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Portada del relato El eco de los relojes
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Fragmento:


Vivo en el Cubo 943. No sé con precisión cuántos Cubos somos; los mapas fueron borrados hace años y apenas se pueden leer las señales de la pared. Hay ruidos apagados, voces que parecen venir del sótano, ecos de conversaciones nunca escuchadas. Cualquier sonido es un signo de rebeldía, un exceso. Desde el Decreto de la Neutralidad, los habitantes aprendimos a silenciar la tos, el llanto, los besos; a caminar pisando el aire. Hasta las ratas son discretas.

Duración: 04:57

El eco de los relojes
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Era el año en que los árboles dejaron de crecer rectos. Antes, las calles eran anchas, bañadas por el resplandor ordenado de los faroles, pero eso había sido antes del Registro. Ahora, todo avanzaba en curvas, en pliegues semiclandestinos, igual que la vida de los habitantes tras el gran murmullante Muro.

Nunca veíamos el sol directamente. El Comité, desde sus despachos entelados de luz gris, había ordenado la instalación de claraboyas especiales en cada habitación, que filtraban y convertían el espectro de la luz solar en una electricidad pálida, insípida. La llamaban “luz segura”. Aseguraban que mantenía el pensamiento en parámetros estables, dentro de lo calculable. Decían que la claridad natural era peligrosa, que alimentaba las ideas caóticas, las emociones indeseables. Lo que no decían era cómo, con su invento, la tristeza se deslizaba lenta y perfectamente por las paredes hasta anegar los colchones.

Vivo en el Cubo 943. No sé con precisión cuántos Cubos somos; los mapas fueron borrados hace años y apenas se pueden leer las señales de la pared. Hay ruidos apagados, voces que parecen venir del sótano, ecos de conversaciones nunca escuchadas. Cualquier sonido es un signo de rebeldía, un exceso. Desde el Decreto de la Neutralidad, los habitantes aprendimos a silenciar la tos, el llanto, los besos; a caminar pisando el aire. Hasta las ratas son discretas.

Escribo en mi mente. Los diarios están prohibidos, las memorias consideradas trampa de nostalgia, la nostalgia moneda de traición. Imaginar –incluso en sueños– es delito. Sin embargo, cada noche repaso escenas antiguas: el aroma a ciruelas en una feria, la risa de una muchacha bajo los toldos rojos, la promesa de lluvia y esperanza. Fue en la época anterior al Comité: cuando la política era imperfecta, ruidosa, pero humana, y pensar en voz alta no era un riesgo calculado en años de condena.

Anastasia, mi sombra y mi mitad, dormía a mi lado, inmóvil, desde la última inspección. Había hablado en sueños, y aunque no recuerdo exactamente lo que dijo, sé que él –el Inspector– sí lo hizo. Un informe fue archivado. Esa misma noche, la luz segura se descompuso durante un minuto. En ese destello subrepticio, vi sus ojos abiertos, asustados. Desde entonces, no volvió a pronunciar palabra. La sumisión, aquí, era un método más rápido de supervivencia que el coraje.

Cada mañana, puntualmente, la megafonía nos recitaba la Letanía de la Conformidad: “No hay miedo donde hay orden. No hay error donde hay control. Amad al Comité, pues él os ama más que a sí mismo. La única libertad está en la obediencia.” Me descubrí sabiendo cada palabra, aunque no quería. Brotaba en mí como esas hierbas que renacen entre las baldosas, verdes, inútiles pero irreductibles.

En la fábrica, desmontamos piezas y ensamblamos sueños para otros. El producto desconocido: cajas blancas, sólidas, marcadas con el mismo código y sin descripción. Nadie hablaba durante el turno. A veces, bajo el rumor de la maquinaria, una mano pasaba de un bolsillo a otro un papel doblado, una declaración muda de resistencia. Un día, fui destinatario: “En la estación, medianoche. Trae tu sombra.” Lo firmaba solo una letra, indecisa, un susurro de identidad: R.

Ese día, después del trabajo, caminé entre la niebla algodonosa que lo cubría todo al atardecer. La estación era un vestigio: antiguas vías oxidadas, un reloj detenido, bancos partidos. Allí, bajo la bóveda agrietada, R me esperaba. Era joven, su rostro cubierto por un maquillaje que borraba todo rasgo identificable. No me habló. Solo me entregó una pequeña esfera negra: “Dentro de seis horas, abre esto. Solo entonces entenderás.” Luego desapareció en la niebla como si nunca hubiera existido.

Esa noche, oculto bajo las mantas –con Anastasia envuelta en su silencio impenetrable–, observé la esfera. Tenía el peso de los secretos. Cuando el reloj invisible (porque en los Cubos no hay relojes) me indicó la hora convenida, la abrí. Un gas leve, dulce, me inundó los ojos. Durante un instante, vi una ciudad bajo la luz natural, brillante, habitada por clones de mí mismo que reían, gritaban, y se amaban. “Esto, lo que podría ser”, murmuró una voz en mi oído, “está prohibido, pero no ha muerto.”

A la mañana siguiente, habitual Letanía, rutina de fábrica, mirada baja. Pero en los ojos del Supervisor vi latir una chispa de duda, como si el gas hubiera circulado por los conductos, llevándose un rumor de lo imposible a cada Cubo. Esa noche, Anastasia giró por fin su rostro hacia mí; en sus labios creí leer algo parecido a esperanza. Solo un gesto, mínimo, pero tan denso como mil palabras escritas en la clandestinidad.

Sabíamos que el Comité nos espiaba incluso en el silencio, que la rebelión, aquí, era apenas una pregunta formulada hacia adentro, invisible. Y, sin embargo, esa pequeña esfera, ese sueño inyectado en mis venas, esa esperanza mudable y prohibida, bastaba para arrojar una sombra fuera de la claraboya: la sombra de lo humano, persistente, inextinguible.

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