Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
Black Bird Academy: Amor a la muerte
Dos coronas retorcidas (EDICIÓN ESPECIAL LIMITADA)
Nacida de la llama: (La senda de los dragones, Libro1)
El Archivo de las Tormentas (estuche con los tres volúmenes)
Portada del relato La Región de los Susurros
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Todos, en uno u otro momento, han intentado olvidar el Día de la Reforma. Nadie hubiese imaginado hasta qué punto la voluntad del Pacto sería absoluta, ni cuán fácil es vulnerar las convicciones individuales cuando lo que se juega es la supervivencia. Las primeras semanas tras la instauración del nuevo Consejo pasaron entre celebraciones forzadas y una sucesión de decretos que, bajo la hipnótica retórica del bienestar común, tejían alrededor de cada ciudadano una red invisible e inquebrantable.

Duración: 05:35

La Región de los Susurros
-a / +A

La luz neón de la ciudad nunca desaparece; ni siquiera el manto perpetuo de ceniza que, desde hace años, cae silenciosamente desde unos cielos donde los helicópteros zumban como insectos, logra apagar el resplandor artificial que lo abarca todo. Es noche perpetua en la Metropoli, al menos en el sentido simbólico en que la gente lo entiende en susurros, con esa mezcla de resignación y una esperanza tan desgastada como los adoquines de la vieja Avenida del Compromiso.

Todos, en uno u otro momento, han intentado olvidar el Día de la Reforma. Nadie hubiese imaginado hasta qué punto la voluntad del Pacto sería absoluta, ni cuán fácil es vulnerar las convicciones individuales cuando lo que se juega es la supervivencia. Las primeras semanas tras la instauración del nuevo Consejo pasaron entre celebraciones forzadas y una sucesión de decretos que, bajo la hipnótica retórica del bienestar común, tejían alrededor de cada ciudadano una red invisible e inquebrantable.

Ariadne, en su apartamento gris de la Calle del Acuerdo, acababa de terminar su turno en el Ministerio del Registro. Trabajaba archivando declaraciones de voluntad, los documentos que cada individuo debía remitir mensualmente para declarar su nivel de adhesión a las Directrices. No importaba hacia qué lado se inclinase el sentimiento privado; el sistema evaluaba la sinceridad de los escritos con una red de algoritmos que cruzaban patrones lingüísticos y expresiones emocionales. Y si el algoritmo encontraba un rastro de duda, la persona era citada en el Núcleo de Revisión. Ariadne había visto desaparecer a colegas, vecinos, incluso a su propio hermano, siempre con la promesa de reintegración tras una breve “corrección”. Nadie volvía jamás exactamente igual y, a veces, nadie volvía.

Las calles estaban vigiladas por los Veedores, figuras envueltas en uniformes camaleónicos cuyo único rasgo reseñable eran las placas que brillaban en el pecho: un ojo rodeado por la silueta de una mano abierta. Su presencia era una advertencia permanente y un recordatorio de que la privacidad había sido proscrita. Incluso dentro de los propios hogares, los Muros Testigos -paneles translúcidos sobre las paredes- escaneaban conductas, expresiones faciales y tonos de voz en busca de posibles semillas de disenso.

Esa noche, Ariadne recibió una carta sin remitente, una rareza en una época donde todo tránsito de información era trazado. El sobre, hecho de un papel demasiado áspero y delgado, solo contenía una frase: “El laberinto está debajo.” La examinó con los ojos devastados de alguien a quien la sospecha le anestesiaba el miedo. Sabía qué significaba: alguien la invitaba al circuito clandestino de resistencia, un grupo reducido de renegados que comunicaban su existencia a través de micro-mensajes, símbolos y palabras codificadas en los objetos corrientes de la vida diaria.

En ese momento sintió la pulsación de su propio nombre. Ariadne, como la que ayudó a escapar del laberinto, se dijo con amargura. Pero aquí cada salida tenía un costo y todo intento de huida era una traición no solo a la autoridad, sino, peor aún, a la vasta red de vigilancia tejida en la propia psique por el miedo.

El laberinto, supo de inmediato, debía ser el subsuelo de la ciudad: esa red primigenia de túneles y pasillos sellados antes de la Reforma, donde antiguamente se escondían los marginados y ahora, probablemente, los únicos vestigios de pensamiento libre. Ariadne miró a través del cristal opaco de su ventana. En la distancia, las sombras de las torres administrativas se cortaban contra la ceniza persistente como dientes de un monstruo adormecido.

Al día siguiente, tras llenar su declaración con la esperada dosis de entusiasmo artificial, decidió actuar. Salió antes del alba, caminando sin un destino claro, simulando rutina, mientras en el bolsillo ocultaba el mensaje. Alcanzó la estación cerrada de la Línea Rota, deslizó la mano bajo el banco de madera corroído, y palpó una trampilla. La abrió sin mirar atrás y descendió. La oscuridad la envolvió mientras el zumbido de la superficie se desvanecía.

El subsuelo olía a polvo ferrosos y humedad. Descubrió luces temblorosas a lo lejos donde, poco a poco, emergían siluetas de otros: nadie se atrevía a hablar en voz alta, solo gestos mínimos, destellos ocasionales de humanidad genuina. En esa penumbra su voto privado, su verdadero deseo, encontró otras voluntades quebradas pero unidas por la negación de la mentira.

Pasaron horas, días. Ariadne aprendió códigos, compartió historias, experimentó la ebriedad de una conversación sin testigos. Pero también supo que el Consejo, en su sabiduría calculadora, había previsto el surgimiento de un subsuelo. Nunca llega el “afuera” definitivo. El laberinto tenía ojos, oídos, manos extendidas por todas partes.

Una noche, al regresar de una reunión en las profundidades, encontró a los Veedores esperándola en su apartamento. La acusaron de “ausencia de fe”, término implacable que convertía cualquier humanidad en delito. Su corazón latía con la certeza del final. Sin embargo, mientras escuchaba la letanía de cargos en su contra, comprendió: la resistencia no consiste en ganar, sino en seguir siendo, aunque sea en una celda, aunque el precio sea el olvido. Y quizás, en algún rincón del laberinto, alguien más encontrará el mensaje y la memoria de un nombre como guía para no conformarse.

La luz neón seguiría encendida y caería la ceniza sobre todo, pero el eco de las viejas promesas rotas permanecería resonando bajo la superficie, allí donde el miedo no pudiese silenciar la posibilidad de otro despertar.

Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
Black Bird Academy: Amor a la muerte
Dos coronas retorcidas (EDICIÓN ESPECIAL LIMITADA)
Nacida de la llama: (La senda de los dragones, Libro1)
El Archivo de las Tormentas (estuche con los tres volúmenes)

Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.