado poco, pues todo extremo es síntoma de disenso, y el disenso la semilla de la desaparición.
En las sombras del Sector Sur languidece Ireneo, barrendero de segunda generación y memorioso autoproclamado. Sus bolsillos guardan retazos de textos prohibidos: fragmentos de romances idos, definiciones de justicia y hasta la receta de una sopa primitiva perdida en la vigilia de la ortodoxia. En la soledad de las noches, mientras la radio municipal vomita alegorías de la tempestad, Ireneo tararea melodías que hace dos décadas hubiesen supuesto una detención sumaria. Sueña con una puerta trasera, un modo de llegar hasta el Lago sin Reflejo, ese rincón de la geografía olvidada donde, según los mitos, la realidad nunca fue filtrada.
La élite de la Ciudad-Espejo, los Guías, vigilan desde torres de cristal rosa. No gobiernan, solo administran el miedo: meditan sobre las cuotas de dolor, actualizan el glosario de eufemismos y escogen diariamente a un “apóstata gris” para la purga pública, un ritual transmitido en pantallas donde la multitud practica la terapia del repudio. Cuando el nombre de Ireneo aparece en las listas, no hay sorpresa: la Historia, aquí, es un mosaico de repeticiones tediosas. En el trayecto hacia la purificación, Ireneo mira a la multitud: los ojos vidriosos, las manos crispadas. Por un instante recuerda la definición de revolución: “actuar cuando el miedo es compartido por todos”. Pero sabe, por las arrugas de sus propios labios, que el miedo, en la Ciudad-Espejo, nunca se comparte, solo se recicla, renueva y reviste.
A la mañana siguiente, la lluvia lava toda huella de su paso. Sobre el Pórtico, una nueva consigna titila en la pantalla: “Sonríe, la historia te observa”. Algunos niños, jugando en el borde de la plaza, encuentran unas palabras escondidas bajo una piedra: “Ser es recordar”. No entienden su significado. Y por eso, en el futuro recitado por el Estado, nunca habrá rastro de nombres, sólo la inercia de sobrevivir tras los cristales empañados, esperando, sin palabras, a que algún día la niebla se retire.
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