Fragmento:
La luz lejana de una linterna iluminó la densa atmósfera. “La bruma sobre Osterlen”, pensó Erik: podía ser un cuento más del cuaderno de aquella mujer. Decidió avanzar hasta los antiguos compartimentos del jefe de estación, donde sabía que los indigentes a veces se escondían en invierno. Pero encontró algo inesperado: sobre una silla, con las piernas cruzadas y el pelo empapado pegado a la frente, la Contadora.
Duración: 05:34
Era noviembre en Ystad, y el cielo parecía que se hubiera desplomado hace semanas. La llovizna acababa de despertar el olor a tierra mojada y deshizo las últimas hojas, que tapaban desganadas los adoquines de la plaza. Erik Hög, inspector de policía, cruzaba la calle a grandes zancadas, con el cuello del abrigo subido y el pensamiento revolviéndose entre cansancio y sospecha. La llamada había llegado a las tres de la madrugada. Una voz grave, con acento indescifrable, había declarado: “Ha vuelto. Sabes quién.” Y luego, nada más. Solo la línea muerta.
Ahora, horas después, Erik remontaba la escalinata del viejo edificio de la estación de tren, donde la niebla era tan densa que parecía lamer los cristales rotos. No esperaba a nadie allí: la terminal llevaba meses clausurada, y todo el mundo del pueblo evitaba acercarse después del último suceso. Pero él sí recordaba. Hacía siete años, una mujer apodada “la Contadora” había desaparecido en estos andenes, dejando atrás solo un cuaderno con relatos inconclusos y un pendiente de jade.
Erik encontró la puerta lateral entreabierta. Pisó los azulejos resbaladizos y recorrió el vestíbulo con el corazón gordo de anticipación. El silencio allí carecía de piedad. Solo el goteo de lejos, y un olor acre a moho. No era supersticioso, pero podía jurar que el aire tenía memoria: olía como la noche en que la Contadora había desaparecido. Era su caso fantasma, el único no resuelto de toda su carrera. Nadie supo nunca si había huido, si la mataron, si decidió simplemente borrarse de sí misma como hacía a menudo con las historias del cuaderno.
La luz lejana de una linterna iluminó la densa atmósfera. “La bruma sobre Osterlen”, pensó Erik: podía ser un cuento más del cuaderno de aquella mujer. Decidió avanzar hasta los antiguos compartimentos del jefe de estación, donde sabía que los indigentes a veces se escondían en invierno. Pero encontró algo inesperado: sobre una silla, con las piernas cruzadas y el pelo empapado pegado a la frente, la Contadora.
No mucho mayor que en su recuerdo. Demacrada, pero con la misma calmada frialdad en la mirada, como si observara la escena desde fuera, diseccionando cada línea de diálogo antes de pronunciarse. Sostenía una taza desportillada entre los dedos. Lo estuvo mirando largo rato, mientras un relámpago le revelaba el susurro plateado de la primera cana.
—Supongo que no has venido a tomar café —dijo ella finalmente.
Erik se obligó a permanecer erguido. Recordaba el magnetismo que todos describían: la Contadora podía hacerte creer sus relatos, manipular tus recuerdos hasta que dudabas de tu propia infancia.
—¿Por qué volver ahora? Siete años. Y una llamada anónima para anunciarlo.
Ella sonrió levemente. Cada músculo de su cara era una historia abriéndose. —Alguien quiere terminar el relato, Erik. Solo tú y yo sabemos cómo acaba.
El inspector contuvo el temblor de sus manos. La última entrada en el cuaderno, escrita antes de la desaparición, era un relato incompleto sobre un asesinato nunca denunciado. Hasta entonces, él había creído que era ficción. Nada de aquel caso constaba en los archivos, ningún muerto, ningún nombre. Solo una secuencia de imágenes borrosas que la Contadora describía, y de las que Erik había extraído posibles escenarios, planteándose si la mujer sabía algo que nadie más podía saber.
—¿De quién hablas? —apenas fue un susurro.
La Contadora se levantó despacio, acercándose. Había algo en su movimiento, una torpeza casi infantil: ¿la consecuencia de la huida?, ¿de haber vivido años entre sombras? —Me refiero al hombre que seguía a Ingrid Noren —dijo.
Erik sintió la punzada de una memoria olvidada. Ingrid Noren, hacía nueve años: una bibliotecaria con un pequeño escándalo que había sido rápidamente silenciado por el director de la escuela y un concejal amigo de la familia. Ella había muerto de una caída, oficialmente. Un caso cerrado. Nadie, nunca, había relacionado aquel accidente con nada criminal.
—Pensé que era un error —susurró Erik, sintiendo cómo el frío le subía por la espalda.
La Contadora se acercó aún más. Cuando habló, no era amenaza, sino advertencia:
—No fue un error. Y solo yo lo vi… en la estación.
Algo caía despacio fuera, tal vez la nueva nevada anticipándose al invierno. Erik miró a la mujer, tratando de distinguir verdad y mentira en su tono. Sabía que la Contadora mentía con una destreza sublime, pero en sus ojos había una súplica dolorosa.
—Si tienes pruebas, dámelas ahora —dijo él.
Ella alzó el cuaderno, que llevaba bien envuelto en plástico. —Las tienes delante de ti, Erik. Pero hay más: cuando me marché, no huía solo de un crimen. Huía de quien sabía que yo sabía. He vuelto porque el que me perseguía también ha vuelto a Ystad... y esta vez, te busca a ti.
Un trueno distante quebró el momento. Erik sintió, por primera vez en años, el miedo auténtico: el de un cazador que de pronto se sabe presa. Nadie lo había llamado por su nombre en la llamada anónima, pero ahora todo encajaba. Tal vez ese era el verdadero relato inconcluso: no uno de la Contadora, sino uno en el que él mismo era el siguiente personaje.
Sabía que la niebla se tragaría pronto el edificio y los cubriría durante horas. Pero también que, una vez, había prometido no dejar ni un solo caso en la oscuridad. Tomó el cuaderno. No sabía aún cómo acababa el relato, pero entendió lo más importante: la última página solo podría escribirla si sobrevivía a esa noche.
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