Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
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Dos coronas retorcidas (EDICIÓN ESPECIAL LIMITADA)
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Portada del relato La cúpula del nocturno
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Fragmento:


Elyra despertaba cada mañana con la respiración atada a la garganta, preguntándose si ese sería el día en que su voz la traicionaría. Desde la instauración del Código de Confesión –un entramado de leyes que forzaba a la ciudadanía a grabar diariamente pensamientos y opiniones para “proteger la autenticidad”– nadie podía confiar en sí mismo. Dormir era difícil. Soñar, virtualmente ilegal.

Duración: 05:49

La cúpula del nocturno
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Era común caminar a través de las calles cubiertas de neblina, con los ojos esquivando a cualquier desconocido. Las piedras parecían susurrar advertencias bajo las suelas de los que todavía se aventuraban afuera. Nadie salía dos veces en un mismo día; la Censura Invisible tomaba formas extrañas, y era uno de esos miedos que se anidaban en los huesos antes incluso de aprender su nombre. La ciudad de Arisberg había sido, según las leyendas apócrifas, un jardín donde la gente cantaba en las plazas y recitaba los sueños al viento. Ahora el único canto era el de las bocinas, zumbando mensajes del Consejo durante horas irregulares, siempre cuando menos se esperaba.

Elyra despertaba cada mañana con la respiración atada a la garganta, preguntándose si ese sería el día en que su voz la traicionaría. Desde la instauración del Código de Confesión –un entramado de leyes que forzaba a la ciudadanía a grabar diariamente pensamientos y opiniones para “proteger la autenticidad”– nadie podía confiar en sí mismo. Dormir era difícil. Soñar, virtualmente ilegal.

Salía de su apartamento gris metalizado a la hora permitida y pasaba por el Detector de Intenciones, un arco iridiscente al que uno debía ofrecer la palma. Decían que algunos quedaban quemados, como si el arco supiera distinguir la esperanza de la obediencia. Elyra siempre pensaba en nada, repetía mentalmente una fórmula matemática aprendida de niña. El arco zumbaba, la electricidad se apartaba de su mano temblorosa y ella podía continuar sus pasos.

En el trabajo, apenas se levantaban miradas. Todo, desde el modo en que se saludaban hasta la cadencia de los teclados, era medido por el sistema de calificación. Solo una vez excedida cierta cuota de “humanidad programada” uno podía atreverse a soltar una palabra ligeramente distinta. Elyra tecleaba informes sobre producción de lácteos, aunque hacía años que nadie recordaba el sabor de la leche: las “nutribriks” habían sustituido cada recuerdo posible de dulzura.

A veces, alguien era llamado al despacho de supervisión y no regresaba. La pantalla común en la sala mostraba, minutos después, un mensaje neutral: “Colaborador reasignado.” Todos sabían que significaba “desaparecido”. Elyra nunca preguntaba, aunque a veces su estómago se retorcía de rabia muda.

Una noche, arriesgándose mucho, colocó un pequeño grabador en el hueco de la calefacción. Lo encendió apenas su respiración pareció acompasarse con el zumbido de los tubos. Volvió a escuchar la voz de su abuela, un fragmento rescatado de viejas grabaciones que había logrado ocultar cada vez que el Consejo realizaba batidas de objetos prohibidos. “El eco de nuestra memoria, Elyra, es lo último que nos podrán quitar.” Palabras que se clavaban porque nadie debía recordar; las memorias eran mónadas peligrosas, capaces de hinchar los corazones hasta soñar con otro futuro.

A la mañana siguiente, repitió el ritual del Detector. El supervisor la observó un segundo más de lo usual, los cálculos pasaron arrastrándose por sus pupilas claras. “¿Ha dormido bien?” preguntó, pero como todo aquí, la pregunta era el disfraz de otra cosa. “Dentro de lo posible,” contestó Elyra, y el supervisor pareció contentarse.

Aquella tarde, mientras pasaba un informe a la sección de controles, un fragmento de papel cayó del archivador. Nadie usaba papel. Con los dedos apenas separó la hoja: una frase escrita a mano, solo tres palabras. “No eres sola.” El pulso le retumbó en la garganta, la sangre en los oídos. ¿Alguien la vigilaba? ¿O alguien había decidido correr el mismo riesgo insensato de mirar alrededor y buscar a los suyos?

Durante días, Elyra no pudo desprenderse de la urgencia mezclada con terror. Era demasiado arriesgado preguntar, pero empezó a mirar más allá de los gestos programados: la pequeña inclinación de la cabeza de una compañera, el modo en que otro paseaba el pulgar sobre la muñeca como si recordara algo perdido. Pronto, en las horas oscuras del amanecer, aprendió a distinguir las señales invisibles. Una grieta en un portal, tres golpes en la mesa, el gesto de dejar caer una moneda y no recogerla. Todos esos hilos formaban una red susurrante.

Una noche, el grabador zumbó con voz ajena: “Podemos leer otra vez”. La frase era una herejía suficiente para perderlo todo. Elyra, aun sabiendo que aquello bien podía ser una trampa, siguió el rastro de mensajes para encontrar, en una sala abandonada junto a las tuberías principales, a una docena de figuras. Nadie alzaba la voz, pero los ojos, oh, los ojos brillaban con un hambre vieja: libros acurrucados bajo mantas, fragmentos de poesía cortados de hojas huérfanas, historias escapando de los labios como manantiales cegados.

Elyra sintió renacer algo, como un brote tierno empujando la corteza reseca de un árbol. Allí estaba la resistencia, no como ejército, sino como coral frágil: una pequeña multitud que aprendía a narrarse sus nombres, a recordarse humanos, en cada frase que el régimen temía. Entre ellos, el miedo no se desvanecía: latía junto a la esperanza, maravilloso y terrible.

Tal vez la rebelión no sería cuestión de grandes gestas, sino de gestos minúsculos: la memoria de una abuela, la frase recuperada, una hoja de papel perdida a propósito. Elyra entendió, mientras el eco de las palabras flotaba entre tuberías y alientos, que el poder más temido del Consejo radicaba en su fragilidad: ninguna ley, ningún código, podía evitar que alguien recordara, susurrara, soñara. La voz humana, incluso quebrada, sostenía el mundo que aún quería nacer.

Y al salir, con la noche apretada entre los huesos, Elyra sostuvo una certeza nueva: bajo la quietud de los días, el umbral de las promesas seguía esperando a ser cruzado, una vez más.

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