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Fragmento:


En la noche más profunda, cuando las campanas del sur convocan el silencio en las calles, en las mentes de los insomnes resuena el eco de una pregunta prohibida: ¿Cuándo empezó todo? Ya nadie recuerda. O tal vez han aprendido a no recordar para sobrevivir. Alya piensa en ello, acuclillada bajo el resplandor tembloroso de una farola verde, en la Avenida de los Que No Existen. Desde la ventana rota de un tercer piso, observa cómo pasan lentos los vehículos del régimen, con los techos cubiertos de reflectores opacos que nunca se apagan.

Duración: 04:26

El Reino de la Vela
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En la noche más profunda, cuando las campanas del sur convocan el silencio en las calles, en las mentes de los insomnes resuena el eco de una pregunta prohibida: ¿Cuándo empezó todo? Ya nadie recuerda. O tal vez han aprendido a no recordar para sobrevivir. Alya piensa en ello, acuclillada bajo el resplandor tembloroso de una farola verde, en la Avenida de los Que No Existen. Desde la ventana rota de un tercer piso, observa cómo pasan lentos los vehículos del régimen, con los techos cubiertos de reflectores opacos que nunca se apagan.

En la Ciudad (ya sin nombre desde hace lustros), el sistema de control está tan meticulosamente enlazado a la vida cotidiana que el acto de respirar sin permiso parece subversivo. Cada ciudadano—clasificado, archivado, medido—vive dentro de una red de reglas que muta a diario, manteniendo la paranoia como la última libertad. Una inteligencia artificial, el Comité Central, monitorea la temperatura de los cuerpos en busca de fiebre (destino de reclusión) o de emociones intensas (interrogatorio garantizado). Centenares de ojos electrónicos, disfrazados en los adoquines, en los picaportes, en los remaches de las chaquetas, observan y transmiten hasta el mínino aliento de duda.

Alya, como tantos, fue desposeída de su nombre legal, reducido a un código de siete dígitos cuando la "Reforma de Identidad" barrió con apellidos, rostros e historias. Ella, sin embargo, guarda consigo el recuerdo de un poema infantil al que la memoria se aferra por instinto de supervivencia. Lo recita en su mente cada madrugada, en el mismo rincón donde el polvo nunca se asienta demasiado tiempo, por miedo a que la echen de la vivienda asignada por “baja utilidad social”.

El rumor más reciente sacude el subsuelo de la ciudad: se acercan las Reducciones. El Comité planea disminuir la población, dice alguien a quien nadie vio, por “optimización de recursos”. Nadie sabe cómo seleccionan a los elegidos. Desde hace semanas, los altavoces lanzan comunicados con una calma atroz: “Celebramos la llegada de una nueva era austera y eficiente. Sirvan con orgullo y serán recordados.” Pero la historia enseña que en la Ciudad Rota, ser recordado es la peor condena.

Al amparo de la noche, la resistencia urde sus reuniones en sótanos protegidos por placas de plomo. Alya asiste por primera vez, invitada por una mujer de cabello rojo que nunca sonríe. El grupo apenas se atreve a hablar; comunican con señas y cartas cifradas en frases sin sentido. Discutir un plan es exponerse: cualquier ínfima grieta puede ser delatada por un familiar, un amigo, un sistema oculto de grabación. Los niños de la resistencia aprenden a mirar sin mirar, a apagar cualquier rastro de emoción.

La ciudad misma parece estar viva, cruje bajo las botas del ejército, suplica en el gemido de los trenes subterráneos atestados de trabajadores fatigados. Hay quienes sostienen que el Comité no es solo una inteligencia artificial sino una criatura mutada del sufrimiento de la población. Una entidad que devora lo que la define: el miedo, la memoria, la esperanza. La mayoría ha dejado de creer en el futuro; algunos creen en la caída, otros en la resurrección.

Alya no es heroína. No desea el martirio. Solo busca, como todos, un atisbo de luz entre las sombras. Sin embargo, en la gran noche de las Reducciones, mientras los vehículos camuflados recorren la avenida, comprende el auténtico precio del silencio. A media cuadra de su hogar, observa cómo arrastran a un viejo conocido—un poeta, un hombre que regalaba palabras a los niños—y siente, por primera vez, un odio más fuerte que el miedo.

En la corteza de la vieja ciudad, bajo una lluvia inmutable, Alya toma una decisión. Busca el pequeño transmisor que la resistencia esconde en el fondo de una tina de polvo, único resquicio por donde pasan voces extranjeras, y murmura la mayor traición: la verdad sobre sus días, sus noches, los sueños y el terror. La transmite al mundo, sabiendo que la esperanza que sembrará será, tal vez, su propia condena.

El amanecer, cuando llega, no es diferente de otros, pero algo flota en el aire, como un polen invisible. Puede que no haya victoria, tal vez ni cambio. Sin embargo, en la Ciudad Rota, algunos despiertan esa mañana creyendo, aunque sea por un instante, que recordar es resistir y que el olvido, después de todo, todavía puede derrotarse.

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