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Fragmento:


La Capital giraba en torno a los círculos del poder: el Comité de Control, los arquitectos de un sistema cuyo combustible era el miedo, y cuyo arte era el olvido. Aquellos que desafiaran la palabra oficial eran reprogramados, o peor, silenciados. Los hijos aprendían, antes que a leer, los símbolos de alerta que parpadeaban en las paredes: “NO PREGUNTES”, “NO RECUERDES”. La obediencia no era devoción, sino pura supervivencia.

Duración: 05:28

Cenizas de un Imperio
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Las sombras desbordaban los edificios de Neoterria, donde once mil días de vigilancia habían conformado a sus habitantes en autómatas obedientes. A esa hora, cuando la luz de los drones se filtraba por los cristales rotos, Helena Vangard tomaba asiento frente a la mesa vacía. Los muros de su departamento, como los de miles en la ciudad, habían registrado y archivado cada una de sus palabras. Nadie recordaba cómo era hablar sin pensar en las consecuencias. Nadie, excepto los miembros de la Sociedad de la Tinta, que aún confiaban en el poder subversivo de una idea escrita a mano.

La Capital giraba en torno a los círculos del poder: el Comité de Control, los arquitectos de un sistema cuyo combustible era el miedo, y cuyo arte era el olvido. Aquellos que desafiaran la palabra oficial eran reprogramados, o peor, silenciados. Los hijos aprendían, antes que a leer, los símbolos de alerta que parpadeaban en las paredes: “NO PREGUNTES”, “NO RECUERDES”. La obediencia no era devoción, sino pura supervivencia.

Helena, sin embargo, creía en la memoria como arma. Cada noche, cuando la ciudad dormía y el zumbido de los drones bajaba al mínimo, deslizaba una hoja de papel bajo la tabla suelta del piso, escribiendo, con una pluma artesanal, los relatos que el Comité borraba: historias de libros incendiados, de asambleas secretas, de alcaldes ejecutados por enseñar filosofía. Su clandestinidad era su resistencia; su miedo, un recordatorio permanente: el enemigo más peligroso es aquel que decide lo que puedes recordar.

Mientras tanto, en la pantalla central de la Plaza del Tiempo, el líder del Comité, una figura sin rostro, repetía el Mensaje Diario: “La Continuidad es Paz. La Paz es Progreso. Sacrifica la Duda.” El mensaje bañaba la ciudad en esa luz hipnótica, pero en ciertas noches, un destello diferente: palabras no autorizadas garabateadas anónimamente en los muros — “¿Quién Decide por Ti?” — desataban un breve pánico. La policía patrullaba en busca del responsable, aunque todos sabían que la culpa era colectiva y la culpa era invisible.

La Sociedad de la Tinta sobrevivía a través de rituales secundarios: lecturas entre susurros, libros desarmados y reconstruidos desde la memoria de varios. El lenguaje era su refugio y, a veces, su condena. Una grieta sorda recorría la urdimbre del sistema: el Comité temía menos al sabotaje que a una narración alternativa. Por ello, cuando uno de sus sensores captó una palabra inusual — “compasión” — el aparato de represión se activó.

Arrestaron a un hombre anciano, Mateo Arjen, conocido por muchos como un simple restaurador de muebles. Pero los interrogadores sabían que nadie era inocente en Neoterria. Helena, enterada, lo visitó en el Centro Gris, donde los días eran todos idénticos y la gente desaparecía en la rutinaria maquinaria del olvido. Mateo sonrió antes de entrar en la sala donde sería sometido a reprogramación. “No pueden borrar el pensamiento”, le susurró. “Sólo pueden atrasar su semilla.”

La violencia del control era sutil: no había sangre, sólo un registro alterado, una voz cambiada, la desvinculación absoluta, como si una persona hubiera nacido de nuevo en un aparente vacío de sentido. Sin embargo, había huecos, imperfecciones. Tras el arresto, pequeñas explosiones de duda comenzaron a recorrer la zona: estudiantes que discutían la reinvención de un poema, obreros que sospechaban del número creciente de ausencias no explicadas.

Helena sabía que el peligro era máximo, pero también que las historias, como las raíces, podían fracturar el concreto lentamente. Decidió ir más allá de los relatos escondidos: distribuyó fragmentos de textos a desconocidos en mercados y transportes, provocando inquietud y lágrimas reprimidas. Pronto, el Comité respondió elevando el nivel de represión y aumentando la propaganda. La ciudad se llenó de imágenes de “delincuentes del pensamiento”, rostros difuminados y palabras tachadas.

Una noche, durante un apagón breve — uno de los pocos que el Comité no pudo prever — un grupo anónimo hackeó la transmisión central. En las pantallas, durante segundos eternos, apareció solo una frase: “La verdad es el derecho de recordar.” El caos fue inmediato. Familias enteras debatieron en voz baja, desenterrando recuerdos prohibidos: del color de una plaza demolida, una infancia borrada, un amor sudoroso custodiado en el exilio de la mente.

El Comité decretó “tiempo muerto”: la detención de toda comunicación durante tres días. Durante ese silencio forzado, los vínculos ocultos florecieron: papeles doblados en los zapatos, miradas cómplices, la resistencia del roce de una mano.

Al reactivar las redes, la vigilancia fue redoblada, pero la fisura ya era irreversible. Helena sintió, por primera vez en años, la posibilidad de algo más que mera supervivencia. Una revolución no estalló de inmediato; la ciudad, mutilada por el miedo, se movió lentamente, como un animal herido que aún no sabe si puede sanar.

Entre las grietas, sin embargo, las voces se hilaban en la certidumbre de que recordar era resistir. Y así, en la penumbra, donde la represión buscaba sembrar amnesia, Helena terminó su relato de esa noche — ni victoria ni derrota — sino la persistencia de una chispa: el derecho a elegir lo que merece ser memoria.

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