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Portada del relato El aliento del verdugo
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Fragmento:


Laverne tragó saliva, la voz hecha hilachas.

Duración: 05:31

El aliento del verdugo
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La noche se partía como una víscera abierta sobre Los Ángeles. Mi nombre es Harris Malone. Yo era detective para quien la ética era una camisa sucia en la colada. Afuera, el Santa Ana soplaba, trayendo polvo, basura de las colinas, y un hedor a pecado que solo huele quien ha caminado en el borde demasiado tiempo. Yo lo había hecho. Demasiado a menudo, demasiado profundo.

El teléfono sonó una vez, dos. La voz era de whisky y desesperación.

—¿Malone? Necesito un favor. Es Laverne.

Laverne siempre fue una cicatriz de terciopelo, tan peligrosa de noche como un bisturí en manos de un bruto.

—Habla.

—Hay un muerto en mi cama. Yo no lo puse ahí.

Colgué, me calcé la .38 y salí, dejándome envolver por el olor a amargura de mi propio departamento. El Buick del 50 me esperaba en la acera, la chapa abollada, el asiento trasero con marcas de otros pecados, otras noches. La dirección de Laverne era en Mariposa, cerca de Hollywood, donde la mugre pretende ser glamour tras persianas cerradas y cortinas de terciopelo rojo.

El portero apenas gruñó cuando le mostré la placa. Laverne abrió todavía con la bata puesta, la piel pálida, los ojos embadurnados en miedo.

El cadáver yacía en las sábanas como un acto de traición. Hombre blanco, unos cuarenta, traje caro, corbata aflojada, sangre seca en la sien. Un disparo limpio, sin grandes aspavientos.

—¿Quién es?

Laverne tragó saliva, la voz hecha hilachas.

—Dice la cartera que es Jasper Finn. Abogado. Dicen que trabaja para gente a la que nada le asusta.

Registré la cartera. Montones de tarjetas, una llave maestra, y una foto arrugada de niños en la playa. El morbo de la fachada quebrada en la inocencia de la familia. Hay una lección en eso, pero yo nunca fui de aprender.

Busqué pista. No encontré vainilla ni perfume barato, pero sí olor a pólvora. Revisé la mesilla. Vacía. Laverne gemía en la otra habitación.

—No fui yo, Harris. Lo juro por mi madre muerta.

La miré. He visto mentir a suficientes mujeres para saber cuándo alguien dice la verdad. Me la creí, más por fatiga que por evidencia.

No llamé a la policía. Tienen el tacto de un rinoceronte y la sutileza de un atracador de bancos. Esto haría ruido, del que retumba en los despachos de las altas torres y deja cuerpos flotando en el lago.

—¿Quién más sabía que este tipo vendría?

—Solo tú, Harris. Y alguien a quien no quiero volver a ver. Se hace llamar Grant.

Grant. Sonó a un nombre inventado, como los que usas para pedir favores que no quieres pagar.

Esa noche recorrí Los Ángeles a la caza de Grant.

—Nombre extraño —le dije a Benny el Tuerto en el Blue Lounge—. El tipo es alto, rubio, voz de predicador y sonrisa de proxeneta.

Benny se terminó el bourbon y negó con la cabeza.

—Te traes líos, Malone. Grant llegó hace dos días, preguntando por ti.

El escalofrío fue tan real como el cañón de la .38 en mi cintura.

—¿Qué le dijiste?

—Lo que siempre digo. Que estabas muerto.

Benny sonrió sin dientes. Deseé que fuera verdad.

Volví al Buick, repasando las piezas del puzzle. Un abogado muerto, una mujer asustada, un tipo misterioso persiguiéndome. Los ingredientes clásicos, solo que esta vez jugaba en el tablero equivocado.

Fui hasta el despacho de Finn. Edificio de oficinas de mala muerte disfrazado con mármol falso. Por la noche, todo huele a orina y secretos viejos. La secretaria, Sybil, estaba arreglándose el maquillaje cuando entré.

—No creemos que los detectives privados entren sin cita —dijo con desgana, arrugando la nariz.

—No creo en las citas —espeté, mostrándole la foto de Finn sobre la cama—. ¿Lo has visto hoy?

El lápiz labial cayó.

—No desde ayer. Dijo que iba a ver a... una cliente especial.

No me gustaba hacia dónde apuntaba la flecha.

—¿Sabes de alguien llamado Grant?

El nombre hizo que las pupilas de Sybil se encogieran.

—Ese tipo... Es cliente del despacho, pero Finn nunca decía para quién trabajaba. Solo venía, dejaba sobres y se iba.

Dinero negro. Trato sucio. Lo reconocí al instante.

—¿Sabes dónde encontrarlo?

Titubeó. Me dio una dirección en Franklin, cerca de Bronson.

La encontré una hora después. Pequeño motel de paso, neón azul muerto, la recepcionista dormida sobre la mesa. Pagué dos billetes para que olvidara mi cara.

La habitación 14 olía a sudor y miedo. Grant estaba ahí, con el arma en la mano, ojos azules de tiburón, la cara tranquila como un confesor.

—Harris Malone. No esperaba verte.

—Necesitaba ver quién era el fantasma —dije.

—No soy un fantasma. Soy el que limpia cuando la sangre mancha alfombras caras.

Le apunté con mi .38.

—¿Por qué mataste a Finn?

Grant sonrió, y ese fue su error. Disparó primero, pero yo disparé mejor.

Grant cayó como un maniquí. Llamé a la única patrulla honesta que quedaba, la de McTeague, y les conté mi versión:

Finn chantajeaba a un pez gordo, Grant era el ejecutor, Laverne la pieza en medio.

Al final, nadie ganó. Los periódicos no dijeron la verdad. Laverne se fue a Las Vegas, la ciudad de las segundas oportunidades. Yo volví a mi despacho, otro caso resuelto, otro whisky barato en la mano, esperando la próxima llamada.

La noche seguía rota, y yo seguía aquí, con mis propios demonios sentados en el escritorio.

Los ángeles caídos nunca vuelan alto. Pero algunos, al menos, sobreviven al aterrizaje.

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