Tras la puerta
De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
Edición limitada de la novela Anatema.
Saga completa en castellano. Edición limitada.: 1-6 (Saga Blackwater)
Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
Portada del relato El Reloj de Ceniza
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Fragmento:


Tendría que usar la memoria con más cautela, después de los últimos ajustes realizados por los ingenieros psicopolíticos. Sin embargo, Armand aún era capaz, en algunas madrugadas indecisas, de aferrarse a fragmentos de recuerdos que no encajaban en el bullicioso tapiz de su vida diaria. Aquellos eran diminutos focos de resistencia: una mirada que duraba menos de un segundo entre dos individuos en la estación de transferencia, el rumor de un sonido incompatible con la música administrada por el Comité Auditivo, un leve temblor en las manos de su hija adolescente que no podía ser explicado por la dieta regulada.

Duración: 04:22

El Reloj de Ceniza
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Tendría que usar la memoria con más cautela, después de los últimos ajustes realizados por los ingenieros psicopolíticos. Sin embargo, Armand aún era capaz, en algunas madrugadas indecisas, de aferrarse a fragmentos de recuerdos que no encajaban en el bullicioso tapiz de su vida diaria. Aquellos eran diminutos focos de resistencia: una mirada que duraba menos de un segundo entre dos individuos en la estación de transferencia, el rumor de un sonido incompatible con la música administrada por el Comité Auditivo, un leve temblor en las manos de su hija adolescente que no podía ser explicado por la dieta regulada.

Atravesaba las avenidas despobladas al amanecer rumbo a su puesto en la División de Concordancia, donde se aseguraba que los anuncios de los muros parpadeantes coincidieran con la versión diaria aprobada de la Historia. No había margen para el error; cada imagen alterada, cada palabra omitida, podía desembocar en una cadena de interrogatorios, reasignaciones, desapariciones sin explicación. En la máquina de café filtrado, los compañeros de Armand hablaban —cuando se atrevían— en parábolas y frases truncas. Las ventanas daban siempre al mismo callejón; a nadie parecía ocurrírsele que alguna vez las vistas pudieran haber sido diferentes.

La presidenta, omnipresente en los anuncios y en las consignas, sonreía desde todas las pantallas, asegurando a la población que el orden presente era irreversible, la paz eterna, el tiempo diluido en una certeza anestesiada. La Penumbra, como la llamaban a veces quienes sabían recurrir al humor de los antiguos, no era una oscuridad densa, sino una claridad fría, casi glacial, que impregnaba todo con un resabio de insipidez inexorable.

En la escuela, los niños vestían uniformes translúcidos que absorbían las señales de control emocional; en los hospitales, la terapia de reintegración cognitiva borraba cualquier sueño sospechoso, cualquier compulsión narrativa fuera de lo programado. Armand, cada noche, escuchaba bajo la almohada la grabación de antiguas canciones prohibidas, arriesgando su estabilidad emocional, incluso su permanencia en la ciudad; pero era la única manera de mantenerse cuerdo en un mundo donde la cordura era sinónimo de aceptación.

La idea comenzó como una sombra: ¿Qué pasaría si los Relojes de Ceniza, instalados en cada hogar para regular la productividad y el ocio, fallaban durante unos minutos? ¿Qué ocurriría si, en ese breve hiato, los ciudadanos se mirasen unos a otros y recordasen? No grandes cosas —no poesía ni discursos heroicos—, sino gestos pequeños: la manera exacta en que una madre abría una ventana, el perfume secreto de la infancia perdida, la risa incontrolable en las viejas cocinas antes de que todo fuera medido y autorizado.

El rumor recorrió la ciudad una tarde de tempestad artificial, cuando los sistemas automáticos de las lluvias fallaron y el agua fluyó de los canales desbordados, mojando los pies de los peatones en los barrios nobles. Armand, empapado y aturdido, oyó risas genuinas en el transporte colectivo. Por un instante, todos bajaron la guardia, y en ese instante fue como si una brecha diminuta se abriese en el muro interior de cada uno.

La represalia fue meticulosa y veloz. Los inspectores, vestidos de blanco y plomo, descendieron en enjambres para relevar, suplantar, rehabilitar. Se cerraron calles, se interrumpieron señales. Pero lo hecho no pudo ser deshecho; la diferencia era sutil, pero Armand la percibía en los ojos de sus vecinos, en la inflexión inaudible de los saludos, en una nueva inquietud palpable en el amanecer.

Sabía, con la certeza de un soñador condenado, que ninguna rebelión abierta triunfaría, que la Penumbra poseía recursos infinitos para reconstituirse. Pero también sabía —lo supo cuando una niña le entregó una hoja seca, oculta en su puño diminuto— que resistir en lo minúsculo, cultivar jardines de cuervos en las grietas del cemento, era ya una forma de victoria. En las noches posteriores al incidente, la ciudad entera parecía respirar en compás quieto, esperando quién sería el primero en hablar en voz alta, en reclamar el derecho a nombrar lo innombrado.

Y cuando por fin ocurrió, nadie pudo decir si fue deliberado o accidental: sólo que, de repente, la Penumbra ya no era tan total; que, en el rumor de las hojas arrastradas por el viento, algo irreverente y persistente comenzaba a germinar.

Tras la puerta
De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
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